CHILE // SEBASTIÁN PIÑERA ANUNCIA SU INTENCIÓN DE PRIVATIZAR EL COBRE, LA PRINCIPAL RIQUEZA DEL PAÍS
La derecha reconquista el palacio de La Moneda

La victoria del multimillonario
Sebastián Piñera en
las elecciones presidenciales
abre un panorama
incierto para un país que
todavía no se ha deshecho
de la sombra de Pinochet.

04/02/10 · 0:00
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El presidente electo Sebastián Piñera y el opositor Eduardo Frei.

La victoria del empresario
multimillonario Sebastián
Piñera cierra un ciclo de 20
años en Chile en los que la
hegemonía de la Concertación de
Partidos por la Democracia ha sido
indiscutible. Esta coalición, que aún
agrupa a los partidos Demócrata
Cristiano, Socialista, por la Democracia
y Radical Socialdemócrata,
se fundó en febrero de 1988 con vistas
al plebiscito convocado por la
dictadura militar a fin de decidir sobre
la permanencia de Pinochet durante
ocho años más en el poder. La
emocionante derrota del tirano el
5 de octubre de aquel año, mérito
del conjunto de las fuerzas democráticas,
la impulsó a conquistar la
Presidencia de la República en diciembre
de 1989 con Patricio
Aylwin como candidato, uno de los
responsables del golpe de Estado
de 1973, cuando era presidente del
PDC.

Aylwin, quien contó también con
el apoyo del Partido Comunista y de
los movimientos de derechos humanos
en aquellos comicios, concurrió
con un programa de hondas transformaciones
democráticas. Sin embargo,
lo defraudó tempranamente,
cuando frente a su compromiso de
derogar el decreto ley de Amnistía
de 1978 (piedra angular de la impunidad),
acuñó, después de presentar
al país el Informe Rettig por televisión
(y entre lágrimas), el término
“justicia en la medida de lo posible”,
que, en la práctica, fue sinónimo de
impunidad para los represores, hasta
que se produjo la detención de
Pinochet en Londres en octubre de
1998. La indeclinable lucha del movimiento
de derechos humanos y de
la izquierda empezó a dar sus frutos
y se multiplicaron exponencialmente
las querellas criminales y los procesos
judiciales abiertos en Chile
contra los esbirros de la tiranía,
hasta el punto de que hoy los principales
mandos de la siniestra
Dirección de Inteligencia Nacional
(DINA) cumplen penas de cárcel
por la desaparición de varios militantes
de izquierda.

Otra de las grandes fallas de la
Concertación ha sido su incapacidad
para desmontar todo el andamiaje
lastrado por la dictadura en las negociaciones
que abrieron paso a la
transición. Aún persisten la Constitución
de 1980 (con aspectos tan
controvertidos como la antidemocrática
Ley Electoral binominal), el
Código del Trabajo, que reduce a la
mínima expresión los derechos del
movimiento obrero, o la Ley Antiterrorista
de 1985, que el Gobierno
de Michelle Bachelet
aplica brutalmente
contra el pueblo mapuche
en la Araucanía.

Y, por supuesto, aunque la Concertación
ha reducido drásticamente
la extrema pobreza que creó el modelo
neoliberal impuesto sin piedad
por la dictadura, no se ha distanciado
ni un milímetro de sus principios
rectores. Entrevistado el 14 de marzo
de 2007 por El País
, Arnold Harberger,
fundador de la Escuela de
Economía de la Universidad de
Chicago, señaló: “Mi pregunta sería:
¿qué elementos de la política económica
chilena cambiaría uno para hacerla
mejor? Hasta ahora no tenemos
respuesta. Estuve en Colombia
el verano pasado participando en
una conferencia y quien habló inmediatamente
antes de mí fue el ex presidente
Ricardo Lagos
. Su discurso
podría haber sido presentado por un
profesor de economía de la Escuela
de Chicago. Él es economista y explicó
las cosas con nuestras mismas
palabras”.

Las causas de la derrota

Con este balance, el candidato de la
Concertación, Eduardo Frei, fue derrotado
el 17 de enero por Sebastián
Piñera en la segunda vuelta de las
elecciones presidenciales. El 11 de
marzo Bachelet traspasará la banda
presidencial al propietario de la compañía
aérea LAN, del canal de televisión
Chilevisión y del club de fútbol
Colo-Colo (el más popular del país),
cuya fortuna se estima en más de mil
millones de dólares. Aunque Piñera
votó contra Pinochet en el plebiscito
de 1988, durante los próximos cuatro
años gobernará el país apoyado
esencialmente en la Unión Demócrata
Independiente, el partido ultraderechista
fundado en 1983 por
Jaime Guzmán (el principal ideólogo
de la dictadura militar), que hoy es la
primera fuerza política del país.

La elección de Piñera es una noticia
pésima para América Latina, en
primer lugar, porque la presidenta
Bachelet ha jugado un papel interesante
en la región: fue la primera
mandataria chilena que visitó Cuba
desde que en diciembre de 1972 lo
hiciera Salvador Allende y condenó
los intentos de golpe de Estado en
Bolivia desde el eje de Unasur.
Piñera, en cambio, es amigo personal
de José María Aznar, del presidente
colombiano Álvaro Uribe, cuya
política de “seguridad democrática”
dice admirar, y del escritor
Mario Vargas Llosa. Pocos días después
de la victoria, Piñera anunció
su previsión de privatizar una parte
de Codelco, la empresa pública de
la gran minería del cobre (la principal
riqueza del país), y uno de los
jerarcas de la UDI, Jovino Novoa
(actual presidente del Senado y ex
viceministro de la dictadura), ha
proclamado que deben concluir los
juicios contra los represores.

Ante este escenario, la izquierda
tiene un gran desafío. Su principal
representante, el Partido Comunista,
logró el 13 de diciembre poner
fin a 20 años de exclusión del
Parlamento al obtener tres diputados
en virtud del acuerdo instrumental
suscrito con la Concertación.
Además, su candidato presidencial,
el socialista allendista Jorge Arrate,
obtuvo el 6,2% de los votos en la primera
vuelta de las presidenciales.
Por su parte, Marco Enríquez-
Ominami, con apoyos que fueron
desde sectores del MIR histórico
hasta la derecha neoliberal, alcanzó
el 20% y se propone ahora construir
una fuerza política “progresista”.

El horizonte no invita al optimismo.
La izquierda, demasiado atomizada,
no tiene otro camino, a
nuestro juicio, que la convergencia
en torno a la oposición a Piñera
para defender las conquistas democráticas
alcanzadas durante estos
20 años y construir una alternativa
unitaria que en un futuro
cercano permita superar el modelo
neoliberal y avanzar hacia una
nueva Constitución que redefina
la sociedad chilena, demasiado
marcada, aún hoy, por la herencia
del pinochetismo.

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