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“El problema para la eurozona es que una moneda lo regula todo”

La posibilidad real de que
caigan los primeros países
del euro puede hacer que
se tambalee el armazón
liberal de la UE. Hablamos
con esta economista de
EE UU sobre las próximas
etapas de la crisis.

13/05/10 · 6:00
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DIAGONAL: Anunciabas que la batalla por las exportaciones iba a marcar el próximo ciclo de la crisis en Europa, ¿qué significa eso?

REBECCA WILDER: La eurozona puede encontrarse a sí misma en una carrera sin sentido. El recetario del FMI y la UE consiste en una severa y profunda reducción de la renta nominal (salarios) y precios, con  la intención de disminuir los precios relativos lo suficiente como para generar ingresos a través de la exportación.

El principal problema dentro
de la eurozona es su propia
estructura: una sola moneda “que lo
regula todo”. De esta manera, países
como Grecia, Italia, Irlanda,
Portugal o España no pueden devaluar
su moneda para estimular el
crecimiento de las exportaciones.
Sin un crecimiento adecuado de
las exportaciones, la devaluación
interna se convertiría más bien en
una “devaluación infernal”. Los recortes
en los ingresos nominales, la
riqueza (a través de las pensiones) y
el resto de variables laborales restringirán
el consumo actual y el gasto
agregado, y dichas medidas repercutirán
en el déficit de los estados.

Es una falacia pensar que el
gasto agregado [el excedente de ingresos
que se dedica a cosas de carácter
extraordinario, como ir de
viaje, cambiar de tele... que repercuten
en otros sectores del país, como
agencias de turismo o comercios]
pueda sacarnos de la recesión mediante
las exportaciones cuando están
cayendo los salarios, lo que repercute
en que cae el consumo.

D.: ¿Qué diferencia a las políticas
impuestas por el FMI en Islandia y a
las que propone para la eurozona?

R.B.: La economía islandesa recibió
apoyo del FMI en noviembre de
2008, pero los préstamos de dicha
institución vienen acompañados
por condiciones de austeridad fiscal
y medidas macroeconómicas que
incluyen el recorte del sistema estatal
de pensiones, la reducción de salarios
y otros recortes en los presupuestos.
Aún así, Islandia ha conseguido
salir del atolladero gracias a
su moneda flotante no convertible.

Ni Grecia ni ningún otro país de la
eurozona cuentan con esta opción.
Sólo puede reducir los salarios y los
precios de cara a generar una devaluación
interna que dé como resultado
el obligado crecimiento de las
exportaciones. Esto no llegará a
buen puerto, ya que toda la eurozona
compite por los ingresos procedentes
de las exportaciones.

D.: ¿Esta situación puede acabar
con la unión monetaria?

R.W.: No creo que todo esto suponga
el fin de la unión monetaria europea,
pero tampoco me sorprendería
si algunos países quebraran, lo que
parecería acercarnos a ese posible
escenario. Con lo que nos encontramos
es con una situación insostenible
dentro de la eurozona, debido a
la “devaluación infernal” a la que se
enfrentan los países claves. A menos
que se dé una subida épica de
las exportaciones, los programas de
austeridad impuestos por la UE y el
FMI forzarán al sector privado a
acumular deuda para equilibrar la
balanza de ingresos y gastos. Esto
es un hecho.

La eurozona se construyó bajo la
premisa de la unidad monetaria y
sistemas fiscales independientes.
Con el propósito de equilibrar los
retos fiscales de cada uno de los 16
Estados de la unión monetaria europea
(cada uno con sus diferentes sistemas
de ahorro), se impusieron reglas
estrictas: ningún Gobierno puede
superar el déficit fiscal del 3%, ni
acumular deuda por encima del 60%
del PIB. Los países que no las han
cumplido han sido sancionados, lo
que no les ha impedido ocultar sus
obligaciones a la UE mediante productos
derivados sofisticados.

D.: ¿Qué opinión le merece la posibilidad
de la creación de un fondo
monetario europeo?

R.W.: Es una idea terrible y vendría
acompañada de daños colaterales
muy destructivos. Un Fondo Monetario
Europeo serviría para impedir
que las suspensiones de pagos nacionales
se contagiasen por toda la
eurozona. Si se distribuyeran fondos
de manera inmediata, el resultado
sería, inevitablemente, asimétrico,
concediendo el poder a los países
que contribuyeran al fondo en
lugar de a los que recibieran dinero
del mismo. Desde el principio, el
fondo monetario europeo generaría
diferentes modos de presión política
de los países acreedores hacia los
países deudores, tensando excesivamente
las relaciones entre ambos.

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