¿Transición catalana?

Ceder la palabra en forma de voto directo a la ciudadanía para que decida aca­baría con el Régimen del 78.

, Periodista
11/11/13 · 8:00
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Un referéndum en Catalu­nya acabaría, en efecto, con el Régimen del 78. O, lo que es lo mismo, ceder la palabra en forma de voto directo a la ciudadanía para que decida, con frescura y cotidianidad, las políticas –en Catalunya o Cartagena– aca­baría no sólo con el Régimen del 78, sino, del susto, incluso con las espinillas y los puntos negros. Quizás por eso no está previsto que suceda. Y aquí viene lo más divertido: no está previsto, posiblemente, por ninguna de las partes. Que, como en cualquier relación civilizada, son tres: el Estado, El Estadillo/Catalunya, y el Qué-diablos-es-un-Estado/UE. No se vayan, que me explico.

El Estado no va a permitir ese referéndum. Si su cultura lo permitiera, aquí se acabaría este artículo, y empezaría otro sobre, pongamos, el consumo responsable de lencería. El Estado carece de la cultura básica que haría posible éste u otros referéndums. El prime minister del Reino Unido, aludiendo a la posibilidad de que Escocia pueda practicar el voto, y Catalunya no, ha dicho una frase que nos ahorrará varios párrafos al respecto: “Para nosotros la democracia es una prioridad mayor que la Uni­dad Nacional”. Como aquí, pero al revés. Tradicionalmente, por otra parte, nuestro Estado sólo convoca referéndums que puede ganar, lo que delimita un tanto las posibilidades del género referéndum.
Ceder la palabra en forma de voto directo a la ciudadanía para que decida aca­baría con el
Régimen del 78
   

Mientras en otras democracias se vota entre dos opciones, por aquí abajo, y ya desde el franquismo, en todos los referéndums se ha votado siempre entre el yo de turno y el caos de siempre. Lo que implica que, por aquí abajo, el Estado tiene más posibilidades propagandísticas que otros biotopos para dibujar y dramatizar el caos. Los referéndums, por aquí, son dramáticos. Ése es el rol que le queda a un referéndum en una cultura vertical, tendente al pacto en las alturas para las cosas importantes. Y, tal vez, eso es lo que está trabajando la parte menos ceporra del Ré­gimen –incluido el pack catalán–: pacto en las alturas, reforma constitucional, nuevo pacto fiscal, referéndum con pregunta dada y elogios a la responsabilidad del pueblo español/catalán, etc.

En Catalunya, por el contrario, el referéndum es una presión ciudadana. El 80% de la población está a favor –incluido el 60% de los votantes de Ciutadans (C’s) y el 30% del PP–. Lo que no está claro es que el Govern también esté tan calentito con el tema. Liderar el proceso le ofrece la posibilidad de estar respaldado, de alguna forma, por el 80% de la población –algo inusual en el Sur–. También le posibilita dominar el proceso, un proceso ciudadano, que no es suyo. Y eso se nota. 

El Govern dice que la consulta sólo se realizará con el beneplácito del Estado. Es decir, que no se hará

El Govern, legalmente, no puede convocar referéndums, puede convocar consultas. Por cultura –por la Cultura de la Transi­ción (CT) local, diferente a la española en sus referentes, pero no es sus funciones–, el Govern no tiene apego a los referéndums. De hecho, está rehaciendo –con una lentitud extrema en una sociedad cuyo 80% quiere votar una consulta–, la anterior ley de consultas del Tripartito. A la baja, de manera que, me dice un parlamentari, se limitaría la iniciativa popular al respecto, no sea que al final esto fuera Suiza y acabáramos votando, no sé, los recortes. Por otra parte, el Govern está incumpliendo de manera abultada –lo que se podía entender como un mensaje dilatado al Gobierno– todo su calendario de la denominada –en lo que es un muy acertado nombre artístico– Transició Catalana. Verbigracias: sí, ha creado con rapidez cacharros propagandísticos/que pueden dar el pego  –como el Consell per la Transició Catalana, un comité de sabios en el que hay un par de tertulianos radiofónicos–, pero se han paralizado las medidas que podían ilustrar al mundo que esto iba en serio: la creación de una Ha­cienda propia –debería existir en 2013, y ni está ni se la espera–, y la presentación en sociedad de la pregunta de la consulta –debería haberse hecho pública en el primer semestre del 2013–.       

