La hipótesis de un New Deal bioeconómico

En abril de 2008, Obama comparecía
en la Cooper Union Foundation
de Nueva York para desgranar
algunas de sus ideas en
materia económica. Tras cubrirse
las espaldas subrayando su confianza
en la sociedad de mercado,
señalaba las virtudes del
New Deal de Roosevelt y apuntaba
la necesidad de poner fin a
las políticas económicas que
“desafortunadamente, en vez de
establecer el marco regulador del
siglo XXI, simplemente han desmantelado
el antiguo”. En los
últimos meses, Obama no ha

10/07/08 · 0:00
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En abril de 2008, Obama comparecía
en la Cooper Union Foundation
de Nueva York para desgranar
algunas de sus ideas en
materia económica. Tras cubrirse
las espaldas subrayando su confianza
en la sociedad de mercado,
señalaba las virtudes del
New Deal de Roosevelt y apuntaba
la necesidad de poner fin a
las políticas económicas que
“desafortunadamente, en vez de
establecer el marco regulador del
siglo XXI, simplemente han desmantelado
el antiguo”. En los
últimos meses, Obama no ha
dejado de insistir en la necesidad
de reactivar el gobierno
sobre la economía, desplegando
una política basada en fuertes
dosis de gasto fiscal y en un uso
del código tributario capaz de
reducir la brecha social en favor
de las clases trabajadoras y los
sectores más desfavorecidos. La
intención de su equipo de universalizar
la cobertura sanitaria o de
realizar fuertes inversiones en
materia educativa, acompañada
de sus veladas críticas a la desregulación
y su intención de revisar
los tratados de libre comercio,
han sido una constante a lo
largo de la carrera por la nominación
demócrata a la presidencia.
Más allá de la retórica vacua que
acompaña toda lógica electoral y
de la inclinación neoliberal de
alguno de los miembros de un
equipo conducido, sin embargo,
por asesores reformistas como
James Galbraith o Jared Bernstein,
Obama parece encarnar un
nuevo rumbo para la política
económica estadounidense.

Siguiendo las pistas que el senador
de Illinois ha ido dejando,
cabría pensar que la base de su
propuesta es el desarrollo de un
New Deal que no reproduzca un
pacto anclado en una dinámica
productiva definida por la gran
industria, sino por un intento de
solución bioeconómica a la
actual crisis de acumulación.
Entre otras cosas, la apuesta de
Obama pasaría por una dinámica
de intensificación del capitalismo
cognitivo y del desarrollo
industrial de los biocombustibles,
como vías de fortalecimiento
de la extensión de la valorización
capitalista a todos los
órdenes de la vida en su conjunto.

En primer lugar, se trataría de
dotar de una relativa estabilidad
material a las figuras básicas de
la nueva composición social del
trabajo cognitivo e inmaterial
(jóvenes universitarios, clases
medias urbanas y migrantes –no
por casualidad la base del movimiento
que apoya a Obama–,
mediante una mínima redistribución
de la renta que atenúe la
inestabilidad de los segmentos
más flexibilizados del mercado
de trabajo y una política fiscal
que rebaje la presión sobre las
pequeñas empresas y ayude a
su desarrollo. En segundo lugar,
se trataría de afrontar la declinación
del flujo energético global y
del cénit en la producción de
petróleo, relacionado directamente
con la crisis financiera
y la actual fase de decrecimiento
con inflación, mediante
la explotación de nuevas fuentes
energéticas. Obama lo dijo alto y
claro en el Detroit Economic Club
hace unos meses: “Es hora de
producir, vender y usar biocombustibles
en todo el país”. Su
intención de destinar 15.000
millones de dólares anuales durante
diez años para la renovación
de la tecnología energética,
su conexión con el gigante de
los agronegocios Archer Daniels
Midland (ADM) o que uno de
sus representantes sea Tom
Daschle, miembro de los consejos
directivos de tres compañías
de producción de etanol, parecen
ser datos más que elocuentes
al respecto.

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