LOS CAMBIOS DE PIEL DEL ORGANISMO QUE DIRIGE LAGARDE
La evolución del Fondo Monetario Internacional

El Fondo Monetario, al igual
que el Banco Mundial
(BM), surge de los Acuerdos
de Bretton Woods en
1944, donde se conformaron las bases
institucionales del nuevo orden
económico internacional tras la II
Guerra Mundial. Los acuerdos también
institucionalizaban el nuevo
papel de EE UU como potencia hegemónica.
Frente a la idea de
Keynes de hacer una nueva moneda
internacional, el báncor, se estableció
un patrón monetario oro-dólar:
el valor de cada moneda se fijaba

, Colectivo Novecento
13/09/11 · 8:30
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El Fondo Monetario, al igual
que el Banco Mundial
(BM), surge de los Acuerdos
de Bretton Woods en
1944, donde se conformaron las bases
institucionales del nuevo orden
económico internacional tras la II
Guerra Mundial. Los acuerdos también
institucionalizaban el nuevo
papel de EE UU como potencia hegemónica.
Frente a la idea de
Keynes de hacer una nueva moneda
internacional, el báncor, se estableció
un patrón monetario oro-dólar:
el valor de cada moneda se fijaba
con respecto a la divisa estadounidense,
y ésta a su vez respecto al
metal. El dólar pasaba a ser la única
moneda internacional de reserva.

La posición dominante de EE UU
en los acuerdos resultó determinante
para la propia configuración del
Fondo. Se fijó un sistema de participación
mediante cuotas, cuyo reparto
se fijaría en función del peso de
cada economía. El número de votos
de cada Estado dependería de su
cuota, lo que garantizaba un mayor
poder a las principales potencias y,
sobre todo, al gigante norteamericano.
Las cuotas financiaban los préstamos
de aquellos miembros que necesitaran
recursos para mantener el
valor de su moneda. El mecanismo
era el siguiente: los países con una
posición monetaria más fuerte ponían
sus reservas a disposición del
país con desequilibrios, hasta una
cantidad equivalente al 125% de la
cuota de este último. El préstamo se
divide hasta en cinco tramos. Lo importante
es que superado el primer
tramo, el préstamo incluye cláusulas
de condicionalidad. Es decir, a partir
de ahí el país prestatario habría de
cumplir unas condiciones en materia
de política macroeconómica (programas
de estabilización), más severas
cuanto más se ascendiera de tramos.

El planteamiento del FMI y sus
programas de estabilización partían
de una concepción de la crisis entendida
como “desequilibrio” temporal
y ajeno a la propia dinámica capitalista,
resultado siempre de la aplicación
de políticas inadecuadas. Este
enfoque mezclaba el keynesianismo
con la teoría cuantitativa del dinero y
ubicaba el origen de los desajustes
en problemas de demanda originados
por causas monetarias. El argumento
sería este: el problema surgía
cuando un país consumía más allá
de su ahorro interno, por una indebida
expansión de su crédito. El ajuste
necesario para retornar al equilibrio
suponía contraer esa “excesiva” demanda
interna, incidiendo en las esferas
fiscal (recorte del gasto público
y subida de impuestos), monetaria
(aumento de los tipos de interés reales)
y salarial (represión salarial).

América Latina sería el banco de
pruebas durante los años ‘50.
Semejante planteamiento obviaba
cualquier aspecto referido a la estratificación
social, como si todo el mundo
consumiera en igual proporción.
Pero sus efectos sí tenían un marcado
componente de clase: el grueso
del ajuste recaía sobre las rentas del
trabajo, vía bajada de salarios de forma
directa o indirecta mediante recortes
sobre el gasto público.

El FMI tras Bretton Woods

Tras el desmoronamiento del modelo
de Bretton Woods (primeros
años ‘70), el Fondo quedó con la
misión absurda de velar por un patrón
monetario que ya no existía.
La crisis de identidad del FMI no
parecía tener otro destino que su
disolución. Los hechos, sin embargo,
irían en dirección opuesta.
Dos elementos propiciarían el inesperado
protagonismo del Fondo
(y del BM) en el escenario económico
internacional: necesidad y oportunidad.

