TRANSICIÓN: FRACASA EL GOBIERNO DE UNIDAD
La revolución tunecina acaba con Ben Ali

Tras la caída del dictador, el pueblo tunecino se organiza para lograr el regreso de la calma a las calles. Mientras, se mantiene la furia popular contra el partido oficialista RCD, seguidor del derrocado Ben Ali.

20/01/11 · 8:00
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En la tarde del 14 de enero, Túnez iniciaba “una nueva era”, en palabras del secretario general de la Liga Árabe. El dictador que durante 23 años había dirigido el país, Zine el-Abidine Ben Ali, había huido en su avión presidencial, derrotado por las fuertes protestas populares que durante un mes habían ido prendiendo a lo largo y ancho de la geografía tunecina y que acabaron por inflamar la capital.

 

Los militares, cuyo papel, de momento,
está siendo el de mantener el
orden y que tienen la simpatía de la
población por no haber participado
en su represión, mantienen el control
de los puntos estratégicos, y sigue
vigente el estado de excepción,
que les permite el control de la seguridad
pero que también pone en
suspenso ciertas libertades. De momento,
sigue habiendo inseguridad
en las calles, aunque muchos comercios
y el transporte han empezado a
funcionar. “Los ciudadanos han formado
comités de vigilancia en todos
los barrios y ciudades, y se coordinan
con el Ejército para hacer frente
a las milicias” formadas por policías
y esbirros del dictador depuesto, que
comenzaron a sembrar el pánico
“para crear una situación de caos
que justificara el retorno de Ben Ali”,
explica a DIAGONAL el abogado
Mohamed Jmour. Tras el arresto del
Jefe de Seguridad del dictador, Ali
Seriati, responsable de estas milicias,
y con la autoorganización popular
para defender los barrios, se
espera la progresiva recuperación
de la calma. Mientras tanto, los acontecimientos
se suceden vertiginosamente
en el plano político, que bulle
como nunca se ha visto en este país,
ahora presidido de manera interina
por Fouad al-Mebaza, anterior presidente
del Parlamento.

Al cierre de esta edición, el Gobierno de concentración nacional vivía su primera crisis tras la salida de tres ministros y un secretario de Estado. Los dimisionarios, una independiente y tres miembros de la central sindical UGTT, ocupaban la Secretaría de Estado de Transporte y los Ministerios de Trabajo y Cultura, además de otro sin cartera, y el ministro de Sanidad ha suspendido su participación. Su salida del Gobierno se produjo por la presencia de miembros del oficialista RCD en el Ejecutivo, que ocupan, entre otras, las carteras clave de Exteriores, Interior, Defensa y Finanzas. Además del partido de Ben Ali y de los tres partidos que ya eran legales bajo el antiguo régimen, aunque estaban marginados en la vida política, este primer Gobierno provisional incorporaba a personalidades independientes.

El Gobierno de ‘unidad’

Uno de los aspectos que más indignación
han provocado es, precisamente,
la presencia del RCD en el
Gobierno. Desde la formación del Ejecutivo, miles de personas se han manifestado, desafiando
el estado de excepción, contra
esta decisión. “Me inquieta la presencia
del partido de Ben Ali, que es
corrupto y en el que se produce una
confusión entre partido y Estado”, se
queja Massoud Romdhani, presidente
de la Liga Tunecina de Derechos
Humanos
en Kairaouan, aunque reconoce
que en su asociación existen
otras posturas. Asimismo, gran parte
de la población exige que el RCD,
que hasta ahora controlaba todos los
ámbitos de la sociedad, sea separado
de las instituciones del Estado.
Por otro lado, este Gobierno sólo
incluía a los partidos de la oposición
reconocida por Ben Ali, “que no tienen
mucha representatividad y que
no han hecho muchas cosas sobre el
terreno. Y están ausentes los partidos
no reconocidos y los sindicalistas
que han hecho la revolución con los
parados y los jóvenes”, critica Romdhani.

Una opinión compartida por
Hassan Qassar, profesor de Ciencias
Sociales en una universidad de Túnez,
quien mantiene que “sólo se ha
dejado participar a los partidos a los
que EE UU ha dado el visto bueno”
y
que “las poblaciones en las que se inició
la revolución no se sienten representadas
por ellos”.

Otros ámbitos de la sociedad, críticos
o no, pedían dar una oportunidad
al nuevo Ejecutivo, que debe encargarse
de organizar y convocar elecciones
legislativas y presidenciales.
El Gobierno ‘de unidad’ había anunciado
que sus primeras medidas de
urgencia serán legalizar a los partidos
no reconocidos bajo Ben Ali, la
amnistía general para todos los presos
políticos y la libertad total de la
información.

Hoy en Túnez, el futuro político está
cargado de esperanza, pero también
de miedos. “Temo que esta revolución
de los pobres sea secuestrada
por políticos que van a aprovecharse
del sacrificio realizado”,
afirma Hassan Qassar.
De momento habrá que esperar
para ver cómo evoluciona la situación
política y cuál es el papel del
pueblo tunecino en esta nueva etapa.

