LA POLÍTICA CHINA QUE DERRIBA LAS CASAS DE LOS UIGURES, ETNIA MINORITARIA, PARA CONSTRUIR LUJOSOS HOTELES
Kashgar, un oasis asiático amenazado

La política de desarrollo de China arrasa con las ciudades milenarias, como la capital de los uigures, Kashgar, donde las grúas Derriban siglos de historia.

21/10/10 · 13:03
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UN PUEBLO MUSULMÁN EN CHINA. Obreros uigures trabajando en la ampliación de la Mezquita Central situada en la parte vieja de la ciudad. / Fotos: Guillem Valle

La ciudad de Kashgar, en la Región Autónoma Uigur de Xinjiang, en la República Popu­lar China, tiene un largo y rico pasado. Situada en un fértil oasis, Kashgar (que en uigur significa “ciudad como el jade”) cuenta al norte con las majestuosas montañas Pamir y al oeste se encuentra con el desierto Takla­makan, que durante mucho tiempo ha sido el eje central de las comunicaciones entre diversos lugares de Asia, e incluso la puerta para lugares más lejanos como Europa o el subcontinente asiático.

Muchos han llegado a definir a la ciudad como “el cruce de civilizaciones”, siendo considerado como uno de los mercados más importantes de la famosa y mítica Ruta de la Seda.
Fruto de todo ello, Kashgar ha acogido toda una mezcla de pueblos, religiones y lenguas diferentes a lo largo de los siglos, siendo los uigures el más importante de todos ellos. Para este pueblo, musulmán de origen turco, la importancia de Kashgar es evidente y así lo ha reflejado a lo largo de su historia en sus costumbres y en su cultura.

Sin embargo, los uigures llevan mucho tiempo haciendo frente a la política expansionista de China, que no duda en aplicar todos sus resortes para acabar diluyendo las demandas uigures, o cuando menos, condenándolas a una situación que hace muy difícil su supervivencia.
Caminar por las calles de la parte vieja de Kashgar era retraerse en el tiempo. Pasear por los callejones estrechos del corazón viejo de Kash­gar, sentarse en la plaza de la mezquita de Id Kah (centro neurálgico de la parte vieja) o admirar alguna de las fachadas de las casas que todavía mantienen parte de su esplendor pasado, e incluso perdernos por Koziqiyabixi, el barrio de los alfareros, nos permitía acercarnos aún más a la realidad del pueblo uigur.

Junto a todo ello resalta el mercado de los domingos, un espectáculo de olores, sonidos e imágenes que nos transporta aún más al pasado, cuando las caravanas que recorrían esos territorios llegaban hasta Kash­gar para participar en este mercado. Desde primeras horas de la mañana los pastores van ocupando sus lugares, con sus ovejas karakul, una raza con una lana muy suave, que almacena gran cantidad de grasa en la parte posterior del cuerpo, y una de las más apreciadas para comer por los uigures.

Jinetes montando a caballo, tratantes de ganado regateando y negociando a grito pelado, puestos de ­comida, animales por doquier, etc. com­po­nen esa estampa que podía representar una postal de hace muchos años y que parece imperturbable al paso del tiempo.

Pero el visitante hoy en día también puede ver la ‘otra Kashgar’. La de los grandes edificios, las tiendas de moda, los teléfonos móviles, los altavoces de música ‘moderna’ sonando en las puertas de las tiendas… el reflejo de una política que algunos pretenden presentar como el fruto del cambio y la modernidad, y que en muchas ocasiones esconde una política destinada a ‘borrar del mapa’ la cultura y tradiciones locales. A nadie sorprende que detrás de esa política de asimilación esté la mano de Beijing. Al igual que han hecho en Tibet y en otras partes de China, de mayoritaria etnia china, han sido la punta de lanza de una colonización planificada.

La donación de las mejores tierras a colonos para promover su asentamiento en esas regiones alejadas del centro del país, la ocupación de los cargos políticos y de responsabilidad por parte de chinos, la marginación de las costumbres, la lengua y la participación política y social del pueblo uigur; han sido las señas de identidad que han desarrollado los dirigentes chinos en las últimas décadas.

Agitando la bandera de la lucha contra los “tres ismos”, el terrorismo, el islamismo y el separatismo, (y bajo el soporte de la llamada guerra contra el terror impulsada desde EE UU), los dirigentes chinos no han dudado en aplicar una estrategia basada en la asimilación, la chinificación y la campaña “desarrollar el este”. Lo que algunos han venido definiendo como el imperialismo económico y político de los Han sobre el pueblo uigur sigue el guión clásico de cualquier proceso colonizador.

La ciudad de Kashgar, está situada en la rica región asiática de Turkestán, donde está un tercio del petróleo y dos tercios del carbón de las reservas chinas. Tam­bién abundan los minerales y metales como oro, uranio y cobre. Sin embargo, esa riqueza sólo ha generado beneficios al Gobierno chino y a sus colaboradores. De ahí que no es de extrañar que las mayores tasas de desempleo y pobreza recaigan sobre la población uigur. El traslado masivo de ciudadanos chinos para desequilibrar la balanza demográfica, la política de “hanhua”, algo así como ‘hacerlos chinos’, está logrando que la población local acabe siendo minoritaria en su propia tierra y apartada de todos los resortes políticos, económicos o sociales del poder.

Bajo la bandera de la supuesta mo­dernización, enmarcada dentro de la pomposa fórmula de “desarrollar el este, se sigue una detallada política de marginación hacia los uigures, y de una planificada explotación de los recursos naturales y culturales de los mismos.

En este contexto, el plan para derribar el casco antiguo de Kasghar y cederlo posteriormente a empresas chinas para su explotación turística, es el último caso que ha salido a la luz. Presentado como una reubicación de los residentes de la parte vieja de Kashgar, y ante el evidente deterioro de las casas de la zona, el Gobierno chino pretende desplazar a los residentes uigures, sin contar con su opinión o asentimiento, a una nueva ciudad a más de ocho kilómetros del centro de Kashgar. Las máquinas buldócer chinas pretenden acabar con más de sesenta casas de la zona vieja y borrar todo vestigio material de la cultura, arquitectura y comunidad uigur, transformando una parte de la ciudad vieja en una especie de parque de atracciones cultural que sirva de reclamo para el turismo, tal y como han hecho en otras regiones de China (un ejemplo es el caso de la etnia Dai en la provincia de Yunnan, que ha visto su entorno transformado en un parque temático sobre su cultura y etnia).

Si hubiera habido voluntad, se habría abordado un proyecto para recuperar la parte vieja de la ciudad, manteniendo la cultura uigur. Pero Beijing impulsa un proyecto que acabará con la vida de estas comunidades en el bazar y con el refugio que éste ha sido durante siglos al calor y las tormentas de arena del desierto.

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