MILAGROS DEL CONGRESO // LA PLACA DE SANTA MARAVILLAS AGITA EL DEBATE PARLAMENTARIO
BONO, ZAPLANA Y LA MONJA ULTRA

“Los de los partidos propios
son unos hijos de puta”. Tras
llamar “gilipollas integral” a
Blair, Bono aporta otra frase
para la historia. Pero su falta
de tacto con las madres de sus
compañeros del PSOE produjo
un efecto contraproducente:
sus planes de homenajear a
una monja de rostro inquietante
tendrán que esperar

27/11/08 · 0:41
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Las leyes de la política parlamentaria
española no tienen por qué obedecer a
leyes estrictamente racionales. Un
ejemplo práctico: la misma semana que
el juez Garzón decide dar marcha atrás
e inhibirse en la causa contra los crímenes
de la dictadura, el debate parlamentario
de mayor calado consistía en la
propuesta de si colocar o no en el Congreso
una placa en homenaje a sor Maravillas,
una monja de indisimulada
inclinación franquista, y (lo que es más
perturbador) un inquietante parecido
físico al ex portavoz del Partido
Popular, Eduardo Zaplana.

Habría que meterse dentro de la cabeza
de José Bono (nuevamente con
pelo) para entender los motivos que llevaron
al presidente del Congreso a
aprobar, sin el consenso de su partido,
la propuesta del PP de homenajear a
una religiosa cuya biografía parece una
mezcla mutante entre el ultraconservadurismo
de Rouco Varela, la ñoñez de
sor Citroen y la adicción al dolor de los
personajes de Sacher-Masoch. De hecho,
un repaso breve a la vida de sor
Maravillas lleva a encontrarse desvaríos
como un voto de castidad a los cinco
años, la fundación de órdenes ultraortodoxas
alejadas del carácter ‘demasiado
progresista’ del Concilio Vaticano
II o la fe enfermiza en el dolor físico como
forma de purificación, lo cual llevaba
a María Maravillas a inflingirse castigos
como colgarse de la melena a una
viga “para sufrir por Jesús”. Toda una
filosofía de vida que resumió en la frase
“Déjate mandar. Déjate sujetar y despreciar.
Y serás perfecta”.

Próceres del nacionalcatolicismo

Franco y el Vaticano siempre sintieron
predilección por sor Maravillas. Pese a
que la religiosa murió por causas naturales
en 1974, el Régimen impulsó el mito
de la monja “amenazada” por los republicanos
durante el breve periodo que
pasó presa durante la Guerra Civil. Más
recientemente, la recuperación de un
niño argentino en 1998 fue considerado
un milagro atribuible a sor Maravillas, y
Juan Pablo II decidía encumbrarla a los
altares ese mismo año, en un proceso
de beatificación tan acelerado como el
de Escrivá de Balaguer, otro prócer del
nacionalcatolicismo.

Sobre la fascinación que Sor Maravillas
parece ejercer sobre José
Bono, aquí sólo podemos apuntar dos
vagas hipótesis. 1) La esperanza del
político manchego en que los poderes
milagrosos de la santa puedan devolverle
íntegramente su cuero cabelludo;
o 2) que, efectivamente, sor Maravillas
se haya reencarnado en la piel de
Eduardo Zaplana, con quien José Bono
comparte una peculiar amistad unida
por oscuros intereses inmobiliarios con
el Pocero de Seseña. Sobre esta hipótesis,
es verdad que la austeridad fundamentalista
de la monja (quien acostumbraba
a dormir sobre el suelo sólo
tres horas diarias) contrasta bastante
con el tren de vida del ex portavoz popular.

Pero también es verdad que, según
se recuerda en el libro Zaplana, el
brazo incorrupto del PP, el político valenciano
posee su propia lista de poderes
sobrenaturales, la capacidad de pasar
años viviendo en un piso cuyos pagos
mensuales superan con creces su
sueldo declarado; o un talento milagroso
para hacer pasar como válidas facturas
de 55.000 euros para la compra
de turrón de navidad.

Al final, los planes de beatificación política
no han llegado a buen puerto. La
culpa la ha tenido un micrófono traicionero,
que recogió el momento en que
José Bono definía la composición de la
Cámara que preside como un lugar donde
“hay mucha santa, algún malo... y los
de los partidos propios son unos hijos de
puta”. Incluso para los diputados del
PSOE, que te líen para homenajear a una
ultra de rasgos andróginos y luego se
acuerden de tu madre por mostrar suspicacias,
no suele ser algo que siente demasiado
bien. La santa masoquista deberá
seguir esperando su placa. Las víctimas
de la carnicería franquista, mientras, pasarán
al menos unos cuantos años más
esperando justicia. Pero esto ya no forma
parte del diario de sesiones.


Tags relacionados: Eduardo Zaplana José Bono
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