CONSTITUCIÓN EUROPEA: NUEVO ENVASE PARA EL TRATADO CONSTITUCIONAL
La Unión Europea: ¿del pueblo, por el pueblo, para el pueblo?

Con otro nombre, sin
rango constitucional, sin
plebiscitos ni referéndum...
Tras el ‘no’ francés
y holandés y las
victorias de la derecha en
Europa, la ‘construcción
europea’ vuelve a sus
más viejas tradiciones.

20/09/07 · 0:00
Edición impresa
JPG - 30.9 KB
 
PABLO PINO

Tras el rechazo popular al
Tratado Constitucional en
Francia y Holanda, las élites
europeas anunciaron
con gravedad la necesidad de abrir
un “período de reflexión” del que
pudiera salir un ‘Plan B’ para la
Unión. Los comunicados oficiales
se prodigaron en llamados al debate
y a la profundización democrática.

Sin embargo, pronto quedó claro
que se trataba de una mera estrategia
dilatoria, dirigida a ganar
tiempo mientras se aclaraba el horizonte
político de la Unión. Despejada
la incógnita con el ascenso de
la derecha alemana y francesa y resuelta
la cuestión sucesoria en el
Reino Unido, la apuesta por una integración
tecnocrática y neoliberal
volvió a mostrar las garras, aunque
con nueva manicura.

La canciller alemana Ángela Merkel
fue una de las primeras en indicar
el camino: si se quería salvar el
proyecto de integración, había que
renunciar al ropaje constitucional.
Abandonar el término ‘Constitución’
suponía una pérdida de legitimidad
simbólica. Pero también permitía
desprenderse de un lastre incómodo:
la necesidad de consultar
al poder ‘constituyente’, a los imprevisibles
pueblos de Europa. Bastaba
con un acuerdo breve, que
mantuviera la filosofía de fondo de
los tratados existentes y algunos
elementos simpáticos del Tratado
Constitucional, cuidando al mismo
tiempo de no excitar el humor de
los gobiernos más reticentes.

Operación cosmética

Nicolás Sarkozy captó muy bien la
operación cosmética y decidió imprimirle
su sello particular. En un
ejercicio populista tan sagaz como
desacomplejado, propuso camuflar
algunos de los elementos más contestados
del Tratado Constitucional
sin por ello abandonarlos. La “primacía
del derecho comunitario” y
de su “economía libre y no falseada”,
la “liberalización de capitales y
servicios” y sus efectos sobre el
mundo del trabajo, continuarían
operando sin mayores obstáculos.
Pero no de manera visible, sino dispersos
en los Tratados ya vigentes o
debidamente disimulados en la letra
pequeña de nuevas Declaraciones
y Protocolos. Todo un gesto de
pudor con el que Sarkozy aseguró
“interpretar” el descontento de las
opiniones públicas más rebeldes,
comenzando por la francesa.

El mandato dirigido a la presidencia
portuguesa ha sido claro:
redactar un mini Tratado que, sumado
a la intrincada maraña de
Tratados ya existentes, permita
maniobrar institucionalmente en
una Unión ampliada. Todo ello sin
veleidades constitucionales. Es decir,
retomando el moderado secretismo
de las Conferencias Intergubernamentales
y abandonando, sobre
todo, cualquier tentación refrendaria
que pueda provocar disgustos
no deseados.

Algunos partidarios -críticos y no
tan críticos- del Tratado constitucional
han intentado presentar la
nueva operación como una “contrarreforma”
pergeñada por las fuerzas
conservadoras europeas. De lo
que se trataría, por consiguiente, es
de salvar en ella las “mejores conquistas”
incorporadas por el Tratado
constitucional y ahora amenazadas
por el chauvinismo antieuropeísta
del Este y del Norte. Esta lectura,
sin embargo, concede demasiado
al Tratado de Roma de 2004.
Hablar de contrarreforma supone
otorgar al Tratado Constitucional
unas credenciales reformistas que
impiden captar su sentido más profundo:
el blindaje de las grandes líneas
políticas y económicas del proceso
de integración, al menos desde
el Acta Única.

Con el nuevo escenario, la apelación
formal a una Constitución
desaparecerá, al menos por un
tiempo. Pero la Constitución material,
las relaciones de poder trabadas
entre las élites comunitarias y
estatales, y entre éstas y los grandes
poderes privados que giran a
su alrededor, permanecerán férreamente
inalteradas. Para evitar
una operación demasiado brusca,
se proclamarán por enésima vez
las bondades de la lánguida Carta
de derechos fundamentales, se
rodeará de luces de neón tal o
cual nueva competencia del Parlamento
o se apelará a la unidad
democrática frente a la amenaza
de los hermanos Kaczynsky. Pero
lo sustancial se mantendrá sin
sonrojo: el ímpetu privatizador, el
productivismo desaforado, la opacidad
tecnocrática, el blindaje de
las fronteras, la militarización
y la proyección neocolonial en
el mundo.

Tras el cimbronazo de los refrendos
en Francia y Holanda, las élites
“europeas” han jugado cartas nuevas.
Pero el nuevo mini Tratado,
que se incorporará al maxi engorro
de los Tratados ya vigentes, es una
salida en falso, por arriba, insostenible
en el mediano y no tan largo
plazo. Quedará por ver, no obstante,
cuál es la respuesta desde abajo.
En las esferas públicas nacionales,
deliberadamente apartadas del
nuevo escenario, pero sobre todo
en el incipiente espacio crítico europeo
surgido, precisamente, al calor
de la resistencia internacionalista
tanto al repliegue nacionalchauvinista
como a la creciente deriva
burocrática, militarista y mercantilista
de la Unión.

Tags relacionados: Unión Europea
+A Agrandar texto
+A Disminuir texto
Licencia

comentarios

0

separador

Tienda El Salto