MINERÍA: DEFENSA LABORAL DEL SECTOR EN ASTURIAS Y LEÓN
En la mina

Hacía años que el Estado español no vivía una movilización obrera tan importante como la de la minería de finales de septiembre y principios de octubre.

Enfrentamientos con la policía, huelgas de hambre, encierros en pozos en condiciones infrahumanas y una marcha minera desde las cuencas; partiendo corazones a su paso por pueblos aviejados y semiabandonados, rumbo a Oviedo y León.

15/12/10 · 8:00
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MARCHA NEGRA. Integrantes de la nueva Marcha Negra durante las primeras jornadas de marcha, camino de Ponferrada. / Fotos: Manu Bravo
ProtestasCarbón0027

Hacía años que el Estado español no vivía una movilización obrera tan importante como la de la minería de finales de septiembre y principios de octubre.

Enfrentamientos con la policía, huelgas de hambre, encierros en pozos en condiciones infrahumanas y una marcha minera desde las cuencas; partiendo corazones a su paso por pueblos aviejados y semiabandonados, rumbo a Oviedo y León.

Aunque apenas reducida a un retal de lo que fue la Marcha Negra de 1992, la potencia de los 200 mineros con buzo azul, casco y los pies machacados por kilómetros de asfalto hizo añicos la imagen de gran movilización con la que los sindicatos vendieron la protesta del 29-S. Los sindicatos no estuvieron a la altura de la reivindicación de los mineros. En León, pretendieron izarlos como estandarte de la huelga, pero los mineros continuaron orgullosos por su cuenta.

Con la boca grande, reclamaban sus salarios y un plan de ayudas para poder bajar de nuevo a los pozos. A media voz, exigían un plan de reindustrialización para no tener que emigrar de su tierra de montes y castaños. Y, aquellos mineros que trabajan para los caciques locales, sólo hablaban en voz baja y bajo anonimato: “hay que nacionalizar”. En el corazón de las protestas había miedo al patrón.

Plegaron a Bruselas y Madrid, pero sólo se les concedió lo que gritaban en sus pancartas: un nuevo plan. La reindustrializazión fue, una vez más, batalla perdida. Y sin trabajo los pueblos mineros morirán. Muchos ven la mano de los caciques locales en la inactividad del Estado. Carbunión, en general, y Victorino Alonso, en particular, nunca han visto con buenos ojos que se implante industria en las cuencas. Poseer el monopolio del trabajo permite no competir en sueldos ni en condiciones laborales. Es decir, constituye el caldo de cultivo perfecto para tejer, como hicieron, una intrincada tela de subcontratas para eliminar los derechos laborales. Y si el Estado no ha podido, o no ha querido, dar trabajo a las cuencas, mucho menos apostará por nacionalizar el sector. Máxime, cuando puede traerlo más barato del exterior. Cabe preguntarse en qué condiciones se extrae carbón en esos países.

La puñalada definitiva a las protestas mineras la asestaron las eléctricas. Una vez más, se niegan a quemar un carbón tan caro, a pesar de las miles de toneladas de antracita acumulada en los montes desde que las térmicas pararon hace más de un año. Los tribunales estudian si se les puede obligar a quemar carbón local de nuevo. Pero la sentencia, aunque sea favorable, llegará tarde. La tela de subcontratas se ha rasgado y el primer ERE afecta ya a 1.200 personas.

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