¿Veinte años no es nada?

Si el célebre cantante y compositor argentino Carlos Gardel viviera hoy, a la vista de lo acontecido en el mundo en los últimos dos decenios, quizá se replanteara aquel fragmento de su famoso tango Volver, en el que decía que “veinte años no es nada”. En los últimos veinte años han pasado muchas cosas. Puede que demasiadas. O, en cualquier caso, demasiado importantes.

, Universidad Complutense de Madrid
13/12/13 · 8:00
Edición impresa

Si el célebre cantante y compositor argentino Carlos Gardel viviera hoy, a la vista de lo acontecido en el mundo en los últimos dos decenios, quizá se replanteara aquel fragmento de su famoso tango Volver, en el que decía que “veinte años no es nada”. En los últimos veinte años han pasado muchas cosas. Puede que demasiadas. O, en cualquier caso, demasiado importantes.

En uno de sus viajes a España, Bob Woodward, uno de los reporteros del Watergate, declaró en una conferencia pronunciada en 2008 a la que tuve la suerte de asistir –¡cómo pasa el tiempo!– que a los periodistas se nos había escapado la noticia más importante del siglo XX: la caída del muro de Berlín. Siguiendo en clave de autocrítica corporativa, añadió que a sus colegas norteamericanos también se les habían escabullido las consecuencias de la invasión de Iraq en 2003, o qué era Enron, cuya quiebra en 2001 constituye ya uno de los capítulos más tristes de la historia de Estados Unidos. Y, finalmente, añadió que los periodistas tampoco habíamos sido capaces de prever la llegada, velocidad y profundidad de la actual crisis económica. Hoy vemos que al propio Woodward se le escaparon entonces las repercusiones que esa crisis podía tener sobre el ámbito de los medios de comunicación, sobre su propia profesión. 
Los medios de comunicación social están hoy probablemente inmersos en la mayor crisis de su historia. Por una parte, los viejos soportes sufren caídas brutales en su rentabilidad; y por otro lado, los nuevos no acaban de encontrar una fórmula válida de conseguir y mantener niveles de audiencia adecuados y, sobre todo, flujos de ingresos suficientes y predecibles. Se apunta a la crisis en la inversión publicitaria como motivo principal de esta debacle, pero transferir toda la responsabilidad a esta sola circunstancia no resulta acertado. Los medios de comunicación se encuentran hoy ante una especie de tormenta perfecta en la que confluyen varios fenómenos que no sólo tienen que ver con la economía, sino también con la tecnología, la sociología, la psicología y la ética. Ya se han hecho muchos balances y muchos análisis para tratar de explicar por qué el sector de los medios de comunicación se encuentra hoy ante grandes retos de viabilidad, pero personalmente creo que necesitamos más análisis de fondo, más profundidad, porque sólo así puede –y sólo puede– que encontremos las verdaderas coordenadas del mundo actual y, con ello, las del sector de los medios y las de todos los demás. Las nuevas generaciones han abrazado vehementemente la idea de apertura y crece en la generalidad de los ciudadanos la desconfianza y el rechazo a la omnipresencia de los políticos, al poder de ese ente abstracto e inquietante denominado “los mercados” e, incluso, a los propios medios de comunicación tradicionales. 
 

Timos sistémicos 

Quizá la ética del hacker, el éxito del “código abierto” y de los sistemas para compartir archivos y el entusiasmo por los medios sociales no sean más que buenas muestras –entre otras– del deseo de los individuos de responder mediante la acción y mediante el ejercicio de nuevas solidaridades a cierta angustia antropológica, a frustraciones impuestas, a falsas promesas y a timos sistémicos. La creciente insatisfacción con la sociedad actual y sus propuestas de vida, la atracción por la modernidad y la búsqueda de alternativas de pensamiento y acción podrían estar operando como potentes catalizadores de próximas nuevas formas de organización social, económica, política y cultural.
 
A la luz de los acontecimientos y del “momento de rupturas” que estamos viviendo, pudiera suceder que recobraran un justificado interés las teorías sobre ciclos culturales y modelos de sociedad efímeros sobre las que basaron sus obras autores como el filósofo alemán Os­wald Spengler (La decadencia de Occidente) o como el historiador inglés Arnold J. Toynbee (Un estudio de Historia: génesis de las civilizaciones). 
 
Ahora es tiempo de afinar en el análisis y en la interpretación de todos los grandes fenómenos que se están produciendo a nuestro alrededor. Aunque sólo sea para que Bob Woodward no nos pueda reprochar de nuevo en unos años negligencia profesional.
+A Agrandar texto
+A Disminuir texto
Licencia

comentarios

0

Tienda El Salto