Necesidad, derivada de la
crisis sistémica que evidenciaban las
principales economías capitalistas
desde finales de los ‘60 y agravada
sobremanera en los ‘70. Un colapso
que evidenciaba una crisis de rentabilidad
del capital. Oportunidad surgida
con la crisis de la deuda externa
iniciada por México en 1982, a la
que siguió una cascada de países incapaces
de hacer frente a sus compromisos
financieros.

En realidad, esta crisis no era sino
continuación de la anterior. Muchos
estados periféricos “escaparon” de
ella, ya que recibieron capitales privados
extranjeros ávidos de nuevos
espacios para la ganancia ante la crisis
en las economías centrales. Aunque
en contradicción con sus propios
estatutos, el FMI colaboró activamente
para que estos países liberalizasen
y abrieran al exterior sus mercados
de capitales. Esta avalancha
de capitales privados hacia los países
periféricos resultó crucial en el origen
de dicha crisis, que supuso un
grave problema no sólo para los países
endeudados, sino también para
la gran banca privada, enfangada en
unos préstamos irrecuperables.
Su nuevo papel de intermediador
entre acreedores y deudores permitió
el resurgimiento del FMI. El objetivo
prioritario era que los bancos recuperasen
sus préstamos, para lo
cual se veía necesario que los países
endeudados volvieran a acceder al
crédito internacional (endeudarse
para devolver las deudas contraídas).
Ese motivo pragmático, que no teórico,
determinó el giro del Fondo.
Ahora ya no se trataba de políticas
de corto plazo para ajustar el gasto al
nivel de ahorro interno, sino medidas
de largo plazo, los Planes de
Ajuste Estructural (PAE) favorables
a los mercados internacionales de
capitales. En teoría, los países se verían
beneficiados de esa captación
de ahorro externo. Tales medidas garantizaban
condiciones favorables
para las rentas del capital en su pugna
distributiva con las del trabajo. No
se trata de que los PAE busquen, porque
sí, la ruina de la clase trabajadora;
sino que tratan de fijar y mantener
ciertas condiciones de rentabilidad
para el capital, lo que suele implicar
lo anterior.

Voces críticas y lavado de cara

La dureza de tales medidas conllevó
considerables críticas, así como diversas
revueltas populares como el
“caracazo” de Venezuela en 1989, duramente
reprimidas. La injerencia
que suponían los PAE y sus nulos resultados
a pesar de los enormes sacrificios
exigidos, hicieron que el Fondo
tratara de mejorar su imagen buscando,
junto con el BM, una “humanización”
del ajuste. Se trataba de contrarrestar
exitosas campañas críticas,
como la organizada en 1994 de “50
años bastan”. Se siguieron programas
conjuntos con el Banco para los países
pobres muy endeudados (iniciativa
PPME), y esfuerzos por aparecer
como una mezcla entre agencia de
desarrollo, analista económico independiente
y prestamista de última instancia.
Pero ni por los objetivos a los
que responde puede ser agencia de
desarrollo, ni su antidemocrática configuración
institucional le permite ser
independiente, ni tiene los recursos
necesarios para ejercer como prestamista
en última instancia.

PROBLEMAS
PARA LAGARDE

Christine Lagarde, sustituta de Dominique Strauss-Kahn en el cargo de directora general del Fondo Monetario Internacional está siendo investigada por la Corte de Justicia de la República francesa por anomalías e irregularidades en el arbitraje que se llevó a cabo para indemnizar a Bernard Tapie por la venta de Adidas a principios de los '90, por parte de la entidad financiera Crédit Lyonnais.

Este tribunal francés establecerá si la actual mandataria del Fondo Monetario impartió instrucciones a la Comisión de Arbitraje encargada de establecer las indemnizaciones cuando era ministra de Economía francesa. La presión que habría ejercido Lagarde sobre ese organismo de negociación puede costarle la imputación por complicidad en falsificación y desvío de fondos.

Tags relacionados: Banco Mundial Número 156
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