GOLPE DE ESTADO // DOCUMENTADOS CASOS DE 23 ACTIVISTAS ASESINADOS POR EL RÉGIMEN DE FACTO DESDE EL 28 DE JUNIO
Impunidad y crímenes políticos en Honduras

Mientras el congreso
debate una ley de amnistía
por los delitos relacionados
con el golpe de Estado,
afloran los detalles de los
activistas asesinados por el
Gobierno de Micheletti. Esta
es la historia del primero y
del último de ellos.

19/01/10 · 23:33
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La escena parece sacada de una
película de los hermanos Cohen.
Una sala tétrica, repleta de gente
en la que nadie habla, con un calor
insoportable y una máquina de aire
acondicionado que únicamente
desprende aire caliente. Un hombre
apunta a mano, en una pequeña
libreta, decenas de nombres de
personas que no ha conocido en vida,
y tampoco lo hará. Es una morgue
de Tegucigalpa.

En concreto, a la que llegó el cuerpo
sin vida de Walter Tróchez, un joven
de 23 años, activista por los derechos
a la libertad sexual. Sólo unos
días antes de su asesinato, sus fotografías
aparecían en diversos medios
de comunicación, donde denunciaba
haber sido detenido y torturado
por miembros de la Policía hondureña.

Según Donis Reyes, coordinador
de la asociación LGTB de
Honduras, “lo que buscaban era información,
tanto de lo que estaban
haciendo los defensores de derechos
humanos como de lo que estaba haciendo
la resistencia”.
La céntrica calle donde recibió varios
balazos al inicio de la noche del
13 de diciembre de 2009 y donde dos
de sus acompañantes también resultaron
heridos apareció completamente
limpia la mañana siguiente.

La coordinación entre distintos cuerpos
estatales no suele ser un símbolo
de la política hondureña, pero, en este
caso, cualquier tipo de pista no tardó
en desaparecer.
Según diversos organismos por
los derechos humanos en Honduras,
es el último asesinato llevado
a cabo por sicarios relacionados
con el Gobierno de facto hacia un
miembro de la resistencia.

El primero, Isis Obed Murrillo

Apenas cinco meses antes, varios
policías posaban orgullosamente,
agarrando los brazos de uno de los
“fugitivos más peligrosos del país”.
Le achacan el asesinato de tres personas,
algo que, siendo un pastor
de la Iglesia Cristo Misionera, lo
convierte en una bomba informativa
que supera fronteras. Un detalle
de su detención no trascendió tanto:
es el padre del primer asesinado
por el Ejército hondureño desde
el golpe de Estado.

En la mirada de David Murillo resaltan
unos ojos bañados en lágrimas,
unas pupilas inyectadas en sangre.
Le arrebataron a su hijo, le privaron
de su libertad y le arrancaron
su dignidad. En apenas tres meses
su vida dio un vuelco, aplastando su
presente y amenazando su futuro.

En la noche del 28 de junio, José
David Murillo Sánchez, pastor,
agricultor y fotógrafo de eventos escolares,
no podía ni imaginar que
un grupo de élite del Ejército de su
país entraría en la casa presidencial
y sacaría a Manuel Zelaya de su casa
y de su cargo
. La reacción del
pueblo hondureño no se hizo esperar,
como tampoco la de este padre
de familia, con doce hijos, que ya
estaba acostumbrado a exigir en las
calles lo que sus mandatarios olvidaban
en sus cargos.

El día 5 de julio caminaba por la
carretera que lleva de su humilde comunidad
a Tegucigalpa acompañado
de miles de personas que conformaban
una de las marchas más
grandes
que se habían registrado
desde el inicio del golpe. A la altura
del aeropuerto, donde el contingente
esperaba la llegada de Zelaya,
chocaron con la policía. “Se van a
tragar unos de éstos”, gritaba, según
varios testigos, un militar mientras
levantaba en una mano una bomba
lacrimógena y se tocaba los testículos
con la otra. Pronto comenzaron
los disparos, pero lo que no esperaban
los manifestantes era que los gases
se mezclaran con balas expulsadas
por fusiles del Ejército.

David se intentó proteger como
el resto de sus compañeros para
esquivar el retén policial. A los pocos
minutos se empezaron a escuchar
comentarios sobre un muerto,
en ese momento no sabía que
se trataba de su hijo.
Isis Obed Murrillo, de 19 años, cayó
al suelo con una bala que se había
introducido por su nuca. En las imágenes
se ve cómo varios hombres
portan su cuerpo ensangrentado en
busca de una ambulancia. Cuando
consiguen depositarlo en un coche
que lo llevase a un hospital, uno de
ellos dice a las cámaras que tiene alrededor:
“La gente venía hacia atrás,
porque ya estaban disparando. Y un
militar, un antipatriota, un gorila
maldito se cuadró y le disparó al amigo.
Le pegó en la cabeza el balazo.
Aún va respirando. Tenemos esperanza”.

