BASURA TECNOLÓGICA // EN GHANA Y PAKISTÁN SE RECUPERAN COMPONENTES ELECTRÓNICOS A COSTA DE LA SALUD DE LOS TRA
La tóxica labor de reciclar un viejo móvil

Naciones Unidas ha estimado recientemente que en el planeta se producen entre 40 y 50 millones de toneladas de basura electrónica cada año. El 70% de estos productos son embarcados a países pobres.

, Ghana y Pakistán
21/05/10 · 6:00
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KARACHI (PAKISTÁN). Vertedero electrónico repleto de ordenadores viejos. / Fotos: Fernando Moleres y Alfonso Moral

Texto de Fernando Moleres y Alfonso Moral

En Occidente, los ordenadores cada vez envejecen antes. Renovamos móviles, televisores o frigoríficos antes de que acaben su vida útil. Miles de estos aparatos llegan cada mañana, hacinados en viejas carretas, a una zona conocida como Sodoma y Gomorra en Accra, la capital de Ghana. Allí, miles de trabajadores descuartizan a golpe de martillo desde motores de grandes máquinas a ordenadores o impresoras, en busca de pequeñas piezas de metal que puedan vender. Sobre los techos de las barracas contiguas al basurero planea un humo negro, una nube densa y caliente que el viento arrastra al interior del barrio. La dirección del humo apunta a los lugares donde se queman las venas y las tripas de ordenadores, televisores y otros aparatos electrónicos en busca de metales como cobre y aluminio. Entre el humo se distinguen las siluetas de los trabajadores, menores de edad en su gran mayoría, que dirigen la combustión. Los niños usan imanes para recoger las pequeñas partículas de metal sobre un suelo negro lleno de cenizas. Conseguir los restos de metal sueltos tras la quema es la labor más baja en el proceso de reciclaje.

Un trabajo que se hace sin medida
de protección alguna, lo cual lleva
 a estos pequeños trabajadores a
 absorber diariamente más de 60 sustancias
tóxicas para sus pulmones.
 Rashid no sabe nada de ordenadores
 y en su vida había visto uno antes
 de llegar al basurero. Pero lo que sí
 conoce bien es la quema de estos
aparatos y ya se ha acostumbrado a
 inhalar el humo. “Para hacer el fuego
utilizamos plásticos y esponjas
 sintéticas, y luego echamos los cables
y las placas”. Rashid y los demás
 menores no conocen las repercusiones
en su salud a largo plazo y trabajan
 a pelo. Nadie se ha acercado al
basurero a explicarles los peligros de
la labor que hacen. Él es uno de tantos
 jóvenes llegados a Accra, con el
único sueño de conseguir una vida
 mejor, desde el norte de Ghana, una
 región sumida en conflictos tribales.
 Un día se subió a un autobús y viajó a la capital en busca del basurero.
“Veníamos porque sabíamos que había
trabajo.
Al principio fue muy duro
 vivir aquí sin nada que hacer, hasta
 que encontré trabajo quemando
carcasas de ordenadores”.

Su trabajo consiste en llevar los componentes de los ordenadores a
 las hogueras para obtener metales libres
de su envoltura plástica y devolverlos
 al proveedor. Por este trabajo
 gana tres cedis al día, alrededor de
1,5 euros. Todavía se encuentra en
el escalafón más bajo de un trabajo
muy jerarquizado en el que la experiencia
familiar puede asegurar un
puesto en algunos de los peldaños
 superiores de la cadena. El objetivo
 de trabajadores como Rashid es subir
 otro escalón y pasar a desmontar
 ordenadores a martillazos separando
 las piezas. Con ello conseguiría librarse del humo y del calor de los
fuegos. Con suerte podría llegar a
 trabajar en las básculas, uno de los
puestos más altos. Allí es donde se
 pesan los metales y hay más posibilidades
de negocio.

