EMPLEADOS DE BANCA
"Somos los tenderos del dinero"

Al final de la cadena de decisiones bancarias se encuentran
los empleados intermedios. Un trabajo que en tiempos de
crisis adquiere nuevas dimensiones. “Si ahora no hago
hipotecas, tendré que ofrecer seguros”, dice uno de ellos.

02/12/09 · 0:00
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LIGA BBVA. El patrocinio deportivo es uno de los caminos que ha encontrado el sector para seguir ofreciendo productos financieros.

“El otro día vino un señor que yo sé
que hace todo lo posible, pero no
trabajan ni él ni su mujer y tienen
un niño”, cuenta Miriam, comercial
de una pequeña oficina del BBVA.
“Claro, estando en el paro no pagan
nada y van a entrar en demora
de pagos, penalizados con más intereses,
en dos días. Ya estamos
alargándolo todo lo que podemos.
Vino a verme casi llorando: ‘es que
no puedo pagar más’ me decía. Y el
problema es que yo me implico muchísimo
y lo paso muy mal”.

Miriam tiene 26 años y lleva dos
años y medio de comercial en la misma
sucursal del BBVA, su primer y
único trabajo desde que terminó
económicas. Aparte de ella sólo trabajan
allí dos cajeros y el director.
No se queja sin embargo de sus condiciones
de trabajo, a pesar de que
en tanto que comercial y apoderada
“te tienes que quedar por las tardes.
Si por ejemplo tu horario termina a
las dos de la tarde, tú no sales nunca
antes de las seis, o a las ocho, o hasta
te quedas allí a cenar. Tienes bastante
libertad para quedarte por la
tarde pero está mal visto no hacerlo.
Hay llamadas de prueba a ver si estás
o si no estás”. Tiene un sueldo algo
mejor que los cajeros y la mayor
implicación que su puesto conlleva
le parece más bien positiva: “El trabajo
de cajero no tiene ninguna participación,
es muy rutinario, muy
monótono, entonces suelen poner
ahí a la gente que no tiene afán de
ascender, gente mayor en general”.
Como el resto de los comerciales
de los bancos, Miriam tiene fijados
unos objetivos mensuales. En el caso
del BBVA, cada ‘producto’ que
un comercial tramita tiene una puntuación
en base a la cual se miden
los objetivos. Y productos no faltan.
En una oficina céntrica escogida al
azar se pueden recoger 38 folletos
diferentes que ofrecen tres tipos de
hipotecas, 19 ‘productos financieros’
–inversión en bolsa, tarjetas de
crédito, planes de ahorro, planes de
pensiones, seguros, etc.–, y 16 compras
financiadas, desde lanchas, coches
y motos, hasta electrodomésticos,
cámaras de fotos, baterías de
cocina, joyas, un reloj heráldico e
incluso una operación de cirugía
ocular para reducir dioptrías. “Mis
objetivos por mes son 320 puntos
–comenta Miriam–. Por ejemplo,
una hipoteca vale 12 puntos, un
préstamo de consumo seis, una tarjeta,
uno”. Pero los objetivos en tanto
que comercial son casi imposibles
de alcanzar y el eventual bonus
de fin de año no depende sólo de
ellos sino también de los que estén
marcados para la oficina y para la
zona, de forma que “es imposible
saber de antemano si vas a cobrarlo
o no”. Más que una presión directa,
no hay nadie detrás de ella recordándoselo
o presionándola, se trata
sólo de una vara de medir la calidad
de su propio trabajo que afronta en
solitario. “Es imposible alcanzar
esos objetivos –dice Miriam. Yo es
que no los miro, bastante tengo con
el trabajo y con el montón de cosas
que hay que hacer para encima estar
a expensas de eso”.

Adaptación a los tiempos

Aunque siguen existiendo los objetivos,
el trabajo en los bancos ha
cambiado con la crisis. “Nosotros
ahora –prosigue Miriam– le dedicamos
bastante más tiempo a que
un préstamo o una hipoteca no pase
a demora. Desde el primer momento
que vemos que alguien ha
dejado de percibir la nómina o deja
de pagar, tenemos que estar detrás
de él para refinanciar o hacer lo
que sea para que no se llegue a la
situación de impago”.

