ESPECIAL DECRECIMIENTO
La revolución cultural del ‘menos es más’

En el decrecimiento se unen apuestas teóricas y prácticas críticas con el crecimiento,
pero, sobre todo, afanadas en generar nuevas conductas individuales y colectivas que
conjuguen la conciencia del deterioro y los límites del planeta con la justicia social.

02/11/10 · 8:00
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“El decrecimiento supone cuestionar
las presuntas virtudes del crecimiento
económico, entender que
hemos dejado muy atrás las posibilidades
medioambientales y de recursos
del planeta y comprender
que, a resultas de ello, tenemos que
dar marcha atrás en el Norte opulento,
reduciendo nuestros niveles
de producción y de consumo, pero
que lo anterior en modo alguno implica
una reducción paralela de
nuestro bienestar y de nuestra felicidad
si hacemos las cosas bien”,
así habla Carlos Taibo mientras
viaja en tren hacia Barcelona, camino
de una charla sobre decrecimiento.

Este profesor de Ciencias
Políticas suele usar el transporte
público en sus desplazamientos y
valora en especial las lecturas que
ello le ha permitido hacer a lo largo
de su vida. Un buen ejemplo de lo
que es el decrecimiento: no una renuncia,
sino un nuevo enfoque.

Decrecimiento o barbarie

Bajo la consigna “decrecimiento o
barbarie” se multiplican y convergen
actitudes críticas con el crecimiento.
También con las formulaciones
que, constatado el cambio climático
y ante un inminente, si no ya
acontecido, peak oil –el final del petróleo
barato–, pretenden hacer
frente a la “injusticia climática” con
viejas expresiones como “desarrollo
sostenible” u otras nuevas en torno
al “capitalismo verde”. Para Iñaki
Bárcena, profesor en la Universidad
del País Vasco y miembro de
Ecologistas Martxan, “el concepto
de desarrollo sostenible es una falacia
que hay que destruir”, pues “sólo
podemos parar el curso erróneo de
nuestra civilización decreciendo y
planteándonos otros parámetros de
evolución que no signifiquen agotar
los recursos ecosistémicos”.

Así, se propone, en expresión del
filósofo vienés y conocido altermundialista
André Gorz, “hacer
más y mejor con menos”, o lo que
Duane Elguin denomina “simplicidad
voluntaria”: consumir de forma
responsable y examinar nuestras
vidas para determinar lo que
es importante y lo que no.

Decrecer implica expulsar de
nuestras sociedades lo que Serge
Latouche, difusor del decrecimiento,
denomina “ingredientes de la ronda
diabólica del consumo”: la publicidad,
que sirve para hacernos desear
lo que no tenemos; el crédito, base
del capitalismo financiero, y la “obsolescencia
programada de los objetos”,
que, estropeándose a un ritmo
cada vez mayor, exigen ser reemplazados
en plazos cada vez más cortos,
aumentando la basura planetaria,
acumulada a menudo en vertederos
del Tercer Mundo.

Bárcena ha trabajado en especial
la cuestión del transporte, abundando
en la necesidad de plantearse
“que hay que moverse menos y de
otra manera”. La reducción de las dimensiones
de los sistemas de transporte,
pareja a la de muchas de las
infraestructuras productivas y de las
organizaciones administrativas es
una de las consignas contenidas en
las ‘R’ que configuran el programa
del decrecimiento propuesto por
Latouche (reevaluar, reconceptualizar,
reestructurar, redistribuir, relocalizar,
reducir, reutilizar y reciclar).

Un paradigma de este tipo de infraestructura
es el Tren de Alta
Velocidad, proyecto desarrollista
que supone “la maximización de un
tipo de movimiento elitista, que aleja
las poblaciones, aleja los territorios y
sólo sirve para que una parte muy
privilegiada de la sociedad pueda
moverse”. Frente a esto, el decrecimiento
promueve el transporte público
y colectivo además de una reducción
de la hipermovilidad resumida
en la frase “disfrutar de la lentitud,
valorar nuestro territorio”.

