Rigurosamente incierto
El intérprete del funeral

Ha muerto Mandela, un mito de nuestro tiempo. El intérprete de los mandatarios que acudieron a su funeral se ha convertido a su vez en otro mito.

22/12/13 · 8:00
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Ha habido cierta polémica con el traductor a la lengua de signos de los discursos del funeral de Mandela. Al parecer, este intérprete no estaba diciendo nada y movía las manos al azar.
Pues bien, este intérprete era yo.

Pero tengo una explicación. Desde la muerte de Nelson Mandela se han sucedido las voces de grandes personalidades que han explicado cómo el líder sudafricano les ha inspirado y servido de modelo a lo largo de su vida. Barack Obama, presidente de Estados Unidos, lo llamó “el último libertador del siglo XX”. Raúl Castro, presidente de Cuba, apuntó que Mandela es “un ejemplo insuperable para América Latina y el Caribe”. Napoleón Bonaparte detalló en una entrevista, muy emocionado, cómo el cautiverio de Mandela le sirvió de guía “durante mi exilio en la isla de Elba”. Y Mariano Rajoy explicó que “el Madrid no lo tiene fácil, pero podría ganar la liga sin problemas”.

Madiba también ha sido una referencia para mí. Le llamo Madiba porque siempre fuimos muy colegas desde que en una ocasión me compré un póster suyo. Frases como “Tengo un sueño” o “Ich bin ein Berliner” son para mí lemas que tengo siempre presentes.
De hecho, en momentos de duda me pregunto: ¿Qué haría Mandela en mi lugar? ¿Compraría un variado de frutos secos o mejor bolsas de nueces, almendras y cacahuetes, para luego mezclarlo todo? Lo segundo sale más económico a largo plazo, pero hay que comprar tres paquetes y no sólo uno. Yo siempre he pensado que Madiba era alérgico a los frutos secos. No sé. Eso le hace incluso más humano. ¿Estoy insinuando que Mandela era un robot? No, porque si fuera un robot hubiera lanzado rayos láser por los ojos. El caso es que yo también quería rendirle homenaje en su funeral. Además, tampoco quería ser el único que no fuera. Es decir, asistió hasta el príncipe Felipe, que no es más que un parado, al menos hasta que su padre abdique.

Mi viaje a Sudáfrica fue bastante accidentado, debido a que me gasté el dinero del billete de camino al aeropuerto. Si vais por un atajo que yo me conozco, hay como siete bares de camino. El caso es que después de secuestrar un barco pirata somalí (no se lo esperaban) conseguí llegar a Ciudad del Cabo, donde robé un avestruz que me llevó hasta el estadio en el que España ganó el mundial. Según Rajoy, Mandela quería que lo enterraran justo donde Iniesta chutó el balón que acabaría dándonos la victoria.

No me querían dejar pasar adentro, pero el avestruz se puso a morder las cabezas de varios policías y armó el suficiente alboroto como para que pudiera colarme. Encontré sitio justo al lado de un atril. Estaba tan contento que no podía contener mis ganas de bailar. Además, había visto en el telediario que la gente había salido a la calle danzando y cantando a modo de homenaje, así que consideré apropiados unos elegantes y contenidos movimientos de hombros, además de algunos pasos en plan Vogue, de Madonna. También chasqueé los dedos, moví los pulgares en círculos, e hice el repartidor de cartas, el pistolero del oeste y el moonwalk, entre otras discretas demostraciones de respeto que algunos confundieron con el lenguaje de los signos.

Es decir, no estaba traduciendo nada. Sólo estaba rindiendo un último homenaje a Mandela. En realidad, un primer homenaje. No sabía quién era este señor hasta que se murió y por lo que luego comenté con los políticos que había por allí, casi nadie de los que habíamos acudido al funeral lo teníamos muy claro. Eso sí, los canapés estaban riquísimos.

Tags relacionados: Nelson Mandela Número 212
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