UNA HISTORIA DE CONQUISTAS Y DERROTAS

El derecho al descanso

En las teorías de los primeros
socialistas, las ocho
horas ya aparecen como un
ideal: ocho horas para trabajar,
ocho horas para dormir
y otras tantas para el
ocio. Ese ideal chocaba con
la realidad de las fábricas y
los campos del siglo XIX. En
las factorías se amontonaban
adultos y niños con jornadas
laborales de entre
14 y 16 horas, unas 64
horas semanales, según
algunos estudios. Robert
Owen, uno de los primeros

26/06/08 · 0:00
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El derecho al descanso

En las teorías de los primeros
socialistas, las ocho
horas ya aparecen como un
ideal: ocho horas para trabajar,
ocho horas para dormir
y otras tantas para el
ocio. Ese ideal chocaba con
la realidad de las fábricas y
los campos del siglo XIX. En
las factorías se amontonaban
adultos y niños con jornadas
laborales de entre
14 y 16 horas, unas 64
horas semanales, según
algunos estudios. Robert
Owen, uno de los primeros
utopistas, compró una fábrica
textil conocida como
New Lanark, donde realizó
el experimento de mejorar
las condiciones de los trabajadores.

Reducir la jornada
de 14 a 10 horas y
aumentar los salarios, lejos
de producir pérdidas, aumentó
los beneficios. Uno
de los primeros intentos de
unión fue el movimiento
luddita, que identificaba a
las máquinas y a la tecnología
(además de a sus patrones)
como los responsables
de sus miserables condiciones
laborales. En 1883,
Paul Lafargue en El Derecho
a la Pereza defendió,
en cambio, que la tecnología
abría la posibilidad de
reducir sensiblemente la jornada,
para poder dedicar el
resto del tiempo a la formación
y al ocio.

De las 16 a las 8 horas

La reducción de jornada, y en
concreto la jornada de ocho
horas, se convirtió en uno de
los estandartes de todo el
movimiento obrero en la última
mitad del siglo XIX y la primera
del siglo XX. El reclamo
de ocho horas inmortalizó la
fecha del 1 de mayo, en referencia
a los sucesos de Chicago
en 1886. En Inglaterra,
una serie de huelgas, violentamente
reprimidas, habían
conseguido la jornada de 10
horas en 1848. En 1890,
una prolongada huelga de los
mineros de Vizcaya conseguía
pasar de 12 a 10 horas de
trabajo diario. En febrero de
1919 se iniciaba una huelga
en Barcelona que se prolongó
por 44 días convirtiéndose en
huelga general, recordada
como huelga de La Canadiense.

En abril de ese año un
Real Decreto establecía la jornada
máxima legal en 48
horas salvo en la mayoría de
los trabajos agrícolas. En
1935, la Organización Internacional
del Trabajo fijó el
máximo permitido en 40
horas. Pero la Guerra Civil
impidió que fuera ratificada
en España. Tras la muerte de
Franco, el Estatuto de los Trabajadores
de 1980 fijó el
máximo en 42/43 horas
semanales y en 1983 la jornada
se redujo a 40 horas,
tal como se mantiene en la
legislación actual.

De las 8 a las 16 horas

La revolución rusa, con un modelo
social alternativo, despertó la imaginación
de trabajadores de todo el
mundo. Tanto el gran poder del
movimiento obrero en América y
Europa como el temor de las potencias
a que más países se dejen
seducir por las promesas del “paraíso
socialista”, llevó a los gobiernos
europeos a fortalecer el papel del
Estado y a dar paso a lo que se
conoció como Estado del Bienestar.
A principios de los años ‘80, la ola
conservadora y neoliberal (representada
por Reagan y Thatcher) y el
desmembramiento de la URSS,
influyeron en la progresiva y acelerada
pérdida de derechos laborales.

En 1989, curiosamente el
mismo mes en que caía el Muro de
Berlín, el economista John Williamson
escribía el documento que inspiraría
al Consenso de Washington,
que contiene los diez mandamientos
del neoliberalismo: “desregularás”,
“privatizarás”, “liberalizarás”,
“reducirás el gasto público”... Apenas
tres años después, el Tratado
de Maastricht, por el que se crea la
Unión Europea, adoptaba estas
ideas como constitutivas de la
nueva unión económica y política.
En el año 2000, con la Estrategia
de Lisboa, la UE se marcaba el
objetivo de convertirse en “la economía
del conocimiento más competitiva
y dinámica del mundo”. La
Constitución de la UE de 2004 confirmaba
la supeditación de los derechos
laborales a la competitividad.
La nueva directiva pone la guinda a
este viaje en el tiempo.


“Adiós a la salud y la conciliación”

Según Carme Alemany,
experta en género y trabajo,
“la directiva comporta
más segregación horizontal
y vertical y más precariedad
laboral para las
mujeres”. Éstas ocupan
los empleos peor remunerados,
con mayor número
de contratos temporales y
en consecuencia con
mayor precariedad laboral.
Las reformas laborales del
‘84 y ‘94 introdujeron los
contratos temporales y
parciales en el Estado
español. Según la socióloga
Teresa Torns, la parcialidad
se vendió como una
forma de “compatibilizar
empleo y cargas familiares
para las mujeres” cuando
implica más desigualdad
salarial, menor cualificación
e indefensión en
materia sindical y social.
Esta directiva es una vuelta
de tuerca más: “Podemos
despedirnos de la
salud, la conciliación de la
vida laboral, personal y
familiar y el reparto del trabajo
doméstico, los cuidados
y la educación entre
mujeres y hombres”.

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