Venezuela: diagnóstico telegrafiado

¿Estamos en un momento en que comienzan a resquebrajarse las hegemonías de gobiernos ‘progresistas’ en nuestra América, particularmente en el sur? Es posible, y probablemente esto se confirme en las próximas semanas con los resultados en Brasil. Si gana la actual presidenta, será con un mínimo margen.

Existen por acá tres formas de ‘progresismos’ impulsados desde los movimientos cuestionadores del statu quo de dominación centenaria.

, Miembro del proyecto Nuestra América-Movimiento 13 de Abril y exviceministro venezolano de Planificación entre 2002-2003
29/10/14 · 6:42
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¿Estamos en un momento en que comienzan a resquebrajarse las hegemonías de gobiernos ‘progresistas’ en nuestra América, particularmente en el sur? Es posible, y probablemente esto se confirme en las próximas semanas con los resultados en Brasil. Si gana la actual presidenta, será con un mínimo margen.

Existen por acá tres formas de ‘progresismos’ impulsados desde los movimientos cuestionadores del statu quo de dominación centenaria.

Un primer movimiento parte de realidades donde se ha dado un considerable aumento de las fuerzas productivas, con perspectivas semi imperialistas como es el caso de Brasil, pero sin un cambio sustancial en el modelo tradicional que suma desigualdad social y pobreza. Lo que hace el PT es aliarse con la burguesía más futurista y apostar por un desa­rrollo capitalista con las mismas características pero generando programas asistenciales y de cierta redistribución de la riqueza. Este esquema tocó sus límites, situando al PT al borde de la pérdida del Gobierno.

Un segundo movimiento tiene como antesala, más bien, una crisis del modelo de acumulación neoliberal, secundado por revueltas sociales sin capacidad de convertirse en movimientos revolucionarios. El ejemplo perfecto es Argentina donde, ante la crisis que revienta en 2001, de alguna manera se genera un pacto de élites que consagra el regreso al populismo bajo la contención de un peronismo revolucionario meramente verbal y simbólico. Salvo los programas de asistencia hacia la enorme pobreza acumulada, no cambia nada, es el triunfo de la alianza entre capital local y transnacional, dislocando toda la naturaleza del peronismo. Por supuesto, tanto Brasil como Argentina sufren las crisis globales del capitalismo, pero ésta no es la razón de la crisis de sus alternativas ‘progresis­tas’, que hay que leer en clave interna.

El tercer movimiento tiene el favor de hacer coincidir la rebelión social con una propuesta de gobierno revolucionario, nacida de las bases. En Venezuela primero, luego en Ecua­dor y Boli­via, triunfan en un primer momento gobiernos de izquierda que rápidamente empiezan a escarbar cuál puede ser su tesis revolucionaria dentro de una alternativa ‘pa­cífi­ca’. Ecuador y Bolivia conservan una enorme tensión social, dada la autonomía relativa de los movimientos políticos de base –que piden revoluciones étnicas y socialistas radicales que no se han dado– frente a los Estados . La debilidad de sus burguesías internas y la fortaleza del campo popular no permiten que se reviente un modelo revolucionario incierto pero efectivo para los partidos de gobierno, como acaba de probarse en Bolivia. En Venezuela, el esquema es más o menos el mismo, aunque con niveles discursivos mucho más agresivos y un programa revolucionario en principio mucho más radical. Sólo en Ve­nezuela se habla de revolución socialista y poder popular, como discurso normativo de gobierno, buscándose una tras otra alternativa para viabilizarla. Esto tiene mucho que ver con la radicalidad original de la Revolución Boli­variana y el me­sianismo antisistema de Chá­vez, que no fue sino profundizándose hasta sus últimos días.

Se debilita de manera tremenda el sujeto de calle organizado, el “pueblo en lucha”, víctima de su propia desmoralización 

Sin embargo, dicho telegráficamente, la situación en Venezuela es realmente muy delicada, con un terrible debilitamiento del movimiento popular revolucionario. Políticamen­te es muy parecida a la de los años 2002-2004 –conspiración permanente y golpe de Estado– si lo vemos desde el punto de vista de la fragilidad institucional. Sólo que estamos ante un panorama más complicado que entonces. La oligarquía es mucho más ambigua, la base popular se descompone y desmoraliza, y el Gobier­no, con sus esquemas políticos y las consecuencias objetivas de su nefasta política económica, pone el proce­so al pie de la picota.

Desfalco y burocracia

Telegrafiamos porque ante una situación tan compleja, es difícil armar el conjunto de manera coherente. Económicamente hay un desastre creado por el desfalco de los recursos del Estado, especial­mente durante los últimos cinco años. Entre la patronal del sector público y la gran burguesía importadora y bancaria han garantizado la perdida de millones de dólares –30.000 millones simplemente robados, 260.000 millones fugados–, utilizando a su favor los esquemas de control de cambio y de precios. Han generado una especulación inflacionaria bárbara, una desvalorización terrible del salario, una caída tremenda de las reservas de divisas, un vertiginoso endeudamiento y, lo más terrible, una caída como nunca dentro del trágico abismo del modelo rentista petrolero sin posibilidades de desarrollo productivo de ningún orden. Esto no ha hecho más que favorecer monopolios, bancos y una nueva casta burguesa, una élite de Gobierno que presiona para que el esquema de control y redistribución de la renta no cambie.

Socialmente, esto favorece todos los climas de violencia y corrupción. La propia burocracia, corrupta por naturaleza y con un enorme peso –el Esta­do no ha dejado de crecer y absorber empleo–, se ha convertido en un agente de destrucción de miles de proyectos productivos –puestos en marcha con inversiones públicas–, para movilizarse alrededor de la especulación. El radicalismo revolucionario venezolano resiste desde la base en cantidad de comunas e instancias de control de los trabajadores –sin ningún peso en la economía total–, con estupendas experiencias para la clase trabajadora del campo y la ciudad. Pero hoy lo están matando, dejando abiertas solamente ventanas de participación en barrios controladas mayormente por el PSUV –conciencia acrítica–. Los intereses en torno a la riqueza del subsuelo venezolano son muy grandes, y el esquema del socialismo meramente corporativo, burocrático y distributivo está llegando a los límites de su posibilidad objetiva. Esto ha debilitado de manera tremenda al sujeto de calle organizado, al “pueblo en lucha”, víctima de su propia desmoralización. El capitalismo rentista se lo está comiendo y la lógica de Estado sustituye su protagonismo.

La muerte de Chávez dejó al Go­bierno sin liderazgo, lo que es aprovechado por una derecha que, aunque dividida y más mediática que real, hoy ganaría sin complicación cualquier elección. Venezuela confirma que no se puede hacer una revolución simplemente subsidiando a la sociedad. Pero queda mucho de nuestro proceso, muy presente y vivo dentro de la subjetividad social. Momentos nada fáciles se perfilan.

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