En estos días se está discutiendo
también la creación de una comisión
nacional de reforma política, según
informa Mohamed Jmour, quien
añade que “la gente exige también
que se juzgue al ex presidente y a su
familia y que se recuperen los bienes
del Estado, y que las comisiones de
investigación que se van a establecer
para depurar responsabilidades y para
investigar la corrupción estén formadas
por personas independientes
para que su trabajo sea transparente
y sus conclusiones convincentes”.

Para lograr un proceso realmente
democrático, Romdhani considera
necesario, además de las medidas ya
anunciadas, “una separación entre el
partido de Ben Ali y el Estado, la eliminación
de la presencia militar en
las calles y, sobre todo, la elaboración
de una nueva Constitución, que
sea democrática, responda a las aspiraciones
del pueblo, dé voz a todos y
asegure la laicidad del Estado”. “Hay
que luchar para que la revolución no
sea robada y para que desemboque
en una verdadera democracia y en
un desarrollo sostenible para Túnez”,
concluye.

“Del lado del pueblo”

En el plano internacional, diversos
países occidentales aliados de Ben
Ali no han tardado en cambiarse de
chaqueta. Es el caso de EE UU y de
Francia, Estados con grandes intereses
estratégicos y económicos en excelentes relaciones con el dictador.
También la UE se ha posicionado
del lado del pueblo tunecino a última
hora, cuando en los últimos
años, a pesar de las constantes denuncias
de los defensores de derechos
humanos, no ha tenido reparo
en negociar con el país un estatuto
avanzado
que le permitiera consolidar
sus intereses comerciales. Pero
hay dos actores internacionales que
no han reaccionado, al menos públicamente,
a la revolución tunecina: el
FMI y el Banco Mundial, cuyas políticas
de ajuste estructural, liberalización
y apertura de mercados, aplicadas
desde hace tres décadas a Túnez,
al que calificaban como su “mejor
alumno” en la región, están también
en la base del profundo descontento
popular que llevó al pueblo tunecino
a levantarse.


El fin de un tirano

El 17 de diciembre,
cuando Mohamed Bouazizi,
un vendedor ambulante
de verduras de 26
años, se prendió fuego
ante la prefectura de
Sidi Bouzid, una ciudad
del interior de Túnez,
después de que la policía
lo humillara y le
requisara la mercancía
con la que se ganaba la
vida, nadie podía imaginar
que este acto de
desesperación provocaría
una reacción en
cadena que acabaría
antes de un mes con la
huida del dictador que
durante 23 años había
dirigido el país.

Pero la paciencia de la
población había llegado
a su límite. Como trasfondo,
un profundo descontento
latente por el
paro endémico que afecta
al 30% de los jóvenes,
la falta de perspectivas
de futuro, las
desigualdades económicas
y la corrupción de
los círculos del poder,
pero también por la
ausencia de libertades
civiles y políticas y de
democracia.

Las manifestaciones
espontáneas
que siguieron al acto
desesperado de Bouazizi,
y que comenzaron en
las zonas más desfavorecidas
del interior, fueron
creciendo en tono y en
reivindicaciones. Y su represión brutal por
parte de la policía,
que provocó decenas
de muertos, además
del apagón informativo
de los medios del
poder, no hizo más
que contribuir a la
radicalización de las
protestas, que tomaron
un cariz cada vez
más político y se fueron
extendiendo gradualmente
a las regiones
más prósperas de
la costa y a la capital.

A las protestas se
sumaron cada vez más
capas de la población,
incluyendo sindicalistas,
abogados, artistas y
estudiantes. Facebook y
Twitter se convirtieron en
los medios de difusión
de la protesta.

La respuesta de Ben Ali
conjugó la represión
armada con cambios de
Gobierno, algunas ‘concesiones’
y más represión.
Destituyó al gobernador
de Sidi Bouzid y a los
ministros de Información
y de Interior, y el 10 de
enero, a la vez que calificaba
las protestas de
“actos terroristas imperdonables
perpetrados por
bandidos con pasamontañas”,
prometió invertir
para el desarrollo de las
regiones más pobres y
crear 300.000 puestos
de trabajo en dos años,
una afirmación que los
tunecinos consideraron
una nueva burla.

El día
13, cuando fue consciente
de que la situación se
le iba de las manos, Ben
Ali anunció que no se
presentaría a las elecciones
en 2014, así como la
liberación de todos los
detenidos en las movilizaciones,
la creación de
una “comisión de investigación”
de la corrupción,
la libertad de la prensa y
un “profundo cambio
político”, mientras la Policía
seguía matando
manifestantes. “Es demasiado
tarde”, respondieron
los tunecinos, que
mantuvieron la huelga
convocada en Túnez capital.

Centenares de miles
de personas se concentraron
durante horas ante
el Ministerio de Interior al
grito de “Ben Ali, vete”.
Tras cuatro semanas de
revueltas y un centenar
de muertos, el dictador
abandonó el país.

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comentarios

1

  • |
    anónima
    |
    22/01/2011 - 12:11am
    Gracias por informar y apollar a la revolucion tunecina, saludos desde Túnez
  • Tras 23 años de férrea dictadura los tunecinos echaron al dictador Ben Ali que huyó del país.
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