Nuestro Estado sólo convoca referéndums que puede ganar, lo que delimita un tanto las posibilidades del género referéndum

Lo de la pregunta tiene su miga. El Govern ha afirmado que la consulta sólo se realizará con el beneplácito del Estado. Es decir, que no se hará. Podría, por tanto, quedar como un señor a través de una pregunta inservible pero lúcida. La dramatización del asunto indica que no va a ser así. En diciembre se hará pública la pregunta de esa consulta no autorizada por el Estado, y no luchada por la Generalitat. Será divertido verla. Y será interesante ver su función, ver qué partes de lo posible potencia o elude. Al parecer, la gran fricción para establecer esa pregunta son los intereses partidistas. Que, de hecho, ilustran quizás lo que está pasando: se está gestionando el proceso desde criterios electoralistas antes que democráticos o estructurales. Al parecer, los grandes beneficiados de toda esta gestión serán C’s y ERC, un partido misterio: está votando el fin del Bienestar con CiU, no propone ideas sobre el hipotético nuevo Estado –lo que posiblemente sea un indicio de que no lo espera–, y se comporta como si en el Sur postdemocrático ganar unas elecciones no supusiera desaparecer como partido en las siguientes.        

La sensación es que los partidos formalmente a favor de la Transició Catalana y cercanos al poder –vamos, CiU y ERC– están sobrevenidos en toda esta juerga, y que la gestionan a través de una cultura –la CT– que ya no es válida para crear nada, pero sí para frenar procesos. Se perciben luchas culturales para delimitar el concepto democracia. Es democrática, así, una consulta sobre el Derecho a Decidir. No está claro que sea tan democrático hacer de las consultas una herramienta constante. Hablar de la corrupción, del desguace de la Sanitat, de balas de goma, de mossos practicando en la calle el republicanismo centroamericano torpedea directamente el proceso/la democracia.

 
¿Y la UE? La UE tiene como fuente del conflicto al Gobierno. Y no le ha costado mucho. En la Oficina de la Generalitat en Bruselas se ha puesto a un funcionario de bajo perfil. Al parecer, no ha conseguido ningún encuentro Mas-UE. En lo que es otra metáfora, al frente de la Oficina de Berlín, la Generalitat directamente ha puesto a la sobrina de una Conse­llera que, esta mañana a primera hora, no hablaba alemán, algo muy útil en el caso de que no tengas nada que decir. Si a esa ausencia de exposición se une el hecho de que la UE no es una institución democrática, y que, más que por derechos democráticos, está preocupada por crisis internas que culminen en un impago en cadena en el Sur, ya tendremos una poética de la UE al respecto.
 
¿Un referéndum en Catalunya sería el fin de la CT/Régimen del 78? Sí. Y un preciosismo democrático que acabaría con la UE que conocemos. Por eso los profesionales del Régimen tienen tantos problemas para fabricarlo. No creo que lo fabriquen. Está por ver si la sociedad puede conseguirlo. Como en todos los casos graves, pidan, no obstante, un segundo diagnóstico.        
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comentarios

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    Pere Dimas
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    Mié, 11/13/2013 - 01:29
    Una de las cosas que más tienen en común la cultura catalana de hoy con la esp., o sea con la del Estado es precisamente eso: la Cultura en Vertical, decidida o al menos omnímodamente  controlada y tutelada desde arriba, desde el poder. Una cultura oficial pobre, sin ambición, sin capacidad de innovación, intelectualmente muy conservadora, que evita toda interplación al público, no-participativa, conformista, en realidad  y pese a todo bastante puritana y, sobre todo, con un clasismo desaforado y que asusta y duele -a los mejores profesionales de la cultura extranjeros les asusta, al menos, ellos lo ven irectamente como una cultura Fascista, o casi. Y eso vale para los departamentos de Cultura, para las universidades, para los ayuntamientos...Esa mentalidad mediocre todo lo contamina.
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    david
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    Lun, 11/11/2013 - 18:07
    Muy buen análisis. Si no hay que fiarse de la casta política nunca, mucho menos ahora que de lo que hablamos de crear un nuevo estado en que sea más dificil ROBAR.
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