PANORAMA // LA CRISIS HACE TAMBALEAR EL TABLERO REGIONAL
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BEIRUT, OTRA VEZ. El barrio chií Dahia de la capital del Líbano fue una de las
zonas más castigadas por los bombardeos israelíes / FerránQuevedo

Lo más significativo de los
acontecimientos vividos en

, coordinador de la Campaña Estatal contra la Ocupación y por la Soberanía de Iraq (CEOSI)
12/10/06 · 19:40
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BEIRUT, OTRA VEZ. El barrio chií Dahia de la capital del Líbano fue una de las
zonas más castigadas por los bombardeos israelíes / FerránQuevedo

Lo más significativo de los
acontecimientos vividos en
Oriente Medio desde el 12
de julio hasta el alto el fuego
entre Hezbolá e Israel establecido
por la aprobación de la resolución
1701 del Consejo de Seguridad de la
ONU, es que se trata de la primera
guerra -si podemos calificarla así-
que no es estrictamente árabe-israelí.

Incluso las dos guerras contra Iraq
de 1991 y 2003, aun cuando no fueron
formalmente árabe-israelíes, estaban
inspiradas por la misma lógica
de conflictos anteriores en la zona: el
compromiso de EE UU en preservar
la superioridad estratégica de Israel
frente a los estados árabes.
Por el contrario, este último conflicto
sitúa a unos y a otros -a Israel,
a EE UU y Europa, a los regímenes
árabes- ante la constatación de un
nuevo sujeto regional insoslayable,
el confesionalismo político chií y una
potencia emergente con una agenda
clara y coherente, Irán.

Ciertamente, por omisión y agravio
comparativo, el gran perdedor es
de nuevo el pueblo palestino. Nadie
ha salido valedor del pueblo palestino,
igualmente sometido por Israel a
una criminal campaña militar, que
incluye la reocupación de zonas desalojadas
por los israelíes. Mientras
que la resolución del enfrentamiento
en Líbano tiene detrás de sí la voluntad
de casi todos de contener el afianzamiento
de la influencia iraní en
Oriente Medio, en Palestina persiste
la lógica, también compartida por casi
todos, de derribar al Gobierno de
Hamás negándole el papel de interlocutor,
todo lo contrario de lo que
ha pasado con Hezbolá.

Perdedores son también los regímenes
árabes, los cuales, más preocupados
por el afianzamiento entre
sus súbditos de Hezbolá y de Irán como
referentes resistentes, han reaccionado,
como les es propio, tarde y
mal ante la doble agresión israelí a
Palestina y Líbano. Quizás sólo Siria -como confirman declaraciones de
responsables estadounidenses en estas
semanas- podrá ver aliviado el
asedio estadounidense al que está
sometido por el curioso efecto de que
la Administración Bush y los gobiernos
europeos prefieran aceptar de
nuevo la influencia de Damasco sobre
los asuntos libaneses antes que
reconocer la de Teherán.

La Administración Bush tampoco
sale bien parada de lo acontecido.
En contra de lo que se reitera, EE UU
se ha visto obligado a secundar a
Israel en su agresión contra Líbano.
El Gobierno israelí ha sido indiferente -o ha aprovechado- la situación
de extrema debilidad de una
Administración estadounidense
empantanada en Iraq. Israel ha convertido
el incidente del secuestro de
sus soldados por Hezbolá en una
guerra total contra un Líbano recién
emancipado de la tutela siria tras
las presiones de la antigua potencia
colonial, Francia, y de EE UU tras el
asesinato del primer ministro Hariri
en febrero de 2005.

