VALENCIA // DECENAS DE SUBSAHARIANOS, TRABAJADORES DE LA CAMPAÑA DE LA NARANJA, DUERMEN AL RASO
Malvivir debajo de un puente

La ciudad de Valencia carece de un albergue donde
acoger a los temporeros de la naranja. Esta situación
provoca que decenas y a veces cientos de
subsaharianos tengan que dormir en la calle.

01/04/06 · 20:10
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DEBAJO DEL PUENTE. Diversas organizaciones han habilitado unos centros de día donde los inmigrantes pueden asearse y
comer, pero donde no les está permitido pasar la noche. / Eva Máñez

Bajo el puente de Ademúz, en el antiguo
cauce del río Turia y junto a
un importante centro comercial, se
congregan cada noche entre 50 y
300 subsaharianos. Son inmigrantes
africanos con o sin papeles, que
buscan dónde dormir. Llegaron a
Valencia trasladados o expulsados
de Ceuta y Melilla y de las Islas
Canarias, otros son temporeros del
campo que vienen a la campaña de
la naranja. Al caer la noche, empieza
el trajín de los subsaharianos
acomodándose los cartones y las
mantas bajo la humedad del puente.
Un coche patrulla pasa despacio,
controlando, mirando. Hace
unos meses también venía una cuba
de agua y los regaba, empapando
sus ropas y sus mantas. Es la política
de baldeos de la alcaldesa
Rita Barberá. Las ONG se hicieron
eco de estas prácticas municipales
y comenzaron una campaña en los
medios para denunciar esta situación
y pedir soluciones.

Exigir derechos

Para Mimi Boughaleb, representante
del Foro Alternativo de la Inmigración,
no hay una voluntad política
para resolver una situación tan
humanamente dramática como ésta.
Su organización lleva año y medio
trabajando con los subsaharianos
del río y tienen claro que “no se
trata de ejercer caridad si no de exigir
derechos”. En marzo comenzaron
a negociar la tramitación para
170 expedientes y ya han conseguido
los papeles para 24. Nos dice que
esperan que les concedan todos.

Mientras, han abierto junto con
Cáritas y otras organizaciones un
centro de día donde pueden ir a comer,
ducharse o lavar la ropa, pero
no a pasar la noche. A pesar de que
las organizaciones que trabajan con
estos inmigrantes -Cáritas, Foro
Alternativo para la Inmigración,
Centro Arrupe, Intermón, Médicos
del Mundo, CC OO y Valencia
Acoge- llevan meses pidiendo una
reunión con la concejala de Servicios
Sociales, Marta Torrado, ésta
todavía no ha tenido lugar. Quizás
la señora Torrado tenga miedo de
que le pregunten sobre el Plan Integral
de la Inmigración que en diciembre
recibió del Ministerio de
Trabajo y Servicios Sociales más de
14 millones de euros en un convenio
permanente y plurianual al que
la Generalitat Valenciana debería
aportar cuatro millones de euros
más. Dinero que no consta en los
presupuestos de la Generalitat para
el 2006. Dieciocho millones de euros
que están en el limbo: transferidos
pero no incluidos en las actuaciones
de este año. Mientras, la concejala
Marta Torrado hace declaraciones
a la prensa afirmando que
“los subsaharianos duermen bajo
el puente porque no quieren pagarse
una pensión, ya que muchos
de ellos cobran 35 euros diarios” y
que “la asistencia es complicada
ya que no son indigentes que tienen
preferencia en los albergues”.
Ante lo cual dice que se ocupe el
delegado de Gobierno, ya que es
un tema de inmigración ilegal, que
les arreglen barracones en los
cuarteles del Ejército o que les instalen
unas carpas en los municipios
donde van a trabajar.
Un par de amigas hemos bajado
alguna noche a hablar con ellos. Hacía
frío, se preparaban para dormir,
con nuestro mal francés y su poco
español hemos conversado. Son jóvenes
de Mali, Ghana, Gambia, Costa
de Marfil y otros países africanos.

Trabajan en la naranja, cada madrugada
van hasta la plaza donde está
la fuente de la Pantera Rosa o bien
les recoge una furgoneta en el mismo
puente donde duermen para llevarlos
a los campos de naranjas.
Tienen que pagar seis euros por el
transporte, con independencia de
que cuando lleguen allí encuentren
trabajo o no. Si les cogen pueden cobrar
35 o 40 euros por una jornada
de 12 horas de trabajo a destajo. Un
joven de Mali nos contó que había
trabajado como temporero en Lleida,
en Murcia, en Huelva, en Logroño
y en otros lugares, y en ninguno
le habían tratado tan mal como
aquí. Se queja de los ecuatorianos
que le cobran el transporte y se
quedan con una parte de lo que le
pagan en la naranja. Llegó en una
patera; viajó en coche con más compatriotas
hasta Argelia y allí trabajó
en la fruta para poderse pagar el resto
del viaje, y finalmente llegó aquí
jugándose la vida para poder trabajar
y mandar dinero a su familia.
Él tiene papeles que le tramitó el
jefe que tenía en Huelva, pero a pesar
de los papeles nadie quiere alquilarle
un piso. “Cuando llamas
por teléfono y se dan cuenta de que
eres moreno ya no te quieren alquilar
nada”, nos dice. Otro compatriota
de Mali nos dice que estuvo un
año viajando para llegar aquí pero
que no puede contarnos nada porque
ha borrado ese año de su cabeza;
él ya no vive en el puente donde
estuvo varios meses, ahora está en
un piso cercano. Algunos de ellos,
los más afortunados, encuentran
un piso que comparten con más
compatriotas o entran en una casa
abandonada hasta que les desalojan.
Un gambiano nos enseña su
expediente de expulsión. Cae la noche
y ya están arropados en sus
mantas, con toda la ropa que tienen
puesta. No queremos seguir molestando
porque sabemos que mañana
se levantan a las cinco para probar
suerte en la naranja. Subimos a la
avenida, vemos las luces del Corte
Inglés y a ellos abajo y nos vamos a
casa con el corazón encogido.

La excepción
del cítrico

La recogida de cítricos en Valencia
emplea a unas 50.000 personas y
supone una excepción a la sobreexplotación
laboral de los convenios
del campo en el Estado español.
Pese a los casos particulares de
abusos laborales, la recogida de la
naranja está bien pagada, con sueldos
de 47 euros diarios en jornadas
de cinco horas, si bien la práctica
más habitual es el trabajo a
destajo. Además, según informan
fuentes conocedoras de esta campaña,
el convenio valenciano no
registra los incumplimientos que
afectan a otros convenios agrarios
del Estado. Prueba de ello es la
fuerte presencia de mano de obra
autóctona, si bien cada vez hay
más trabajadores inmigrantes.

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