Rigurosamente incierto
Poner a Fabra en el centro

Carlos Fabra, folclórico sin coplas, el caballero de las gafas ahumadas, ha sido condenado por un tribunal. Repasamos su viaje al centro del centro.

, Madrid
04/12/13 · 17:46

Los Flores, los Carmona, los Pantoja. Y ahora: los Fabra.

Hoy, en Familias Míticas del Folclore Español: los Fabra. La estirpe nacional que domina el cante valenciano desde el siglo XIX. Con mano de hierro en guante de seda. Y para bien: “Estoy muy orgulloso de la dinastía de los Fabra”, ha dicho Carlos Fabra, patriarca del clan.

¿No son las suyas unas declaraciones como muy de folclórica de raza? Pues escuchen las que realizó cuando le condenaron a cuatro años de prisión por unos impuestillos de nada: “No tengo miedo de ir a la cárcel”. ¡Olé! Si me queréis a mí, dadme vuestra pasta.

Nada asombra más de la vida de Carlos Fabra que este escalofriante dato real: de joven pasó por la UCD... Oh, yeahPara desplante folclórico, eso sí, el de su hija, Andrea Fabra. Desde el escenario del Congreso y agitando su bata de cola: “¡Que les jodan!”. A los parados, a los rojos, a los tullidos y a los macrobióticos. ¡Que les jodan, coño, que les jodan! Andrea Fabra: el látigo de los descamisados. La Evita carpetovetónica. Una loca, en definitiva, maravillosa.

Pero detengámonos a analizar al gurú del clan. La figura artística bigger than life de Don Carlos Fabra.

No es fácil quedarse con un solo hito biográfico cuando uno revisa su extraordinaria vida: padre de familia, amante esposo, amigo de sus amigos, aficionado al golf y estadista histórico de la diputación de Castellón. Sus aportaciones al folclore valenciano no tienen parangón. Escuchen la construcción de un vanguardista aeropuerto sin aviones presidido por una escultura de su gigantesca cabeza. Su titánica labor de pionero de la moda española para cuñaos (esos pantalones trescuartos a lo cachuli). Su visionaria capacidad para adivinar el número de la lotería de Navidad todos los años en el Congreso Levantino de Meditación Trascendental y Hurto. Su invención de un asombroso artilugio para cocinar paella y lavar dinero negro a la vez. Su arte para convertir a cualquier funcionario público en un degenerado mediante una simple imposición de manos. Su asombrosa facilidad para hablar con sus cacas cada vez que evacua tras una jornada esquilmando recursos públicos (en efecto, nadie en España habla tan bien el cacalés como Don Carlos Fabra. Y no digamos ya el popolés y el zuruñí).

¿Cómo quedarse con un solo de todos estos mágicos momentos biográficos? ¿Cómo escoger una sola de las putas mierdas que ha evacuado Carlos Fabra durante toda su vida política? ¿Cómo, eh, cómo?

Pues bien. Llegados a esta encrucijada, cuando este político de raza se enfrenta a la penosa condena de cuatro años de cárcel (auspiciada por los enemigos de España), es hora ya de decantarse. Nada asombra más de la vida de Carlos Fabra que este escalofriante dato real: de joven pasó por la UCD... Oh, yeah. Aquellos locos muchachos que inventaron la democracia.

Pasar por la UCD para un político español es como cantar en Viña del Mar para un baladista preconstitucional o hincharse a tripis en Woods­tock para un hippie hecho papilla. El no va más. El alfa y el omega. La UCD no es un simple partido centrista, no, es el puto Centro Geodésico del Planeta, como demostró Julio Verne. En efecto, en la última página de Viaje al centro de la Tierra, los sufridos protagonistas de la novela llegaban por fin a su céntrico destino: una sede de la UCD donde jugaban al mus Adolfo Suárez, Carlos Fabra, Pío Cabanillas y Florentino Pérez. Sí, amigos. El horror. El horror.

El centro exacto de la tierra política. Ni de izquierdas ni de derechas. Ni pa ti ni pa mi. El desiderátum democrático cañí. Carlos Fabra, héroe del folk centrista.

En tres palabras: Señor, llévame contigo.

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