OPINIÓN: LA SOLIDARIDAD COMO MOTOR DE CAMBIO ENTRE LOS PUEBLOS
Suecia, un ejemplo de solidaridad con Chile durante la dictadura

El autor, profesor de la Universidad de Estocolmo y autor de Suecia por Chile: una historia visual del exilio y la solidaridad, repasa los lazos de solidaridad y apoyo del pueblo sueco con los chilenos durante los años de la dictadura militar.

05/10/10 · 19:27
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Fernando Camacho Padilla

El devastador terremoto ocurrido en Chile el pasado 27 de febrero generó una movilización internacional que no se repetía desde el tiempo de la dictadura militar (1973-1990). En cientos de ciudades de todo el mundo, se realizaron numerosos actos, como conciertos, ventas de comida, rifas, teatro, recitales de poesía, entre muchos otros, con el fin de reunir fondos para las víctimas.

Lo interesante en este caso, y a diferencia de la solidaridad que conocimos durante la década de1970 y 1980, es que la ideología no ha jugado ningún rol, pues los afectados son todos. Las imágenes de televisión retransmitidas días después del terremoto, mostraban a Michele Bachelet y a Sebastián Piñera, junto a miembros de sus respectivas coaliciones, más cerca que nunca. Esas imágenes son únicas y ya forman parte de la historia de Chile.

Apoyo del pueblo sueco

Menos recientes y menos conocida, es la campaña de apoyo y solidaridad que el pueblo sueco llevó a cabo con Chile, décadas atrás, en los años que la desolación y el terror no eran causados por catástrofes naturales, sino por la miseria humana de unos soldados que creían ser los únicos dueños del país. La solidaridad de la década de los años setenta y ochenta, especialmente a partir del golpe de Estado de 1973, se repitió con características similares en la mayor parte de los países de Europa, de América Latina pero también de otros continentes.

Miles de suecos, chilenos y personas de distintas nacionalidades se organizaron en Suecia para exigir el respeto de los derechos humanos y el retorno de la democracia. Los valores de justicia, igualdad, democracia, dignidad, respeto, autodeterminación, entre muchos otros, eran el motor y la fuerza que movía a miles de personas a luchar por un mundo mejor. Hoy día, estas acciones han perdido vigencia y la sociedad se preocupa en mantener principalmente los niveles de consumismo deseados, y cuándo éstos cambian, entonces es cuando se lanzan a la calle.

Exiliados chilenos en Suecia

Pocas veces vemos actividades, marchas o actos en solidaridad por otras regiones como ocurrían en estos años, si bien se mantienen en alguna dimensión, claro. A partir del golpe de 1973, la solidaridad adquirió una dimensión mucho mayor, a lo que se añadió también los grandes contingentes de exiliados chilenos que fueron llegando al país. Sin embargo, para poder entender lo ocurrido a partir de la llegada de Pinochet, es necesario conocer que varios años antes, Suecia tenía presente el experimento chileno, y las esperanzas del pueblo sueco, como de una gran parte del resto del mundo, estaban puestas ahí. Hasta comienzos del siglo XX,

Suecia era uno de los países más pobres de Europa, pero la organización, el activismo, la solidaridad de clase y el acceso a la educación, que reivindicaba el movimiento obrero, y que lograron poner en práctica una vez que el Partido Socialdemócrata llegó al poder en la década de l930, hizo cambiar notablemente la situación del país. Una vez que empezaron a verse los resultados de esta política, Suecia se convirtió en un modelo a seguir en el mundo entero

Un ejemplo en Latinoamérica

Una vez que la sociedad sueca logró un buen nivel de bienestar, el siguiente paso fue ayudar al resto de los países a conseguirlo. De ese modo, se empezaron a interesar, de manera mayoritaria, por los acontecimientos de las regiones más subdesarrolladas, especialmente de África, Asia y Latinoamérica. Si en un primer momento fue Indochina y los países de África del Sur, América Latina rápidamente se convirtió en el centro de interés.

La solidaridad por América Latina, y especialmente Chile, alcanzó una dimensión poco conocida anteriormente, y únicamente comparable con la experiencia republicana de la segunda mitad de la década de 1930, cuando más de 400 comités de solidaridad denunciaron los atropellos causados por el bando nacional. A ello, hay que sumar los más de 500 brigadistas suecos que combatieron en los distintos frentes de España, muchos de los cuales murieron en la contienda.

De América Latina, además de sueños y esperanzas políticas, como las que emitía la revolución cubana desde la década de 1950, llegaban muchos elementos exóticos y atractivos para los suecos, como era la música, el arte, la literatura, la gastronomía, el mosaico cultural y demográfico, y, además, todo ello en castellano, un idioma europeo y mucho más cercano que cualquiera de las lenguas de restantes países del tercer mundo. Los actos de solidaridad por América Latina vinieron acompañados de actividades culturales, razón por la que llegaron a ellas muchas personas que no tenían una militancia política definida.

Entre los primeros lugares que empezaron a realizarse actos por la libertad de los países latinoamericanos, especialmente Cuba en los primeros años, y seguidamente Chile, fue el Club de los Cronopios. Este lugar fue fundado por militantes del Partido Comunista de España residentes en Estocolmo, y sus objetivos fueron los de organizar una célula que pudiera denunciar la situación que se vivía en España y, al mismo tiempo, recaudar fondos para el partido. El nombre ‘cronopios’ se tomó de los cuentos de Julio Cortazar, “Historia de Cronopios y de Famas”, y a él llegaron, además de militantes del PCE, muchos españoles y latinoamericanos cercanos a las ideas que allí se defendían.

El papel del club en la solidaridad con Chile fue central desde el primer momento. Una vez que ganó las elecciones la Unidad Popular en 1970, los primeros actos organizados por el Comité Chile, integrado principalmente por suecos, tenían lugar en el Club de los Cronopios. Al él, llegaron también numerosos intelectuales y escritores latinoamericanos, como el propio Pablo Neruda durante la misma semana que le fue entregado el Premio Nobel, momento en el que el poeta aprovechó para escribir una dedicatoria al Club, la cual se presenta en “Suecia por Chile”.

Ocurrido el golpe, los españoles del club, como Francisco J. Uriz y Marina Torres, entre otros, ayudaron a los chilenos recién llegados, y numerosas veces tuvieron que hacer de intérpretes en actos públicos en donde narraban los últimos acontecimientos que habían vivido en el país. Durante los primeros meses después del golpe, el Club de los Cronopios se convirtió en el principal centro de reunión de los chilenos, donde organizaron sus encuentros, actividades, conciertos, entre otros actos, para reunir fondos que permitieran normalizar la situación del país.

Una vez que la comunidad chilena en Suecia se hizo muy numerosa a mediados de 1970, los exiliados crearon sus propias asociaciones, generalmente en función a su militancia política. El club siguió manteniendo su identidad ideológica y patriótica pero la situación política en España estaba cambiando rápidamente a partir de 1975. Con la restauración de la democracia, muchos de los miembros regresaron a la patria y, quienes se quedaron en el país fueron perdiendo las fuerzas y el entusiasmo de las primeras décadas. Así el club perdió miembros y, finalmente, se optó por concluir su historia.

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