ANÁLISIS: EL AGOTAMIENTO DEL CICLO DE LA CONSTRUCCIÓN OSCURECE EL HORIZONTE ECONÓMICO
Esperando la crisis...

Está fuera de toda duda que la economía española se
adentrará en un futuro próximo en un período de complicaciones
y dificultades. La bonanza de los últimos
años expresada por el crecimiento del PIB y la creación
de empleo toca a su fin. Las incógnitas que están
sobre el tapete son la cadencia del empeoramiento y
su intensidad. Los economistas que se dedican a escudriñar
los aspectos negativos de la situación económica
hace tiempo que señalan que la expansión estaba
agotada. Los cambios en la evolución económica han
ido quizás más despacio de lo que cabía prever pero,
en todo caso, parecían inevitables y ya han llegado.

26/12/07 · 23:14
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JOSUÉ

El núcleo de los problemas
está estrechamente relacionado
con la construcción.
Mantener el crecimiento
desaforado de los últimos años, en
particular en la construcción de viviendas,
era insostenible. Una caída
en la actividad de la construcción,
por el peso desmedido que ha alcanzado
en la economía, tendrá consecuencias
importantes en el crecimiento
del PIB y en el empleo (que
se destruirá fácilmente por su extrema
precariedad), y arrastrará tras sí
a otras muchas actividades. Por otro
lado, las subidas de precio de la vivienda,
motivadas fundamentalmente
por la especulación, han hecho
que millones de familias, a través de
hipotecas, se endeuden hasta unos
niveles insólitos para su renta, que
las mantendrán ahogadas durante
mucho tiempo. El consumo privado
se mantendrá resentido por ese alto
endeudamiento y su evolución estará
muy ligada al comportamiento de
los tipos de interés. Lo que ha acontecido
con la vivienda en los últimos
años en este país representa un mecanismo
de extorsión tan potente y
prolongado, que sus efectos se dejarán
sentir durante un largo plazo.

Funcionamiento distorsionado

Hay que tener en cuenta también
que los enormes recursos dedicados
a la construcción han distorsionado
el funcionamiento de la economía y
han impedido que el proceso de la
acumulación de capital haya sido armonioso
con las necesidades de un
país que ha de desenvolverse en un
contexto extraordinariamente competitivo
como el que representa el
mercado único, en unas condiciones
donde la competitividad sólo puede
lograrse por precios, calidad y desarrollo
tecnológico, puesto que el
euro, la moneda única, no permite el
recurso al tipo de cambio para equilibrar
las relaciones económicas con
el exterior. La pérdida de competitividad
de la economía española
se detecta en múltiples indicadores
y sobre todo se pone de manifiesto
por el enorme déficit de la
balanza de pagos y de la balanza
comercial. Las dificultades para
exportar serán crecientes mientras
que las importaciones se verán
estimuladas, con lo que esto
implica negativamente para el crecimiento
de la producción interior
y la creación de empleo.

Pero no acaban aquí los problemas
que el pasado de la construcción
entraña para el futuro de la economía
española. Recientemente ha
estallado una crisis hipotecaria en
los Estados Unidos, o crisis de las
subprime, como se la conoce. En ese
país, el sector de la vivienda ha tenido
también en los últimos años un
desarrollo hipertrofiado que, inevitablemente,
ha descansado en una
evolución desmedida del crédito hipotecario
que, a su vez, ha sido posible
por la concesión de créditos de
muy alto riesgo (subprime). Con el
retroceso de la demanda y la elevación
de los tipos de interés se ha producido
una convulsión financiera de
gravedad, consecuencias y efectos
temporales desconocidos. No hay
transparencia sobre lo que está ocurriendo
en el sistema financiero norteamericano
e internacional, ni hay
información fidedigna sobre las intervenciones
que están asumiendo
los bancos centrales de Estados Unidos
y europeo para hacer frente a los
agujeros que los impagos de hipotecas
y la depreciación de los activos
inmobiliarios están ocasionando. No
obstante, sí se sabe que la preocupación
es máxima y que se está recurriendo
a la inyección masiva de liquidez
por parte de las autoridades
monetarias para acotar el desarrollo
de la crisis, como viene siendo habitual
y de forma cada vez más intensa
cuando aparecen problemas en el
sistema. Ante ella, los organismos
internacionales han rebajado las
previsiones de crecimiento de la
economía mundial y ha cobrado mayor
incertidumbre el futuro de todo
Occidente. Inevitablemente, la economía
española sufrirá en mayor
o menor grado este deterioro generalizado
cuando, como se ha visto,
sus datos propios no trazan un
horizonte despejado.

De hecho, estos episodios ajenos
ya han alterado el clima económico y
financiero de nuestro país, pues algunas
instituciones se han visto afectadas
por la crisis de las subprime en
Estados Unidos, el mercado de valores
se ha resentido y cobrado inestabilidad,
los bancos han anunciado
que endurecerán su política de concesión
de préstamos y créditos hipotecarios
y las previsiones de crecimiento
para 2008 se han revisado a
la baja. En suma, con independencia
de la situación interna, la crisis en
Estados Unidos a través de la globalización
financiera internacional ya
ha empezado a tener efectos adversos
sobre la economía española.

No obstante, el gran interrogante
que abren los sucesos norteamericanos
es si podrán reproducirse directamente
en nuestro país, en el
que la construcción de viviendas, la
evolución de los precios y la expansión
del crédito hipotecario han sido
significativamente más acusadas
que en los Estados Unidos. Sería
temerario afirmar que ocurrirán
grandes convulsiones como consecuencia
del estallido de lo que se ha
venido a llamar la burbuja inmobiliaria.

Ahora bien, está igualmente
injustificado asegurar que todo está
bajo control y que esa burbuja se
desinflará sin provocar perturbaciones
sensibles. Como ha ocurrido
en Estados Unidos, también en el
mercado hipotecario español, para
sostener los altísimos ritmos de crecimiento
del crédito, se ha tenido
que recurrir a otorgar préstamos
subprime. Se dice que los activos
inmobiliarios son sanos, que el nivel
de créditos impagados, aunque
creciente, es muy bajo. Pero frente
a ello hay que poner de manifiesto
que el riesgo de los créditos hipotecarios
no es algo estático sino que
depende de la evolución económica
general, del empleo, de los tipos de
interés. Por otro lado, el gran castillo
de naipes que constituye en toda
economía moderna el sistema financiero
tiene una inestabilidad intrínseca
tan acusada que no se puede
garantizar que una conmoción importante
en un sector no acabe repercutiendo
en el conjunto del sistema.
El tiempo nos sacará de dudas.

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