PANORAMA: OBAMA ENCABEZA LAS ENCUESTAS PARA LA PRESIDENCIA
¿Es posible un presidente de los EE UU diferente?

El autor, sociólogo residente en New York, desgrana el panorama político abierto ante la
posibilidad de que un candidato con un discurso alejado al de Bush pueda llegar a la
presidencia. ¿Se trata de un cambio real o de una gran operación de márketing?

, sociólogo y guionista de TV
10/07/08 · 0:00
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IVÁN SOLBES

Cuando un tal Barak Hussein
Obama pronunció el
discurso central de la convención
del Partido Demócrata
estadounidense en 2004, muy
pocos podían imaginar que ese espigado
y locuaz afroamericano se perfilaría
como candidato a la Casa
Blanca cuatro años más tarde. La
obstinación incrédula de los Clinton
durante las recientes primarias demócratas,
que les ha llevado incluso
a dilapidar la fortuna familiar en su
histérica batalla contra el senador de
Illinois, ha subrayado el carácter
inesperado y anómalo del fenómeno
Obama. Sencillamente, no podían
creer lo que estaba pasando. No parecía
que ése fuera el plan previsto.

Sin embargo, a pocos meses de la
celebración de las elecciones norteamericanas
del próximo otoño, la imprevisible
anomalía inicial en el código
fuente de la alta política norteamericana
se ha consolidado como la
apuesta más audaz y potente de regeneración
sistémica, capaz tanto de
ilusionar y conectar a enormes sectores
de la población estadounidense,
como de proponer un programa
decidido de intervención sobre los
ejes fundamentales de la crítica coyuntura
actual: crisis de acumulación
capitalista y crisis de legitimidad
de las elites gobernantes.
Más allá de su decidida oposición
a la guerra en Iraq y de su intención
de retirar las tropas norteamericanas
de aquel país, elementos de una inequívoca
reorientación de la política
exterior estadounidense hacia un enfoque
multilateralista, Obama ha activado
a lo largo de los últimos meses
un cambio de paradigma que afecta
de manera integral a la semántica y a
la práctica políticas por arriba, decretando
definitivamente la derrota
del proyecto neocon y rompiendo
sensiblemente con algunos de los
axiomas neoliberales que han determinado
el ejercicio del gobierno desde
los primeros años ‘80.

Lógica y discurso movimentista

Consciente de la evidente desafección
de los estadounidenses a la clase
política nacional y de la enorme
crisis de legitimidad que ésta enfrenta
tras la desastrosa gestión de la
Administración de Bush, Obama ha
protagonizado un giro sustancial en
la organización, la comunicación y la
acción políticas que se ha acompañado
de un trabajo sólido e inteligente
en los imaginarios colectivos.

Tanto su decir como su hacer han tomado
la actual crisis de la representación
política como dato de partida,
planteando una recomposición de la
misma a partir de una paradójica
ruptura formal con las dinámicas tradicionales
de la propia representación
y de los partidos. Obama se ha
mirado en el espejo de los movimientos
sociales para vampirizar sus lenguajes
y sus prácticas. Durante la carrera
de las primarias demócratas no
se ha cansado de decirlo: “No represento
a un partido, soy la voz de un
movimiento”. Con una organización
desterritorializada y en red que ha
usado internet para hacer correr el
mensaje y ha movilizado a miles de
activistas por todo el país, su apuesta
no sólo ha revolucionado la práctica
política institucional, sino que ha materializado
un movimiento de base
capaz, entre otras cosas, de sostener
gran parte de la financiación de su
campaña. “No os pido el voto para
mí, sino para llevar hasta la Casa
Blanca a un movimiento que va a
cambiar América desde abajo”. Las
palabras de Obama han circulado
por una tupida red poblada sobre todo
de jóvenes convertidos en repetidores
de una señal capaz de ilusionar
a millones de norteamericanos.
La prueba más evidente de este giro
formal hacia los movimientos está
inscrita en el “Yes we can” que ha
vestido su campaña durante las primarias,
traducción casi literal del “Sí
se puede” que inundó EE UU durante
el importante movimiento de migrantes
de 2006.

Sobre esa base, el candidato demócrata
ha desarrollado un intenso
trabajo de intervención en los imaginarios
colectivos, intentando marcar
distancia con la retórica de la clase
política y tratando de recomponer algunos
de los maltrechos mitos fundadores
de la nación norteamericana.
Explorando los universos simbólicos
progresistas de su país, el equipo
de Obama ha tejido inteligentemente
un hilo que no solamente ha
unido a los más jóvenes con la generación
que protagonizó los convulsos
años ‘60, sino que ha ligado al
candidato demócrata con fuertes mitos
colectivos como Martin Luther
King o John F. Kennedy. Prueba de
ello es la frase hecha con la que muchos
norteamericanos responden casi
automáticamente a la pregunta sobre
la suerte de Obama en las elecciones
de noviembre: “Ganará, si no
lo asesinan antes”.

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