Rusia y el Caúcaso
El oriente europeo

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La Europa central y oriental
se ha visto sujeta, por lógica,
al espasmo de represión
y retroceso en derechos y libertades
que ha atenazado al planeta
desde los atentados del 11 de septiembre
de 2001. Como ha ocurrido
en tantos otros escenarios, antes que
manifiestas novedades, lo que ha cobrado

, Profesor de Ciencias de Políticas en la Universidad Autónoma de Madrid
18/02/06 · 12:27
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La Europa central y oriental
se ha visto sujeta, por lógica,
al espasmo de represión
y retroceso en derechos y libertades
que ha atenazado al planeta
desde los atentados del 11 de septiembre
de 2001. Como ha ocurrido
en tantos otros escenarios, antes que
manifiestas novedades, lo que ha cobrado
cuerpo es un ahondamiento
de procesos que ya estaban en curso.

Para tomar el pulso de la cuestión
que tenemos entre manos, nada mejor
que partir de lo evidente: una de
las señales más claras de lo que ocurre
hoy en el mundo la aporta el
asentamiento, indisimulado, de un
discurso que tiene su origen en supuestos
expertos en seguridad y que
tiende a ver en todas partes islamistas
desbocados internacionalmente
organizados. Semejante percepción,
de visible tufo reaccionario, ha acabado
por impregnar muchas de las
visiones que abrazan gobiernos y
opiniones públicas.

Es fácil apreciar que tal manera
de afrontar los hechos ha venido como
anillo al dedo para afianzar las
querencias autoritarias de muchos
gobiernos (no sólo se trata, por cierto,
en el ámbito geográfico que nos
interesa, de la Rusia de Putin, como
lo testimonian los flujos del mismo
sentido registrados en Bielorrusia,
en el Cáucaso o en el Asia central).

A duras penas sorprenderá, por lo
demás, que los criterios y las medidas
reseñados hayan tenido como
trastienda la entronización, a menudo
obscena, de fórmulas de doble rasero.
El ejemplo de Chechenia acude
de nuevo en nuestro socorro: el
despliegue de un discurso interesado,
y maniqueo, sobre el terrorismo
permite utilizar con profusión el
sambenito correspondiente para dar
cuenta de acciones como las protagonizadas
por comandos, presuntamente
chechenos, en el teatro Dubrovka
de Moscú o en una escuela
en Osetia del Norte, y rehuirlo, en
cambio, a la hora de describir lo que
el Ejército ruso hace cotidianamente
en la propia Chechenia. Los efectos
en ésta son palpables en la forma de
muertos, desaparecidos, heridos, detenidos
y torturados, en un marco de
absoluta impunidad. Pero las medidas
restrictivas de derechos y libertades
arbitradas al calor de la paranoia
antiterrorista se aprecian también
fuera de Chechenia, en un entorno
general de inseguridad legal y
de falta de garantías.

En paralelo se aprecia, naturalmente,
el designio de no atribuir responsabilidad
alguna, en la gestación
de problemas y conflictos, a las potencias
occidentales y a sus aliados
locales. En muchos casos, las primeras
se presentan como generosas
aportadoras de ayuda y, cabía esperarlo,
honestos adalides de la democracia.
Véanse, si no, los encomiásticos
adjetivos aplicados a las gestiones
acometidas por la Unión Europea
en el contencioso ucraniano
del pasado otoño. Esta actitud de
manifiesta aquiescencia hacia las
potencias occidentales se ve aderezada
a menudo de cierta tolerancia
para con el renacimiento de un proyecto
neoimperial como el que despunta
por momentos en Rusia: no
está de más que ésta ponga orden en
su patio trasero. Hay que reconocer,
eso sí, que tales percepciones suelen
proceder de fuentes distintas. Reflexiones
sobre el hecho de que lo
ocurrido en los dos últimos años en
Georgia, Ucrania y, más recientemente,
Kirguizistán, ha suscitado
dos lecturas que rara vez se consideran
al unísono: mientras la primera
se reclama de un cuento de hadas
que viene a sugerir que los nuevos
gobernantes van a resolver de un
plumazo, y con instinto solidario, los
muchos problemas que acosan a
esos países, la segunda no ve sino
una subterránea operación estadounidense
orientada a desequilibrar a
gobiernos que, por lo que parece,
eran un dechado de perfecciones (y
a disputarle a Rusia, por añadidura,
su zona de influencia). De la mano
de estas dos simplificaciones, esgrimidas
por separado, es difícil que las
amordazadas sociedades civiles de
la Europa central y oriental asuman
una visión crítica de lo que ocurre en
los entresijos del poder.

Valor estratégico

La región se encuentra emplazada
en un escenario de innegable relieve
estratégico y económico, en virtud
del cual los impulsos autoritarios y
represivos varias veces invocados
experimentan un auge aún mayor.
El espacio que nos ocupa se halla
muy próximo, por un lado, de zonas
calientes como las que alberga el
Oriente Próximo y configura, por el
otro, un recinto razonablemente importante
en lo que respecta a la producción -Rusia, la cuenca del Caspio-
y el transporte de materias primas
energéticas muy golosas.

Hablamos, por lo demás, de un
área del planeta que configura para
Estados Unidos una interesantísima
atalaya desde la cual supervisar los
movimientos de potencias eventualmente
competidoras, cual es el caso
de Rusia, China, la India y la propia
Unión Europea. Al respecto no está
de más rescatar que una línea mayor
de la política exterior norteamericana
es la que apunta a cortocircuitar
cualquier aproximación acometida
por rivales poderosos. Tal ha sido la
conducta de Washington, sin ir más
lejos, en lo que hace a imaginables
acercamientos entre la Unión Europea
y Rusia, que podrían abocar en
la gestación de una macropotencia
euroasiática en la que se diesen cita
la riqueza de la primera, por un lado,
y la profundidad estratégica y las
materias primas de la segunda, por
el otro. De resultas, EE UU habría
procurado atraer hacia sí en los últimos
años a Rusia por efecto, ante todo,
del designio de trabar cualquier
allegamiento de Moscú a la UE. Una
circunstancia similar se habría abierto
camino en lo que atañe a eventuales
aproximaciones entre China y Japón:
Washington ha contemplado
con singular recelo, de siempre, la
posibilidad de que, pese a sus desavenencias
de estas horas, Pekín y
Tokio, que dependen sobremanera
del petróleo del Golfo Pérsico, construyan
un gigantesco conducto que,
desde el Asia central ex soviética, y
luego de cruzar el territorio continental
chino, debería rematar en los
puertos japoneses. El conducto mentado
podría sentar los cimientos de
un delicado contrapeso para la hegemonía
norteamericana en Asia y,
por ende, en todo el planeta.

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