Es la tercera vez en diez años que una ocupación resiste más de un día en la capital alemana
Refugiados y vecinos traspasan la línea roja de la ocupación en Berlín

Una alianza de solicitantes de asilo y de activistas logra que el Ayuntamiento reconozca temporalmente la ocupación de un antiguo colegio abandonado.

, Berlín
08/01/13 · 15:31
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Las temperaturas bajo cero que se viven en Berlín desde diciembre forzaron la ocupación. / Liberto Montecruz

Sábado 8 de diciembre. Berlín está frío y nevado, pero aún así, numerosos activistas del barrio de Kreuz­berg levantan pancartas contra la especulación y por la libertad de residencia en la valla de un colegio público vacío que está a la espera de ser puesto a concurso público. Detrás de la valla, en Ohlauerstrasse, 12, dos edificios han sido tomados en el pabellón delantero. Un grupo reparte comunicados sobre el proyecto de centro social con acceso para personas con diversidad funcional.

Detrás del pabellón, sobre la fachada de un edificio de cuatro plantas, una enorme pancarta demanda el cese de las deportaciones, la abolición de la Ley de Extranjería y los centros de internamiento, y clama por la libertad de movimiento. Se trata de personas refugiadas y activistas provenientes de la acampada antirracista ubicada desde octubre en la cercana plaza de Oranienplatz.

Con su acción, han conseguido traspasar un límite que desde 1981 ahoga al movimiento de ocupaciones en Berlín: la Berliner Linie, que desde ese año facilita el desalojo en las primeras 24 horas y desde hace diez años sólo ha sido sorteada con éxito en materia de edificios en tres ocasiones. La penúltima también fue en 2012, en julio, con la ocupación de Stille Strasse, 10, una residencia tomada por un grupo de ancianos que temía su cierre por los recortes presupuestarios de la Adminis­tración del barrio de Pankow.

El martes 11, tras tres días de permiso, la junta de distrito de Kreuz­berg se reunió para decidir qué respuesta dar a los ocupantes de ambos colectivos y edificios. Aún con reticencias, el alcalde del distrito, Franz Schulz (Los Verdes), quien se acercó a la ocupación ese mismo día, admitió la necesidad de dar una opción a los refugiados de Oranien­platz para pasar el invierno con temperaturas bajo cero y mantener activa su campaña. La resolución aprobó la concesión del uso de ambos espacios a ambos colectivos hasta marzo de 2013 por razones humanitarias.

De la plaza a la casa

La fuerza de la llamada de los refugiados había movilizado en la capital a centenares de personas durante los últimos meses alrededor de Oranienplatz, donde las 24 horas funciona una infraestructura capaz de atender a más de un centenar de personas diariamente y de alojar permanentemente a otras 50. Desde entonces, esta plaza ha articulado las protestas y acciones como las tomas de las embajadas de Nigeria e Irán, pero también la vertebración de un movimiento antirracista popular.

La fuerza de la llamada de los refugiados había movilizado en la capital
a centenares de personas durante los últimos meses alrededor de Oranienplatz
Pese a la cálida solidaridad de los vecinos y la organización del campamento, el necesario realojo en casas particulares, especialmente de niños y enfermos, fue el detonante de la ocupación al borde de los diez grados bajo cero que se vivían ya a comienzos de diciembre en Berlín.

Esta ocupación no es pues una herramienta propiedad de la subcultura autónoma berlinesa. Junto con las acampadas en las plazas, se confirma como una de las estrategias básicas para la activación y articulación de relaciones sociales en la urbe, y como parte de una cultura común del derecho a vivir y usar ésta al margen del valor de mercado.

Los activistas del edificio principal se movilizan contra las leyes alemanas aplicadas a las personas solicitantes de asilo, tales como el internamiento en centros de extranjería, el racionamiento de comida en cupones, la prohibición de trabajar y aprender el idioma en escuelas regladas o el impedimento para desplazarse en un perímetro mayor a 40 km sin previa autorización de la Oficina de Ex­tranjería. Desde el pasado verano movilizan a activistas y refugiados a lo largo de todo el país contra la Administración alemana.

El proceso de regularización en suelo alemán comienza con el secuestro provisional del pasaporte y la expedición de un permiso de estancia, que no garantiza ningún derecho más que el de no ser expulsado de inmediato. El residente puede ser devuelto al país a través del cual llegó a Alemania en caso de no ser posible la expulsión al país de origen.

Durante la comprobación de las solicitudes, en numerosas ocasiones la Administración alemana trabaja en directa colaboración con las embajadas de origen de los solicitantes de asilo político, lo cual hace vulnerables a las personas migrantes por razón de conflictos armados, persecuciones étnicas o por motivo de género u orientación sexual; para algunos no está claro si no hubiera sido mejor permanecer sin papeles.

Numerosas protestas de varias ciudades alemanas confluyeron lentamente en Berlín, donde comenzaron con tan sólo una tienda en Heinrichtplatz en agosto. Desde manifestaciones contra los centros de internamiento, huelgas de hambre y campamentos, el movimiento se fue consolidando a través de acciones como la marcha de 600 km a pie convocada en septiembre en Würzburg. La marcha se saltaba el límite a la libre circulación y culminaba en Berlín el 13 de octubre en una manifestación de más de 7.000 personas.

Un oasis de bajos precios en el punto de mira

Delante del nuevo centro social Irving Zola Haus, una de las pancartas exclama en turco y alemán: “¡Basta ya! No a la subida de los alquileres, la pobreza y el desplazamiento”; otra de ellas se hace eco de las luchas contra los desahucios a la manera de las plataformas activas en el Estado español cada vez más comunes debido a la vertiginosa subida de los alquileres.
 
Hace más de una década que Berlín sufre agresivas transformaciones, desde el reordenamiento del tránsito por las arterias de la ciudad y la desrregulación del precio del suelo hasta un saneamiento urbanístico que no atiende directamente a las necesidades de sus habitantes, sino que persiguen convertir a la capital alemana, conocida por sus altos índices de paro y sus bajos precios, en otra de las ciudades atractivas para grandes inversores, empresas multinacionales o el turismo, sin tener en cuenta los efectos directos, como el cierre y desplazamiento forzado de pequeños comercios, escuelas y salas, desahucios de particulares, desalojos de centros sociales y la creciente pobreza para quienes todavía habitan allí.
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