EE UU / NUEVA ESTRATEGIA MILITAR
Se extiende el imperio de las bases

Tener capacidad para actuar con rapidez desde América
Latina hasta Asia, pasando por África, los Balcanes,
Oriente Medio y el Cáucaso. Ésa es la misión de la nueva
estrategia de bases militares implementada por EE UU.

29/03/07 · 0:15
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“Soberanía es no tener un soldado
extranjero más en el suelo patrio. Si
tenerlos no es gran problema, de
acuerdo, en 2009 podemos renovar
el convenio de la base de Manta si
EE UU nos permite poner una base
ecuatoriana en Miami”. De este modo
anunció Rafael Correa, presidente
de Ecuador, su intención de no renovar
el acuerdo que permite a
EE UU tener una base militar en suelo
ecuatoriano, intención que ha ratificado
durante la I Conferencia Internacional
por la Abolición de las
Bases Militares Extranjeras, celebrada
en marzo en este país.

Oficialmente, EE UU dispone de
737 bases en 130 países -un 95%
de todas las bases a nivel mundial-
que alojan cerca de 200.000 militares,
otros 200.000 civiles y 81.425
contratados locales. En total, 3.000
millones de metros cuadrados ocupados
por bases estadounidenses
fuera de su territorio. Pero en la
práctica, el número de bases de
EE UU en el extranjero puede alcanzar
las mil, según el analista
Chalmers Johnson, ya que el último
Base Structure Report, referente
a 2005, no contabiliza las establecidas
en Kosovo, Afganistán, Iraq,
Kirguizistán, Israel, Qatar, Turquía,
Gran Bretaña... Mil bases que conforman
lo que Johnson ha calificado
como el “imperio americano de
bases”, y cuya expansión está lejos
de haberse frenado.

De hecho, la estrategia de reestructuración
de la red de bases militares
estadounidenses en el mundo
para adaptarla a “las nuevas amenazas”
tras el fin de la Guerra Fría y el
11-S, y concretada en 2004 en el
Global Posture Review, tiene como
objetivo la creación de una telaraña
de pequeñas bases, las llamadas lily
pads, que permitirían el despliegue
de una fuerza militar más flexible
desde los EE UU a cualquier punto
del mundo en un tiempo récord y
que les permitiría actuar en varios
frentes a la vez. Las lily pads-
‘nenúfares’, porque permitirían
a las fuerzas de
EE UU saltar de un “foco caliente”
a otro de igual modo que una
rana usa los nenúfares en un estanque-
albergan a entre mil y 3.000
soldados, pero con capacidad para
multiplicar este número en momentos
puntuales. La intención, anunciada
por Bush, de hacer regresar a
EE UU a 70.000 militares y 100.000
civiles de varias bases establecidas
en Alemania y Corea del Sur tras la
II Guerra Mundial, se verá acompañada
por la multiplicación de estas
bases a lo largo de lo que los expertos
del Pentágono denominan el “arco
de inestabilidad”, es decir, un área
que va desde América Latina hasta
Asia, pasando por África, los Balcanes,
Oriente Medio y el Cáucaso,
unas zonas ricas en recursos naturales
y por las que pasan las rutas
estratégicas del petróleo y los hidrocarburos.
Mientras, al ya elevado
número de bases en Europa, se sumarán
lily pads en Rumanía y Bulgaria,
y la instalación en la República
Checa y en Polonia de un
radar como parte del proyecto de
escudo antimisiles. Esta red de bases
se utilizaría en “la larga guerra”
planteada por el Pentágono “contra
el terrorismo y otras amenazas”, y
cuyo objetivo, según el Quadrennial
Defense Review de 2006, es poder
“operar en todo el mundo” y “derrotar
rápidamente” a dos adversarios
en campañas militares simultáneas.
Según el periodista Nicolas J. S. Davis,
“mientras declina el suministro
de petróleo, las lily pads tienen un
objetivo militar específico: organizar
operaciones ofensivas conforme
surjan oportunidades para imponer
nuevos regímenes políticos y
comerciales en nombre de la estabilidad
y las necesidades de un mundo
sediento de petróleo”.

Los efectos de las bases

“Tenemos una oportunidad histórica
de ganar la guerra contra el terrorismo
extendiendo la libertad y la paz.
Nuestros compromisos son portados
por nuestros militares. He tenido
el privilegio de viajar a bases de
todo el mundo, y he podido ver su
gran decencia y valentía desinteresada.
Se lo aseguro, señoras y señores,
la causa de la libertad está en
buenas manos”, dijo Bush en 2004.
Quizá por ello EE UU obliga a los
países ‘receptores’ de las bases a firmar
Acuerdos sobre el Estatuto de
las Fuerzas que en la mayoría de los
casos otorgan inmunidad a los soldados.
Y los índices de criminalidad
en torno a las bases superan la media.
Sólo en Corea del Sur, los militares
han cometido 100.000 actos criminales
desde 1945, una media de
dos al día, según la Campaña Nacional
para Erradicar los Crímenes
de las Tropas de EE UU en Corea.

