Pactar pegados

¿Qué es el arúspice postelectoral? El autor describe a este melifluo personaje que ha aparecido en escena desde el 25 de mayo.

12/06/15 · 8:00
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El pasado 25 de mayo se abrió la veda para cazar pactos. Y apareció en escena un personaje melifluo como una canción de Sergio Dalma, y tan dado a los disfraces que podemos encontrárnoslo con diferentes rostros y apellidos en cada comunidad autónoma, por no decir también en cada ayuntamiento.

Se trata del arúspice post­electoral, un técnico sin formación específica pero sobradamente cua­lificado para leer en los resultados electorales los deseos más inconfesables de los votantes. El arúspice postelectoral sabe, no sólo sospecha, qué querrían las gentes que votaron a Podemos, a IU o al PSOE en el caso de que su partido no ganara las elecciones o las ganara sin chulería absoluta.

Si hay que creerle, está claro que todos y cada uno de esos votantes votaron pacto.

A nuestro arúspice postelectoral le asoman un par de tics poco confiables. Para empezar, le da igual que Podemos no se presentara a las elecciones municipales: es de los que no confía en las palabras, sobre todo si algunas de esas palabras son "unidad" y "popular".

Las candidaturas de unidad popular, que constituyeron el gran hecho diferencial de estos comicios, son, para él, un simple disfraz de Pode­mos. Eso no le impide utilizar los resultados para declarar solemnemente que Podemos ha quedado por debajo de esas candidaturas tan –ahora sí– abiertas, participativas y horizontales.

Pero, por lo demás, para él –o para ella–, Car­mena y Colau son Podemos o deberían serlo. A nuestro ojeador de tendencias se le nota a la legua que no cree que la política venga de París, sino de un trato carnal tirando a sórdido y no demasiado consentido.

Derrochar

El segundo tic tiene relación con el primero: el arúspice postelectoral derrocha responsabilidad. Se le sale la responsabilidad por los poros. "Ética de la responsabilidad" es uno de sus sintagmas preferidos, junto con los no tan weberianos "predicar y dar trigo", "mancharse las manos" y "pasar de las musas al teatro".

En su vocabulario abundan las palabras "responsable", "madurez", "virginidad" y "consenso", y en esa nube de etiquetas nos movemos desde el día 25.

Los nuevos actores electorales –en su jerga, Podemos– deberían mostrar madurez, altura de miras y capacidad de diálogo, renunciando a convicciones que están muy bien sobre el papel pero que son simple lastre cuando se trata de gobernar algo, sea un país, un municipio o una relación de pareja. Aclaremos esto último porque es lo que verdaderamente importa.

El arúspice postelectoral se ha montado su análisis sobre una lectura un tanto sesgada de Orgullo y prejuicio. En la novela de Jane Austen, Lizzy Bennett, también conocida como "los nuevos actores electorales" –y a la que llamaremos "Podemos" en la intimidad de la alcoba–, se pasaba varios cientos de páginas amando y aborreciendo por igual al señor Darcy –a.k.a. PSOE–, el cual, a su vez, hipaba de gusto cada vez que la veía, pero hacía todo lo posible por no darse por hipado, toda vez que la muchacha pertenecía a un círculo social muy por debajo del suyo.

La novela no revela otra cosa que los pormenores y los disimulos de una larga negociación cuyo resultado es una boda fastuosa por la cual Lizzy Bennett deviene señora de Pem­berley a cambio de renunciar a su virginidad y a sus prejuicios intelectuales.

No sabemos qué obtiene el señor Darcy a cambio de contaminar su estirpe con sangre plebeya, pero es de suponer que, al menos, le cabe la satisfacción de haber cazado a tan codiciada presa y haberle recordado que también ella, por debajo de las muselinas y los bordados, está hecha de carne y fluidos.

Nuestro estimado arúspice comparte los prejuicios del señor Dar­cy y, ante las dudas de Lizzy, sólo encuentra dos explicaciones: o bien la muchacha es una mojigata de tomo y lomo, o bien tiene la cabeza llena de pájaros, y de ambas tonterías puede curarla el PSOE, iniciándola en el sexo adulto y en el arte de ser una mujer responsable.

Ni se le pasa por la imaginación que a Lizzy no le atraiga en absoluto una vigorosa polla heteropatriarcal. Al bipartidismo aún le quedan un par de estaciones para superar la misoginia romántica.

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