A miles de kilómetros de distancia,
en la inmensa ciudad de Karachi
 (Pakistán), el río Lyari delimita uno
 de los barrios más peligrosos de la
 ciudad. Bajo el control de las mafias
 locales, el barrio alberga algunos de
los basureros donde se procesa la
basura electrónica llegada de Europa,
 Dubai o Singapur. Los cientos de
pequeños talleres que se encuentran
 allí crean una industria de pequeñas
 fábricas donde se reciclan las piezas
 de un sinfín de aparatos electrónicos.
 Éstas son metódicamente separadas
 por diferentes trabajadores de
 la basura. Se calcula que el 70% de
la basura electrónica del mundo desarrollado
va a parar a los basureros
 electrónicos de Asia.

La atmósfera de trabajo en los basureros
 de Ghana o Pakistán es muy
 parecida. La pobreza en la que está
sumida una gran mayoría de la población
en estos países obliga a muchas
familias, incluidos los hijos en
 edades muy tempranas, a vivir cerca
 de los basureros para recoger metales
 y venderlos después.
 Mohamed Khan sólo tiene ocho
años y junto a su hermano mayor
Hafi Ula, de 14, quema y recoge la
 chatarra de ordenadores, TV, ventiladores,
 e incluso instrumentos musicales
electrónicos que ya no sonarán
 más. Son refugiados afganos sin
 futuro en Pakistán, que encuentran
 en los basureros su única forma de
 supervivencia. “Sabemos que el humo
 es peligroso pero necesitamos
trabajar en algo”, dicen. No pierden
 la esperanza de un futuro mejor: “Me
 gustaría llegar a ser mecánico”, sueña
el pequeño Mohamed.

En Karachi también se trabaja desde
primera hora de la mañana en el
 reciclaje de los aparatos electrónicos.
 Aquí, unas 20.000 personas trabajan
en la industria que genera la
 basura electrónica. De ellas, casi la
 mitad son menores de 18 años. Mientras
el grado de analfabetismo en
 Pakistán llega a alcanzar al 60% de
 los jóvenes, muchos ordenadores llegan al puerto de Karachi camuflados
 como ayuda al desarrollo del país.
 Sin embargo, esos ordenadores son
comprados casi “al peso” por clientes
locales que después venden la
 mercancía como mayoristas a pequeños
 talleres. Algunos trabajadores
pasan hasta 16 horas diarias despiezando
 computadoras o grandes
aparatos electrónicos. El sueldo medio
ronda los tres dólares diarios.
Además de los irreparables daños
 en las personas, los materiales
 que se acumulan en el suelo y en el
 río Lyari acaban por contaminar
 también el mar de Arabia. Los ricos
acuíferos de la desembocadura han
 quedado completamente destruidos.

Mientras tanto, en el inmenso
puerto de Karachi miles de contenedores
 desembarcan cargados de
basura electrónica. Algunos estudios
 de Greenpeace aseguran que
 entre los materiales tóxicos contenidos
 en el e-waste, el término anglosajón
que define la basura electrónica, se encuentran el plomo, el
 cadmio y el antimonio.
 A la insalubridad de estos trabajos
 se suman otras precariedades. Al
caer la noche, Mohamed regresa a
su casa, un cubículo de tres metros
 cuadrados que comparte con seis
 personas más, cerca del basurero.
“Aquí la vida además de dura es peligrosa:
 la policía viene a veces y nos
roba o amenaza con prohibirnos trabajar
si no les damos dinero”.

En Ghana, cada ordenador se
 compra a uno o dos dólares según
sale del puerto, independientemente
de si funciona o no. Según Mike
 Anane, activista medio ambiental
de Ghana, sólo el 10% del material
 electrónico recibido está en condiciones
 de funcionamiento y se cataloga
 como “no chatarra”. Cuando
los ordenadores son desechados
 como chatarra, llegan al basurero
 de Sodoma y después se desmontan
 para buscar los componentes
que pueden revenderse. “Un disco
duro sano sale del desguace por un
valor de unos cinco dólares”, informa
 uno de los trabajadores. Mike
 Anane explica que se han dado casos
 de discos duros que han llegado
 con información empresarial de
 la que fácilmente se puede rastrear
 su procedencia.