Desde su punto de vista, el empleado
de banca intenta ayudar a la gente,
adecuando los nuevos ingresos
que se tengan a los pagos pendientes
a través de refinanciaciones o moratorias
de hipotecas. Esto es beneficioso
para todos, sostiene el personal
bancario, aunque ‘beneficio’ en este
caso no tenga el mismo sentido para
las dos partes: para el cliente el beneficio
es no pasar a ser desahuciado o
a concurso de acreedores; para el
banco es cobrar hasta el último céntimo
de los créditos que ha concedido,
más los intereses. Leticia, comercial
de La Caixa, resume la situación.

“A pesar de la crisis hay que seguir
haciendo beneficio, si no lo saco de
una parte lo tendré que sacar de
otro”. Para ella la proliferación de
productos a la venta en los bancos
–en La Caixa pueden recogerse unos
25 folletos– se explica porque hay
que buscar el margen en otra parte,
dado que en las hipotecas o los productos
de ahorro ya no lo hay. Cuesta
más hacer negocio y por lo tanto las
entidades financieras tienen que
diversificarse. “A lo mejor antes
cuando había más hipotecas y más
depósitos te preocupaba menos hacer
seguros, ya que estabas encontrando
la rentabilidad por otra vía.

Pero si ahora no hago hipotecas y no
hago depósitos a plazo –con intereses
tan bajos a la gente no le interesa–,
pues tengo que ofrecerle otros
productos al cliente, como los seguros,
que es lo que ahora tenemos en
la mesa. El negocio lo tienes que tener.
En época bonita te cuesta menos
y trabajas con más relax, en época
complicada con más presión.
Somos unos tenderos del dinero: nos
exigen, pero también nos cuidan”.

‘La milla verde’ de la crisis

Tanto Miriam como Leticia coinciden
también en el hecho de que, finalmente,
el margen de beneficio
para el banco es mayor en créditos
al consumo que en hipotecas, y aún
más grande en ventas financiadas
ofertadas por el propio banco, como
seguros o televisores. “El banco
gana mucho más vendiendo una tele
que vendiendo tres préstamos”
comenta Mirian, pero también se
queja de esta presión para “convertirse
en teletienda”.

Queda, sin embargo, el cara a cara
con la gente, que tiene problemas.
En este ámbito reina más bien la impotencia.
Miriam se desespera ha-
blando de la misma familia en paro:
“Estoy atada de pies y manos, pero
¿qué haces? Por lo menos si tuvieran
un amigo o alguien que se ponga de
titular con ellos, pero eso no lo va a
hacer nadie, nadie puede meterse en
eso. Por un lado los entiendes: no encuentran
trabajo porque no hay trabajo”.

Pero Miriam ve la implicación
personal ante estas situaciones como
un rasgo de su personalidad que
le impide sacar adelante correctamente
el trabajo y los límites impuestos
a su actuación como algo inamovible.
“No se puede hacer nada ni a
nivel mío, ni a nivel superior. A esta
gente nadie puede ayudarles”, afirma.
En última instancia la única salida
que ve, para sus clientes y para
ella misma, es el final de la propia
crisis: “La economía es cíclica, con lo
cual esto va a pasar. ¡A ver si acaba
la crisis ya y que encuentre todo el
mundo trabajo!”.

La misma constatación emana de
Juanjo, director de una pequeña sucursal
de caja de ahorros. “Como entendemos
que los efectos de la crisis
son transitorios, un par de años máximo,
y que luego la situación volverá
otra vez a corregirse, estamos buscando
una solución a corto plazo
para la gente con problemas. Yo les
ayudo como mi empresa me deja”.

Reconoce sin embargo que está estresado
por las situaciones que ve todos
los días y que sale ‘tocado’ de la
oficina. Tal vez por eso, para intentar
valorizar simbólicamente lo penoso
de su día a día, en su fuero
interno se representa su propio trabajo
en base a modelos religiosos o
mágicos: “Estar aquí es una sensación
a veces de confesionario. Los
clientes se sientan aquí y te cuentan
sus problemas, cosas a las que les
dan muchas vueltas y casi siempre
cuando salen del despacho, están algo
más contentos. Me siento un poco
como el negro grande de la película
La milla verde, que absorbía los
problemas y luego lo escupía como
si fueran moscas, es un poco lo que
hacemos aquí”. Sólo que detrás del
personaje de La milla verde no había
nadie que se llevara intereses.

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