La clave del retorno a lo local

El empoderamiento de lo local es
otro de los puntales decrecentistas.
Para Pablo Martínez, militante de
CNT Córdoba, que ha publicado
recientemente un dossier sobre decrecimiento,
“éste cuestiona el tamaño
de la propia organización
social, colocando otra vez el centro
de decisión en una línea muy cercana
a la perspectiva libertaria, en el
municipio o en la comunidad, frente
a organizaciones sociales cada vez
más lejanas a la gente como el propio
Estado o la Unión Europea”.
Y es que el decrecimiento es, ante
todo, un nuevo proyecto de organización
social, que apela a la autogestión,
sustituyendo la energía limitada
del planeta por el trabajo comunitario
organizado desde la participación.

Además, esto se articula, como
ponen de manifiesto los proyectos
de cooperativismo o las ciudades en
transición, a través de una apuesta
por la soberanía alimentaria y energética
y por intercambios equilibrados
en un comercio esencialmente
local, a poder ser con monedas biorregionales.
Estás últimas evitan la
especulación y permiten que al tiempo
que unos se abastecen, otros den
salida a sus productos y servicios.

Integrando movimientos

“Tenemos que apostar por el reparto
del trabajo. El reparto es decrecentista
en sí, de la misma forma
que el crecimiento y el desarrollo
son antiigualitarios”, señala Chema
Berro, sindicalista de CGT, quien ha
aportado su visión en la obra colectiva
Decrecimientos. Si uno de los
pilares del decrecimiento es el cuestionamiento
del sistema productivo,
la defensa del reparto del trabajo es
otra de sus claves. Berro insiste en
la necesidad de “incidir en lo social,
porque la competitividad del desarrollismo
nos lleva siempre a la
desigualdad”. Martínez añade a esto
la virtualidad del decrecimiento para
cuestionar “el trabajo asalariado,
la distribución de lo que se considera
trabajo asalariado y lo que no se
considera trabajo, los trabajos de
cuidado, reproducción, etc.”. Taibo
completa esta visión con la defensa
del ocio frente al trabajo obsesivo
que dará paso a un “triunfo de la vida
social frente a la lógica de la propiedad
y del consumo ilimitado”.

“Empezamos a palpar, al calor de
la crisis, la idea de que gente común
que no está particularmente concienciada
en virtud de su experiencia vital
personal llegue a conclusiones similares
a las que se defienden desde
el decrecimiento”, reflexiona Taibo.

Y es que, como subraya Bárcena,
“puede juntar a mucha gente que padece
lo mismo, movimientos sociales
muy diversos que van encontrando
un camino convergente” y destaca la
virtualidad de recoger “las reivindicaciones
del movimiento feminista,
sobre todo en el tema de los cuidados
y el papel de las mujeres en la
producción y reproducción, y sirve
para que muchos movimientos se
den cuenta de la reivindicación histórica
del ecologismo y para que algunos
sindicalistas se planteen que
no se puede producir cualquier cosa
ni en cualquier sitio, suma también
demandas del movimiento indígena,
del movimiento antiglobalización,
etc.”. Eso sí, para muchos como
Martínez es necesario subrayar el
“elemento anticapitalista” para evitar
un discurso del consumo responsable
‘cojo’, esto es, “que insiste en la
cuestión del consumo de los ciudadanos
sin analizar el aspecto de la
producción en la cual los ciudadanos
no tenemos nada que decir”. Por ello,
Taibo subraya la necesidad de que
esta transformación de la sociedad
conforme a reglas distintas implique
“todo el acervo de las críticas de
siempre al capitalismo, dándolas
teóricamente por buenas y agregando
la filosofía decrecentista”.

especial decrecimiento:

- [Entrevista a Álvaro Porro, redactor de Opcions: «Cambiar desde la alegría»-> 12540]

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- [Productos que se comen el mundo->12532]

- [Ciudades en transición a la soberanía local->12521]

- [Una respuesta ecofeminista: Algunas claves para mantener la vida->12520]

- [La maldición de la aparente abundancia->12509]
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