No es difícil encontrar un cíber
café en Accra. Allí se utilizan ordenadores
importados que los dueños
 de los cíber compran a los mayoristas.
 Comprar un viejo Pentium II no
 es caro y por unos 150 dólares se
 puede obtener uno revisado y hasta
 con un mes de garantía. Casi todas
las tiendas son, en realidad, talleres
 donde jóvenes con conocimientos
 en informática verifican y reparan
 algunos de los aparatos que llegan
 por mar. Los contenedores procedentes
 de Hamburgo son los preferidos
 por los mayoristas, ya que la
normativa alemana es más rigurosa
 con el material de segunda mano
 que se envía a terceros países.
 En cambio, en los contenedores ingleses
hay mucha más basura electrónica.

Los trabajadores que reciclan
 basura electrónica en Ghana
 están de acuerdo en que este negocio
es bueno para el país. Sin embargo,
 John Pwamang, funcionario
 del Ministerio del Medio Ambiente,
 no duda en llamar a la responsabilidad
de los países donantes: “No
tenemos los medios suficientes para
reciclar y eliminar de manera segura
las sustancias contaminantes
 que genera la basura electrónica,
 contaminando nuestro medio y a
miles de personas. Está muy bien
que envíen ordenadores de segunda
 mano, pero también necesitamos
que funcionen”.


El convenio de Basilea

Según datos de la
ONU, en el mundo se
 generan unos 50
 millones de toneladas
 de chatarra electrónica
cada año. El negocio
de la basura electrónica
aumenta a la
 vez que lo hacen los
residuos electrónicos
 que generamos en
 Occidente. Reciclar en
Europa de manera
profesional y responsable
un ordenador
 de tubo puede llegar
a costar 3,5 euros.

Enviar ese mismo
 ordenador a Ghana en
 un contenedor para
 su reciclaje cuesta 1,5
euros.
El Convenio de
Basilea de 1989
 acuerda prohibir la
exportación de chatarra
 electrónica a terceros
países sin su permiso.

172 países han
firmado el Convenio
pero, de ellos, tres no
 lo han ratificado
jamás: Haití, Afganistán
y EE UU. Según la
agencia de Medio
 Ambiente del Gobierno
de EE UU, sólo en
 este país se desechan
40 millones de ordenadores
 cada año.

EL VENENO DENTRO DE LA CHATARRA

Científicos de Greenpeace viajaron a
Ghana para recoger muestras de tierra,
aire y agua de la zona donde se
desguaza y quema el material electrónico.
Las muestras fueron enviadas
a Reino Unido para su análisis.

Los resultados indican altas concentraciones
de plomo, cadmio y arsénico,
así como de dioxinas y bifenilos
policlorados. El plomo causa
dolores de cabeza y espasmos estomacales,
a la larga daña el sistema
nervioso y los riñones, y afecta
sobre todo al cerebro. También reduce
la actividad cerebral y cognitiva
en los menores. Bajo los parámetros
occidentales, la alarma salta cuando
se miden más de 0,5 microgramos
de polvo de plomo en un metro
cúbico de aire. Las muestras analizadas
en Sodoma arrojaban 1,5
microgramos en zonas donde trabajaban
los menores quemando las
partes de los ordenadores.

PLOMO
Procede de los monitores de tubo. Afecta al cerebro, sistema nervioso y sistema sanguíneo.

CADMIO
Procedente de placas, contactos e interruptores. Afecta a los riñones y los huesos.

BIFENIL POLICLORATO
Está presente en componentes plásticos y aislamientos. Afecta al crecimiento y al comportamiento. Es cancerígeno.

ANTIMONIO
Procedente de las soldaduras y los semiconductores. Afecta a la piel y el sistema inmunológico.

DIOXINAS Y FURAN
Se encuentran en los recubrimientos de PVC. Son cancerígenos.

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