III FISAHARA // FESTIVAL INTERNACIONAL DE CINE DEL SAHARA
Sesión continua bajo el cielo del desierto

Más allá de una muestra al uso, el Festival de
Cine del Sahara dió a conocer de primera
mano la situación de los refugiados saharauis.

29/04/06 · 19:14
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IGR

Una “lindísima locura”. Así es
como se refería el escritor
Eduardo Galeano al Festival
de Cine del Sahara, que este
año cumple su tercera edición.
El campo de refugiados de El
Aaiún (Argelia) acogió, del 4
al 9 de abril, la proyección de
más de 20 películas y la celebración
de actividades paralelas
como talleres de cine, mesas
redondas y hasta una fiesta
cubana en medio del desierto
(no en vano, Cuba era este
año el país invitado al festival).

Miles de saharauis pudieron
disfrutar del cine, algo a lo que
apenas tienen acceso, con películas
como El método, Fresa
y chocolate (que recibió una
mención especial), Heroína,
Invierno en Bagdad o la ganadora
del premio del público,
La historia del camello que llora.
Bajo las estrellas, sentados
en gradas con animada expectación,
la experiencia del cine
en el Sahara tiene poco que
ver con esas salas en las que el
silencio sólo se rompe por ocasionales
timbrazos de móvil y
el masticar de palomitas: la
proyección es una fiesta, una
excusa para encontrarse y para
descubrir otros mundos, y
la película, algo que se ve a
fragmentos y se enriquece con
los comentarios del público.
Las proyecciones cuentan,
además, con un atractivo añadido:
la presencia de algunos
artistas que presentan sus películas,
participan en coloquios
y mesas redondas, y con
su presencia llaman la atención
de la opinión pública sobre
la situación del Sahara.
Pero los saharauis no han
sido sólo espectadores de cine:
también han tenido la ocasión
de pasar al otro lado de la
cámara, gracias a los talleres
de formación audiovisual que
forman parte del proyecto del
festival. Los alumnos -la mayoría,
mujeres- han aprendido
animación, edición no lineal,
cámara, el proceso de
creación audiovisual... esto
es, a manejar una tecnología a
la que quizás pasarán mucho
tiempo sin tener acceso, pero
con el firme convencimiento
de que algún día les será útil.

Uno de los momentos más
hermosos del festival es precisamente
cuando se exhiben
las humildes producciones
fruto de los talleres, que combinan
divertidos y surrealistas
cuentos de los niños con
historias sobre las condiciones
de vida en los campamentos
o los estragos de las recientes
lluvias torrenciales.
La experiencia de FISAHARA
va más allá de un festival
de cine al uso: es, sobre todo,
una oportunidad para descubrir
la vida de los campamentos
desde una perspectiva privilegiada,
la que otorga una
semana de convivencia con
una familia saharaui y la posibilidad
de conocer, desde dentro,
sus precarias condiciones
de vida, su inmensa generosidad,
y su lucha por ver reconocidos,
30 años después, sus
derechos como pueblo.

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