El cambio político, el equilibrio interrumpido y los fantasmas

Las fuerzas en el poder harán todo por combatir la emergencia de una alternativa que se traduzca en un cambio

, profesor e investigador
10/03/15 · 8:04
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Stephen Jay Gould, influyente paleontólogo y evolucionista, uno de los más relevantes científicos del siglo XX, propuso en la década de los 70 una nueva teoría que estaría llamada a revolucionar las concepciones gradualistas de la evolución. La evolución pasaría a explicarse más como una acumulación de grandes saltos evolutivos espaciados por periodos larguísimos de inmovilismo que llamaron “estasis”. Denominaron a esta teoría “equilibrio interrumpido”.​

Da igual en qué campo, si en biología o en lingüística, en física o en metafísica, en paleontología o en política, en ellos coexisten fuerzas que favorecen o impiden el cambio. Coexiste la estabilidad del ADN con la frecuencia de mutación, la normativa de la lengua con el cambio lingüístico, o la alternativa política con la infraestructura de poder. Pero antes o después lo cierto es que el cambio ocurre, y es inevitable. Cuando ocurre, el equilibrio se rompe, todo queda interrumpido, en un estado impredecible. Grams­ci lo dijo así: “El viejo mundo muere, el nuevo tarda en aparecer, y en el claroscuro surgen los fantasmas”. Y si la historia no se repite, como decían por ahí, al menos rima.

Sabemos que las variantes que vendrían a generar nuevas especies aguardaban entre algunos individuos antes de que fueran seleccionadas, antes de pasar a formar parte, de manera mayoritaria, de las características generales de la nueva especie. Pero los cambios ambientales facilitaron que aquellos fragmentos deslavazados y sin importancia fueran elegidos y comenzaran a aumentar su frecuencia en la población. Y cuando se produjo el cambio, se produjo más rápido de lo que se pensaba, dando lugar al surgimiento de nuevas especies en un abanico relativamente corto de tiempo. Debido a la extraordinaria velocidad –en términos evolutivos– con que se hab­rían producido los cambios, se comenzó a hablar de ‘macroevolución’ en oposición a ‘microevolución’.

Trazando una analogía entre las leyes evolutivas y los fenómenos históricos, lo que cabría preguntarse es, en primer lugar, si las condiciones sociopolíticas han cambiado tanto como para que las características de las nuevas organizaciones se hagan mayoritarias. Y, en segundo lugar, cuáles son las características organizativas, los ‘genotipos’, de los partidos que pretenden extender el cambio.

Sin embargo, aunque acertara en el paralelismo, no resulta fácil describir cuáles son los factores propios de la estructura de los partidos que determinarán su evolución. Aquí vamos a señalar uno que parece distanciar algunas políticas nuevas de otras anteriores: la apertura de las bases a la participación ciudadana. Y es que parece evidente que algunos partidos están intentando romper con la militancia tradicional para impulsar la afiliación o el registro abierto de participantes en sus procesos internos. Pero ¿qué consecuencias lleva asociadas este hecho?

Nadie duda de que, cuanto más abierta y participativa sea una organización, mayor será la heterogeneidad de los individuos que la componen. Y esta heterogeneidad, que se manifiesta en una mayor diversidad de sensibilidades, conlleva más debate interno, más confrontación ideológica.

Participación

En otro orden de cosas, una organización abierta a la ciudadanía aumenta la dependencia de la participación voluntaria. Mientras que un partido tradicional tiene asegurado el activismo de sus militantes, un partido de simpatizantes o inscritos debe ordenarse dependiendo de una participación que es igualmente heterogénea, y que por lo tanto hay que gestionar. Supone un verdadero reto para las nuevas formaciones políticas alcanzar un equilibrio entre la implicación de los participantes y las aspiraciones de horizontalidad.

Los dos aspectos anteriores son mucho más que un mero ordenamiento, porque, sin duda, en la manera de hacer las cosas hay impregnada una voluntad o sensibilidad ideológica particular.

De cómo se maneje esta heterogeneidad interna dependerá parte del éxito de las nuevas formaciones, lo que tenderá a solidificarlas o a atomizarlas. Ambas fuerzas actúan continuamente en sentido opuesto. Pero no sólo depende de la estructura interna de un organismo su capacidad de éxito, sino mucho más allá, de la interacción que tiene con el medio. Ya sabemos que un organismo pudo estar muy bien adaptado a un medio hace equis millones de años y, sin embargo, haberse extinguido al cabo del tiempo por no haber sido capaz de adecuarse a las nuevas circunstancias de vida. ¿Y cuál es el medio en que se mueve cualquier alternativa política? Evi­dentemente, un medio de competencia por el poder.

Así, igual que compiten dos especies que coexisten en un mismo hábitat por una misma fuente de alimento, la alternativa política deberá enfrentarse a las fuerzas preexistentes, puesto que –a nivel de representación electoral– un paso adelante de una supone un paso atrás de la otra. En consecuencia, las fuerzas que detentan el poder harán todo cuanto esté en su mano por combatir la emergencia de una alternativa política que se traduzca en un cambio.

Se acerca un año de elecciones y hay dos fuerzas tanto a nivel interno como externo que condicionarán lo que Stephen Jay Gould denominara ‘cambio’ o ‘estasis’. Por una parte, está la destreza o torpeza con que los nuevos partidos manejen la diversidad en la participación, lo que condicionará la consolidación o fragmentación de un nuevo tipo de organización política en cuanto a su estructura. Por otra parte, está la capacidad que tengan estas alternativas para competir con los partidos e infraestructuras que ostentan el poder.

El reloj evolutivo sigue su curso. Este año comprobaremos en qué momento estamos. ¿Cambio o estasis?, ¿gradualismo o equilibrio interrumpido?

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