No duró mucho. Poco después
Isis estaba muerto.
Pero la crueldad de lo sucedido en
la familia Murillo no acaba ahí.
Intentando todavía asimilar un golpe
tan duro, David fue a declarar a la
policía por los hechos acaecidos.
Cual sería su sorpresa cuando a la
salida le esperaban unos cuantos oficiales,
pero no para darle sus condolencias
por la muerte de su hijo, sino
para arrestarle. Le imputaban crímenes
que supuestamente había realizado
tres años antes en una disputa
vecinal. Lo curioso es que los mismos
vecinos tardaron poco en recordarles
a las autoridades que no solamente
eran falsas esas acusaciones,
sino que las disputas que habían tenido
con el señor Murillo se habían
resuelto hace mucho y lo consideraban
incluso un amigo.

El miedo de las autoridades no era
enfrentarse a un asesino, sino algo
mucho peor. Temían la repercusión
que podía causar la muerte a sangre
fría de un muchacho, su hijo, que podía
convertirse en el primer mártir
de la resistencia hondureña. Pronto,
toda la estructura que ha protegido
el golpe de Estado se puso a funcionar,
no sólo a nivel policial y judicial,
sino también mediático. Los presentadores
de algunos de los programas
de mayor audiencia en Honduras no
dudaban en alabar a los cuerpos de
seguridad por haber detenido a un
peligroso criminal. La repercusión
fue tan grande que incluso la Iglesia
Pastoral a la que pertenecía le hizo a
un lado, pidiéndole que abandonase
la institución.

Sin embargo, medios de todo el
mundo retransmitieron el momento
en que Isis recibió el disparo y, como
a cualquier profesional, les extrañó
que apenas unos días después arrestasen
a su padre. La presión internacional
forzó la salida de David Murrillo
de la cárcel tras 37 días entre
rejas. Aunque sólo después de pagar
una fianza de mil euros, algo que le
llevó a la ruina económica.

Mientras el Gobierno de facto niega
la represión y los abusos a los derechos
humanos, un helicóptero sobrevuela
la casa de los Murillo haciendo
fotos mientras sus dueños
miran sorprendidos. Se suma a los
continuos mensajes de texto con
amenazas, las paradas en los retenes
y las persecuciones policiales en
medio de la ciudad.

Poco a poco la presión empieza a
hacer efecto. Una de las hijas más
jóvenes ha decidido huir de la ciudad
e incluso del país. Sin tener siquiera
dónde ir, les dijo a sus padres
que no podía más. Su hermana quiere
abandonar el trabajo, donde recibe
llamadas diarias con insultos hacia
su familia. Los niños más pequeños
entran en shock cada vez que
ven algún militar uniformado, algo
que se encuentra por casi todas las
calles de Tegucigalpa.

La cara de David Murillo no sólo
refleja la injusticia de lo que vive.
También descubre la rabia y la desilusión
en el rostro de una persona
que lleva años luchando por conseguir
un país mejor. Como miles de
hondureños, David ha participado
directamente en conseguir que
Honduras deje de ser uno de los países
más pobres de América Latina.
Por eso, siente que le han arrebatado
todo lo que consiguió.

La realidad de lo que sucede en esta
familia, como en la de Walter
Tróchez, no es un hecho aislado. Se
cuentan por miles las denuncias,
amenazas y malos tratos desde el inicio
del golpe de Estado. Isis fue sólo
la primera de las 23 víctimas registradas;
Walter, la última hasta el momento.
23 familias que no sólo han
perdido a un ser querido, sino que
han perdido también su libertad, sus
derechos y su dignidad.


La ley de amnistía consigue el apoyo de EE UU

“Tenemos que perdonarnos
todo, yo creo que
podría ser un paso hacia
eso”, dijo el presidente de
facto Roberto Micheletti,
declarado senador vitalicio,
en referencia a la amnistía
que preparaba el Congreso
para los delitos políticos
realizados antes, durante y
después del golpe de Estado
que derrocó al presidente
electo Manuel Zelaya.

“Todo lo que se derive
de los hechos del 28 de
junio debe ser objeto de lo
que se propone en el tema
de la amnistía, para que
haya paz, perdón para los
delitos políticos”, señaló
Porfirio Lobo, futuro presidente
hondureño y encargado
de llevar la propuesta
de amnistía al Congreso,
una institución que, al
igual que Lobo, avaló el
golpe de Estado.

“Resulta un conflicto de
interés gigantesco, evidente,
hasta impúdico, que
sean ellos mismos, los
que cometieron el delito,
los que se están perdonando”,
denunció el ex fiscal
y diputado Edmundo
Orellana.
El apoyo de EE UU ha
resultado clave. Según
Telesur, el embajador estadounidense
en Tegucigalpa,
Hugo Llorens, calificó
de “positivo” que el Congreso
hondureño de facto
haya abierto el análisis de
una eventual amnistía
política y elogió “el liderazgo”
de Porfirio Lobo. “Todo
lo que ha hecho el presidente
electo Lobo en ese
sentido tiene el apoyo de
EE UU”, declaró Llorens a
la radio HRN.

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