Los activistas contra las bases
también denuncian agresiones sexuales,
pedofilia y prostitución a
gran escala. El profesor filipino Roland
Simbulan explica a DIAGONAL
que, incluso tras la retirada de las
bases en 1992, los soldados de
EE UU que realizan entrenamientos
“usan Filipinas para sus actividades
llamadas de ‘descanso y recreo’,
lo que significa la explotación
sexual de las mujeres e incluso
de los niños”. En Okinawa, los
militares han cometido 4.700 crímenes
documentados entre 1972 y
1995, la mayoría de ellos contra
mujeres, según la Okinawa Women
Act Against Military Violence,
que concluye: “Hemos aprendido,
de 60 años de experiencia viviendo
junto a los militares de
EE UU, que la violencia cometida
por estos soldados es el producto de
la violencia institucionalizada del
Ejército”. Una violencia que se deja
ver desde el momento en que se instalan
las bases, con la expropiación
o expulsión de las poblaciones locales,
padecida por miles de habitantes
de Okinawa, los habitantes de
Vieques, los chagosianos de la isla
Diego García o los chamorros de
Guam, que siguen luchando por regresar
a sus tierras; unas tierras
asoladas por la contaminación
medioambiental y acústica, los ensayos
con armas químicas, biológicas
y nucleares y suelos plagados
de municiones sin detonar.

Movilizaciones

Como han afirmado los analistas
Wilbert van der Zeijden y Sarah
Irving, “sin su extensa red de bases
militares en todo el mundo, EE UU
no habría podido efectuar más de
300 intervenciones militares en el
extranjero durante el siglo XX. Sin
ellas, habría sido mucho más difícil
derrocar gobiernos latinoamericanos
democráticos y simpatizantes
del cambio socialista, e involucrarse
tan intensamente en guerras y
campañas...”. Pero esta estrategia
belicista es respondida por movimientos
populares dispersos, y el
establecimiento de cada nueva base
se enfrenta a luchas ciudadanas.
El 18 de febrero, 120.000 personas
se manifestaron en Vicenza (Italia)
contra la ampliación de la base de
Dal Molin, aprobada por Prodi. En
Corea del Sur, los habitantes de la
localidad de Daechuri y el Comité
contra la expansión de la base de
Pyongtaek han resistido desde febrero
de 2006 contra el desalojo
del pueblo previsto por la expansión
de Camp Humphreys. En Okinawa,
las luchas contra las bases
se multiplican [ver cuadro]. Y
mientras en Zaragoza 15.000 personas
se manifestaban en enero
contra la posible instalación de una
base de la OTAN, en la República
Checa se ha creado No a las Bases,
contra la próxima instalación de
un radar de EE UU al que se opone
el 61% de la población... Estas y
otras luchas contra la presencia
militar estadounidense en el resto
del planeta han confluido en la I
Conferencia Internacional por la
Abolición de las Bases Militares,
con la participación de 400 activistas
de 40 países, y que se han concretado
en la creación de la Red internacional
No-Bases, que pretende
impulsar “una gran campaña
global” de lucha.


Manta: los días contados

En octubre de 2006,
Rafael Correa, presidente
de Ecuador,
anunció el cierre de la
base estadounidense
de Manta para 2009.
Puesta en marcha en
1999 por un acuerdo
firmado por el entonces
presidente Jamil
Mahuad con EE UU,
la base se utiliza
desde entonces para
dar apoyo logístico al
Ejército colombiano
en la aplicación del
Plan Colombia y la
guerra contra la insurgencia,
para el control
de la Amazonía, además
de para el control
migratorio. El
establecimiento de la
base, que provocó la
expulsión de campesinos
por la expropiación
de 24.000 hectáreas,
también ha
llevado a un aumento
del costo de vida y a
la explotación sexual
de niñas y jóvenes.
El 9 de marzo, miles
de personas se manifestaron
por el cierre.


Filipinas tras las bases

En 1992, tras masivas
movilizaciones, el
Gobierno filipino cerró
las bases militares de
EE UU. Pero sus efectos
perduran hoy. Las
bases produjeron “una
gran cantidad de basura
tóxica que se vertió
en nuestro suelo, ríos y
puertos, provocando un
incalculable daño y
sufrimiento a la población”,
explica a DIAGONAL
el profesor filipino
Roland Simbulan,
miembro de la Nuclear
Free Philippines Coalition.
Dentro de esta
coalición, la People
Task Force on Bases
Clean-Up lucha desde
1994 para que EE UU
cumpla con su responsabilidad
de limpiar los
terrenos contaminados.
Pero en 1999, EE UU
reanudó los ejercicios
militares, lo que ha
vuelto a provocar
daños sobre el medio y
sobre la población.
“Nuestro objetivo es
acabar con los ejercicios
militares y el soporte
logístico de EE UU en
Filipinas, que es parte
de la infraestructura de
las fuerzas de EE UU en
el mundo. Sin esa
infraestructura, los belicistas
de EE UU no podrán
lanzar guerras de
agresión contra ningún
país”, dice Simbulan.


La lucha de Okinawa

Okinawa, isla que
ocupa el 0,6% de
Japón, tiene el 21% de
su territorio ocupado
por 37 bases militares,
instaladas allí tras la
II Guerra Mundial.
Las luchas contra las
bases militares han
sido constantes desde
hace 60 años. En
1995, 92.000 personas
se manifestaron
para protestar por la
violación de una niña
por soldados, contra
los constantes actos
criminales de los militares
y para pedir la
retirada de las bases.
En 1999, 34 organizaciones
se unieron en la
Red Ciudadana de Okinawa
por la Paz. Y
desde hace 10 años,
el pueblo de Okinawa
mantiene una lucha
contra la recolocación
de la base aérea de
Futenma en la bahía
de Henoko. Durante
600 días se mantuvieron
protestas que obligaron
a frenar la construcción
de esta nueva
base sobre un arrecife
de coral. Un 89% de la
población votó en referéndum
en contra de
este plan, y en marzo
de 2006, 35.000 personas
se manifestaron
contra el plan y por el
cierre de las bases.
Hoy, la lucha continúa.

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