Protestas urbanas en Brasil
El precio del progreso y los "dos brasiles"

Las protestas fueron una gran sorpresa internacional. Para comprenderlas se deben examinar las agendas interrumpidas en el Gobierno de Dilma y las políticas que se impusieron.

, Publicado originalmente en outraspalavras.net
21/06/13 · 15:15
Manifestantes interrumpen obra, en protesta contra ja usina de Belo Monte. / Foto extraída del blog outraspalavras.net

Con la elección de la presidenta Dilma Roussef, Brasil quiso acelerar el paso para volverse una potencia global. Muchas de las iniciativas en este sentido venían de antes, pero tuvieron un nuevo impulso: la Conferencia de la ONU sobre el Medio Ambiente, Rio +20 en 2012, el Campeonato del Mundo de Fútbol en 2014, los Juegos Olímpicos en 2016, la lucha por un lugar permanente en el Consejo de Seguridad de la ONU, papel activo en el creciente protagonismo de las “economías emergentes”, los BRICS (Brasil, Rusia, India, China y África del Sur), el nombramiento de José Graziano da Silva a director-general de la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y Agricultura (FAO), en 2012 y de Roberto Azevedo para director-general de la Organización Mundial del Comercio, a partir de 2013, una política agresiva de explotación de los recursos naturales, tanto en Brasil como en África, en concreto en Mozambique, favorecimiento de la gran agricultura industrial sobre todo para la producción de soja, agro-combustibles y la producción ganadera.

Desde que Dilma asumió funciones como presidenta se desaceleraron o estancaron las narrativas de inclusión social y de democracia participativaBeneficiado por una buena imagen pública internacional lograda por el Presidente Lula y sus políticas de inclusión social, este Brasil desarrollista se impuso al mundo como una potencia de un nuevo tipo, benévola e inclusiva. No podía, pues, ser mayor la sorpresa internacional frente a las manifestaciones que en la última semana llevaron a las calles a centenares de miles de personas en las principales ciudades del país.
Mientras tanto, frente a las recientes manifestaciones en Turquía desde fuera fue inmediata la lectura sobre las “dos turquías”, en el caso de Brasil fue más dificil reconocer la existencia de “dos brasiles”. Pero este hecho está a la vista de todos. La dificultad en reconocerlo reside en la propia naturaleza de ese “otro Brasil”, un Brasil que escapa a los  análisis simplistas. Ese Brasil está hecho de tres narrativas y temporalidades.

La primera es la narrativa de la exclusión social (uno de los países más desiguales del mundo), de las oligarquías latifundistas/terratenientes, del caciquismo violento, de unas élites políticas restringidas y racistas, una narrativa que se remonta a la colonia y que se viene reproduciendo bajo formas hasta hoy siempre mutantes.

La segunda narrativa es la de la reivindicación de la democracia participativa que se remonta a los últimos 25 años y tuvo sus puntos más altos en el proceso constituyente que condujo a la Constitución de 1988, en los presupuestos participativos sobre políticas urbanas en centenares de ciudades, en el impeachment (y posterior destitución) del presidente Collor de Mello en 1992, en la creación de consejos de ciudadanos en las principales áreas de las políticas públicas, especialmente en salud y educación en los distintos niveles de la acción estatal (municipal, provincial y federal).

La tercera narrativa tiene apenas diez años de edad y se refiere a las amplias políticas de inclusión social adoptadas por el presidente Lula da Silva desde 2003 y que llevaron a una significativa reducción de la pobreza, a la creación de una clase media con elevada inclinación consumista, al reconocimiento de la discriminación racial contra la población afrodecendiente e indígena.