Es cierto que la agresión de Israel
contra Líbano le ha permitido a la
Administración Bush desviar la
atención doméstica e internacional
del propio atolladero iraquí, tras meses
de escándalos y en un momento
en el que aumenta y no disminuye -en contra de lo anunciado- su implicación
militar directa. Pero el impacto
del conflicto de Líbano tiene
dudosos dividendos a medio y largo
plazo para EE UU: ha debilitado a
los ocupantes en su intento de utilizar
al primer ministro iraquí al-
Maliki para recuperar algo del control
perdido, y el rédito ganado por
Hezbolá como referente antisionista
ha alentado a las fuerzas del confesionalismo
político chií en Iraq más
cercanas a Irán a poner punto final
a la colaboración con los ocupantes,
avanzando en su proyecto de fragmentación
efectiva del país.

Pero sin duda tampoco entre los
ganadores se encuentra Israel, que
finalmente ha debido aceptar una retirada
completa que hace depender
su seguridad del cumplimiento por
parte de Líbano de la resolución
aprobada, es decir del despliegue de
15.000 efectivos libaneses en el sur
junto a 15.000 cascos azules y de “la
extensión del control del Gobierno
de Líbano sobre todo el territorio libanés”,
sin que se explicite el obligatorio
desarme de Hezbolá. La campaña
libanesa le ha supuesto, además,
una notoria erosión de su imagen
militar y ha abierto una crisis importante
entre militares y políticos.
La resolución del conflicto supone
por el contrario un éxito evidente para
Hezbolá, reconocido en el primer
párrafo de la resolución (no ocurría
así en borradores previos) como parte
en el conflicto. Al éxito militar que
ha supuesto frenar sobre el terreno
a Israel, Hezbolá une ahora el haberse
convertido en referente local e internacional
de resistencia y en obligado
sujeto de la política regional,
algo que EE UU y Europa se negaban
a hacer pese a que, amén de
guerrilla en el sur, Hezbolá es una
fuerza parlamentaria con dos miembros
en el Gobierno libanés.

Hezbolá no es sólo ahora la expresión
genuina del sentimiento de humillación
colectiva y la voluntad de
resistencia de los árabes. Con una
historia que no se remonta más allá
de 1984, el afianzamiento del Partido
de Dios en Líbano es el efecto no deseado
del papel de gendarme que
Occidente otorgó al régimen de
Hafez al-Asad sobre Líbano en los
‘70, a fin de impedir el triunfo de la
OLP y los nacionalistas libaneses en
la guerra civil. Tras inhibirse durante
la invasión de Sharon en 1982, Siria
aceptará dentro de un acuerdo estratégico
con Irán el establecimiento de
Hezbolá en el sur de Líbano, al tiempo
que erradicaba manu militari a la
resistencia libanesa y palestina.
Es manipular interesadamente
los hechos el afirmar que Hezbolá
dependa completamente de Irán y
sirva a sus intereses. Pero la compleja
realidad de Oriente Medio no
permite hacer tampoco una lectura
plana de lo acontecido: todos los
grandes procesos de ‘paz’ en
Oriente Medio, como recomendaba
Kissinger a Sadat, han ido precedidos
de guerras. Quizás sea
también éste el caso, aunque el discurso
formal de todos los implicados
se presente tan subido de tono.

Gaza, una guerra olvidada
_ SALVADOR MARTÍNEZ MAS
_ Eclipsado por la ofensiva israelí contra Hezbolá al sur del Líbano, Saeb Erekat, ministro palestino para la negociación, ha descrito el frente que mantiene abierto Israel en la Franja de Gaza como una «guerra olvidada». La ONG Grupo de Monitores Palestino ha señalado que la ofensiva que el Ejército israelí desarrolla desde finales de junio en la Franja de Gaza, ha hecho del mes de julio «el mes en el que más palestinos han muerto desde octubre de 2004». Los ataques del Ejército de Israel contra infraestructuras civiles y militantes palestinos habían costado la vida a 180 personas a finales de agosto. La mayoría de ellas eran civiles, al igual que la treintena de palestinos miembros del Gobierno de Hamás y parlamentarios islamistas arrestados por Israel durante julio y agosto. Los arrestos más recientes son los del viceprimer ministro palestino, Nasser Shaer, y el del presidente del Parlamento palestino, también miembro de Hamás, Abdel Aziz Dweik.

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