La sociedad movilizada

La posibilidad de que lle­guen al Gobierno par­tidos-mo­vimiento como Podemos o las distintas opcio­nes mu­nicipalistas suscita recelos entre los activistas. ¿Dre­narán las organizaciones de base sustrayendo de ellas sus mejores activos? ¿Proce­derán a una cooptación que las supedite a sus intereses y agenda? Temen la repetición del pasado. Mencionan el caso del felipismo y experiencias recientes en Amé­rica Latina. Pero pensar a través de analogías no es fructífero. Más aún, puede que la pregunta esté mal planteada.

, Instituto de Altos Estudios Nacionales, Quito
09/09/14 · 16:28
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La posibilidad de que lle­guen al Gobierno par­tidos-mo­vimiento como Podemos o las distintas opcio­nes mu­nicipalistas suscita recelos entre los activistas. ¿Dre­narán las organizaciones de base sustrayendo de ellas sus mejores activos? ¿Proce­derán a una cooptación que las supedite a sus intereses y agenda? Temen la repetición del pasado. Mencionan el caso del felipismo y experiencias recientes en Amé­rica Latina. Pero pensar a través de analogías no es fructífero. Más aún, puede que la pregunta esté mal planteada. Creo oportuno considerar si los ‘movimientos’ son un medio o un fin en sí mismo. En mi opinión, no son ni lo uno ni lo otro: la sociedad movilizada tiene como ‘fin’ constituirse en el ‘medio’. Ahora bien, ¿de qué manera?

Temen la repetición del pasado. Mencionan el caso del felipismo y experiencias recientes en América Latina

Recurro a un aliado improbable. Adam Smith fue portador de una idea revolucionaria a finales del XVIII. Definió lo estatal como lo improductivo, y la sociedad civil, el ‘medio’ de los productores, como su opuesto. A la voluntad general republicana le faltaba algo: el interés. El interés general era el conjunto de lo deseado por los consumidores, reverso en el plano social de lo que era el ciudadano en el plano político. De aquí arranca toda una tradición que hará de la sociedad movilizada el motor de la historia, y de su lógica interna la partitura que estructura la bitácora de todo gobierno. Marx remodeló esta idea materializando la dialéctica hegeliana; Tronti dio un giro haciendo de la resistencia la causa material y eficiente, “lo que es primero”.

El verdadero soberano

Para Mises el consumidor era algo más que para Smith. Se trataba del verdadero soberano, el que dictaba con cada acción suya cómo debía ser la sociedad: cada compra, un voto por la mercancía deseada; cada voto, una compra en el mercado de la representación política. Se consumaba así el proceso decimonónico de confusión en lo social de lo económico y lo político. Hayek y los Chicago Boys transformaron el consumidor de Mises en un empresario-de-sí. Para Smith, el Estado debía crear las condiciones infraestructurales –rutas, puentes, puertos– que hiciesen posible el intercambio generalizado. Para los neoliberales el Estado debe establecer el sistema de reglas e incentivos por los cuales cada cual se vea llevado a gestionar su vida al modo de una empresa, apostando por maximizar su “capital humano”, invirtiendo en sí mismo asumiendo riesgos y deudas.

El sujeto político

Las estrategias (neo)liberales son maneras de constituir la sociedad movilizada como un ‘medio’ para los fines propuestos. La palabra “medio” ha de entenderse en sus dos acepciones: “una vía para”, “un entorno en el que”. Los ‘operaistas’ de Tronti son el reverso de Hayek en un punto. Lo que para unos es la resistencia, el motor del cambio, para el austríaco lo eran las inconmensurables disidencias cotidianas por las cuales los emprendedores innovan. Pero, mientras los neoliberales lograron extraer de aquí una racionalidad gubernamental, la izquierda aún no ha hallado la suya. ¿Lo intenta?

La “renta básica” de la que tanto se habla es una forma de hacer justicia a un producir colectivo que se considera incuantificable en los viejos términos; también una manera de aplacar la miseria. Está condenada al fracaso si no se completa con una serie de medidas que preparen el medio para alumbrar el sujeto de su política, diseñando una intervención que maximice sus acciones económicas y políticas. Los neoliberales dieron con su héroe, el empresario-de-sí, y lo supieron tratar. ¿Cuál será el de sus antagonistas?

Sea cual sea la respuesta, la pregunta nos devuelve al inicio. Hay que abandonar la distinción smithiana: la sociedad como lo productivo, el Estado como lo improductivo. Esta dicotomía yace bajo los temores de los activistas. Al famoso Qué hacer que anticipa la victoria, sólo se puede contestar: crear las reglas e instituciones que hagan posible reconstituir el ‘medio’ de la sociedad movilizada. Para ello el Estado ha de ser productivo. Siempre lo ha sido. 

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