Lo que ocurrió desde que Dilma asumió funciones como presidenta fue la desaceleración o incluso el estancamiento de las dos últimas narrativas. Y como en política no hay vacío, el espacio que estas narrativas fueron dejando fue aprovechado por la primera y más antigua narrativa que adquirió nuevo vigor bajo los nuevos ropajes del desarrollo capitalista a toda costa, y las nuevas (y viejas) formas de corrupción. Las formas de democracia participativa fueron cooptadas, neutralizadas en el dominio de las grandes infra-estructuras y mega-proyectos y dejaron de motivar a las nuevas generaciones. Las políticas de inclusión social se agotaron y dejaron de corresponder a las expectativas de quien se sentía merecedor de más y mejor. La calidad de vida urbana empeoró en nombre de eventos de prestigio internacional que absorbieron las inversiones que debían mejorar transportes, educación y servicios públicos en general. El racismo mostró su persistencia en el tejido social y en las fuerzas policiales. Aumentó el número de asesinatos de líderes indígenas y campesinos, demonizados por el poder político como “obstáculos al desarrollo”.

La presidenta Dilma fue el termómetro de este insidioso cambio. Asumió una actitud de indisimulada hostilidad a los movimientos sociales y a los pueblos indígenas, un cambio drástico comparado con su antecesor. Luchó contra la corrupción, pero dejó para sus socios políticos más conservadores las agendas que consideró menos importantes. Así fue que la Comisión de Derechos Humanos, históricamente comprometida con los derechos de las minorias, fue entregada a un pastor evangélico homofóbico que promueve una propuesta legislativa conocida como la “cura gay”. Las manifestaciones revelan que, lejos de haber sido el país quien se despertó, fue la presidenta quien lo hizo. Con la mirada puesta en la experiencia internacional y también en las elecciones presidenciales de 2014, la presidenta Dilma dejó claro que las respuestas represivas sólo agudizan los conflictos y aíslan a los gobiernos. En este mismo sentido, los alcaldes de nueve capitales ya decidieron bajar el precio de los transportes. Esto es sólo el comienzo. Y para que éste sea consistente es necesario que las dos narrativas (democracia participativa e inclusión social intercultural) retomen el dinamismo que ya tuvieron. Si fuera así, Brasil podrá mostrar al mundo que solo vale la pena pagar el precio del progreso profundizando la democracia, redistribuyendo la riqueza generada y reconociendo la diferencia cultural y política de aquellos para quienes progreso sin dignidad es retroceso.

 

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comentarios

1

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    Fer12
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    21/06/2013 - 5:36pm
    Buen análisis de De Sousa, aunque demasiado autocontenido y menos contundente que en otros temas. Cuando habla de infraestructuras, supongo que dentro y fuera de Brasil, se entiende que el término infraestructuras incluye &nbsp;no solo a infraestructuras hidráulicas como Belo Monte, sino también a demasiadas infraestructuras de transporte (como los 800 aeropuertos para el prescindible Mundial de fútbol&nbsp;<a href="http://www.lanacion.com.ar/1536395-brasil-quiere-construir-800-aeropuertos-para-el-mundial">http://www.lanacion.com.ar/1536395-brasil-quiere-construir-800-aeropuertos-para-el-mundial</a>&nbsp;Y, por cierto, los planes de la presidenta en el tema de los aeropuertos nos&nbsp;recuerdan&nbsp;mucho a toda la retórica oficial que hemos escuchado durante años sobre el AVE en el estado español, es decir, creación de puestos de trabajo, progreso social, moernización, disminución de desigualdades entre zonas rurales y urbanas, etc.<br />No cabe ninguna duda del productivismo&nbsp;antiecológico y antisocial de los actuales dirigentes de Brasil y de la alfombra roja que se pone los inversores extranjeros (léase multinacionales):&nbsp;<span style="background-color: rgb(255, 255, 255); color: rgb(51, 51, 51); font-family: Arial; font-size: 15px; line-height: 21px;">&quot;Queremos construir un ambiente extremadamente seguro y amigable para la inversión privada&quot;,&nbsp;Rousseff&nbsp;dixit.</span><div>&nbsp;</div>
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