ÁFRICA // TRES RELATOS EN PRIMERA PERSONA RECUERDAN EL SALTO COORDINADO DE LA VALLA DE CEUTA Y MELILLA EN 2005
Historias del coraje al pie de la valla

Cuatro años después de los sucesos en la valla de Ceuta y Melilla, tres hombres que estuvieron allí ofrecen el testimonio de una auténtica
movilización que implicó a cientos de personas.

Isa Sow. Bamako (Mali)

23/10/09 · 1:33

Han pasado cuatro años y sin embargo
en la memoria de quien estuvo
allí, permanecen vivos los recuerdos
de esas noches de finales
de septiembre y primeros de octubre
en las vallas fronterizas de
Ceuta y Melilla.

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MELILLA, 2005. Inmigrantes velan el cuerpo sin vida de un compañero que, según varios testimonios, murió al intentar saltar la valla. CODEIN

Lo que sigue es el fruto de algunas
conversaciones realizadas en
Bamako con tres personas que vivieron
personalmente o indirectamente
los sucesos del 29 de septiembre
de 2005, cuando cientos de
emigrantes intentaron desesperadamente
cruzar la única frontera terrestre
que separa el continente africano
de Europa. Su iniciativa fue
brutalmente reprimida por la policía
de frontera y las semanas siguientes
estuvieron marcadas por
una serie de episodios violentos –redadas,
deportaciones al desierto,
expulsiones colectivas, negación
sistemática del derecho a solicitar
asilo político– con tal de aparentar
firmeza y aplacar la inquietud de
una opinión pública generosamente
nutrida con el mito de la invasión
de los bárbaros.
Difícil saber lo que realmente sucedió,
si se trató de un verdadero
“ataque” o más bien de una huída,
cuántas personas estuvieron implicadas
y cuántas fueron las víctimas.
Lo cierto es que se trató de un episodio
sin precedentes, y no sólo por
el nivel de violencia que los Estados
español y marroquí llegaron a autorizar
en nombre del control de las
fronteras, sino también por ser un
ejemplo espectacular de movilización
de los emigrantes.
El día del salto
“Nunca podré olvidar ese día, fue
algo increíble. Ese día decidimos
derribar la barrera, decidimos entrar
a España de una vez. Ya nos habíamos
cansado de África”, cuenta
Tiemoko, un joven camerunés actualmente
instalado en Bamako
(Malí). “Se había llegado a un punto
muerto, los que llevaban allí más
tiempo se iban desanimando. Había
que dar una señal a los recién llegados
y al mismo tiempo facilitar la
entrada a los ancianos”.
“Decidí irme hacia la frontera con
Melilla. Todos los africanos decidimos
irnos allá. Se juntaron más de
600 personas, senegaleses, marfileños,
malíes, congoleses, nigerianos...
cada uno se había organizado
con su comunidad”, relata el mali
Issa. Y su compatriota Seydou remacha:
“Para organizar las iniciativas
del 29 de septiembre hizo falta
que todas las comunidades estuviesen
de acuerdo”.
En estas afirmaciones se refleja
algo más que la frustración de
quien ha sido víctima de un acoso.
Es la reivindicación de quien
sabe cuál ha sido su papel en la
historia, el orgullo de quien se enfrenta
a cualquier obstáculo (sin
más medios que su rabia y un par
de escaleras), la conciencia de
quien se organiza.
Las 3.30 h, la hora establecida.
Cada uno toma su posición: “Por
delante iban los compañeros que
se encargaban de explorar el camino,
a su señal partían los que llevaban
las escaleras, justo detrás venían
las mujeres, porque había que
facilitarle el pasaje, y luego los demás”,
recuerda Tiemoko.
Sin embargo, la reacción de los
militares en la frontera no tarda en
llegar: “Cuando nos dirigimos hacia
las alambradas, llegaron los
helicópteros. Nos lanzaban gases
lacrimógenos”, rememora Issa.
“Llamamos a eso one espirit, ya
que todos nos sentíamos animados
por un solo espíritu: entramos todos
o morimos todos, nadie se echa
para atrás, nadie se va a quedar
preso… Entonces ellos empezaron
con el gas; también tenían armas
de aire comprimido, si te disparan
con esas, te paralizan algunos segundos.
Pero alguien que tiene en
el cuerpo la rabia que teníamos
nosotros, ni siquiera se entera de
los golpes”, continúa Tiemoko.
Cortos de ideas, los policías
cambian de estrategia: “Los militares
tomaron las armas y empezaron
a disparar de verdad sobre la
gente que avanzaba, nadie sabe
cuánta gente ha muerto allí”, asegura
Issa. Frente al recuento oficial
que habla de 5 asesinados en
Ceuta y 6 en Melilla, otros recuentos
hablan de 15 víctimas, pero el
total podría ser más alto. “Se llevaban
los cuerpos en los maleteros
de los coches para maquillar las
cifras. Sólo en mi familia hemos
perdido a tres chicos”, se lamenta.


Una asociación para borrar estigmas

“Nuestra experiencia en
las vallas es algo valioso
y tenemos que trasmitirla
a los jóvenes de nuestro
país”. Con estas premisas
nace ARTD (Retour, Travail
et Dignité, Retorno,
Trabajo y Dignidad), una
asociación creada en
Bamako por iniciativa de
los expulsados de Ceuta y
Melilla. “Hemos creado la
asociación tras reflexionar
sobre nuestro recorrido”,
nos cuenta el presidente,
Issa Coulibali. “Los expulsados
vuelven a casa
traumatizados y es muy
difícil para ellos. Les acogemos
en el aeropuerto,
sabemos cómo motivarlos:
hemos pasado por lo
mismo”.
El segundo paso es la
reinserción laboral. A
menudo quien regresa, al
no encontrar trabajo, ni
nada más que el juicio
excluyente de su entorno
social, no ve alternativas
a un nuevo “viaje” hacia
Europa. El esfuerzo económico
y emocional de
quien emprende este
camino implica, para bien
o para mal, a toda la
comunidad.
“Demasiados jóvenes se
preparan para intentar la
aventura sin conocer las
consecuencias. Tenemos
que explicarles lo que
pasó allí, lo que hemos
visto y lo que le puede
suceder en el camino.
Queremos que entiendan
que también pueden
ganarse la vida aquí”.

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