LA SOCIALDEMOCRACIA DISIDENTE Y LOS EX COMUNISTAS ARAÑAN UN MILLÓN DE VOTOS A SCHR_ñDER
El despegue de la izquierda electoral

Independientemente del desenlace de
las negociaciones para formar Gobierno,
las elecciones del pasado 18 de septiembre
demuestran que los alemanes no
quieren saber nada del modelo neoliberal
puro y duro anglosajón. Un rechazo
amplificado por el regreso de reformistas
como Oskar Lafontaine, antes uno de
los enemigos favoritos de la izquierda
social como presidente del partido socialdemócrata
y hoy, referencia para el
desarrollo de una alternativa electoral.

16/05/06 · 21:23
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El 1 de julio, los diputados del SPD
sorprendían en la sesión de disolución
del Bundestag atacando a un
empresariado alemán “que no crea
empleo a pesar de las facilidades
concedidas”. La socialdemocracia
había perdido su bastión de Westfalia
en las regionales de mayo y la
cúpula del partido entendía que, de
cara a las generales de septiembre,
era vital recuperar el perfil progresista.
Ese mismo 1 de julio, curiosamente,
el gobierno SPD-Verdes comunicaba
la congelación de las
pensiones (por segundo año consecutivo;
un hito en la historia alemana)
y entraba en vigor el aumento
de un 0,45 % de la cotización a la
seguridad social para sufragar prestaciones
hasta ese momento recogidas
en el catálogo del seguro público
de enfermedad. El 0,45% restado
del salario, por cierto, lo paga
sólo el trabajador y no a medias con
la empresa como ocurre con otras
deducciones. Las medidas insisten
en recordar la naturaleza de la política
SPD-Verdes, siete años extendiendo
la precarización e individualizando
los riesgos del mercado. Y
en la campaña electoral era menester
enmascarar este balance. Los
estrategas del SPD saben que la
mayoría de la sociedad alemana ya
no digiere más inseguridad. Pero lo
hecho, hecho estaba, así que el primer
objetivo socialdemócrata era
neutralizar el discurso de la oposición
de izquierda y sobre todo de
Oskar Lafontaine, hasta 1998 dirigente
del SPD. Su nuevo partido, la
Alternativa por el Empleo y la
Justicia Social (WASG), defiende
un reformismo clásico, basado en
incentivar la demanda interna y en
redistribuir la riqueza.

Y nada temía más Schröder que
a un Lafontaine poniendo cifras sobre
la mesa y demostrando quién
se beneficia de la política fiscal, de
los recortes. Pero el debate socioeconómico
lanzado por Lafontaine
quedó eclipsado por acusaciones
de narcisismo y populismo por pedir
una renta básica para todos los
ciudadanos de Alemania.

El Frankfurter Rundschau calificó
la campaña electoral de "inusitadamente
hueca". Pero esa falta de
sustancia no fue casual. Relegada a
un segundo plano mediático la candidatura
Izquierda-PDS (Wasg +
poscomunistas de Gysi), la campaña
quedó polarizada, como el SPD
buscaba, en la opción Schröder-
Merkel. La propuesta ultraliberal
de conservadores y liberales entregó
en bandeja a SPD-Verdes la etiqueta
de defensores del ciudadano
medio.

La izquierda crece en el oeste

Los resultados de esa estrategia hablan
por sí solos, el SPD pierde menos
votos de los que temía y la
Izquierda-PDS obtiene un 8,7%
cuando en junio las encuestas le daban
un 12%. No obstante, Lafontaine
y Gysi han arrebatado un millón
de votos al SPD. En el oeste del
país, la Wasg (una plataforma surgida
de las movilizaciones contra la
reforma del mercado laboral) logra
un significativo apoyo en las grandes
urbes: Bremen (8,5%), Cuenca
del Ruhr (7%), El Sarre (20%). En
esos lugares, la izquierda radical
no había pasado del 2% en 2002.
Otra cifra reveladora: mientras en
el este el voto a Izquierda-PDS suma
el 25,4% (+9%), en el oeste se
queda en el 5%.

En general, Izquierda-PDS recibió
el apoyo crítico de iniciativas de
base. Corinna, del Foro Social de
Berlín, explica ese voto táctico: "La
prioridad es crear estructuras solidarias
y extraparlamentarias, pero
les voté porque, a pesar de las críticas,
no se puede negar que ese 9%
es una forma de articularse políticamente.
Por otra parte, me ha sorprendido
la enorme atención que
se ha prestado a esa candidatura en
mi entorno político; en el fondo, traduce
un deseo de representación
que yo no comparto”. Otros simpatizantes
de la izquierda social consideran,
por su parte, que nada se
puede esperar de un partido como
el PDS que acepta la lógica neoliberal
cuando gobierna, como en la coalición
de Berlín con el SPD. La
campaña habría sido un momento
ideal para que los grupos de base
intervinieran para captar la atención
del ciudadano, pero por falta
de capacidad no ha sido posible.

División en los sindicatos

Según un reciente informe de la
UE, los salarios reales bajaron un
0,9% en Alemania entre 1995 y
2004. En ese período, los costes laborales
unitarios crecieron apenas
un 2,5%, la menor subida de la UE.
Cifras que hablan de pérdida de poder
adquisitivo, por un lado, y rebaten
el mito empresarial de Alemania
como un país con costes laborales
disparatados. Los costes apenas
suben, los beneficios crecen, pero
se sigue destruyendo empleo. Sólo
esos datos podrían haber convencido
a los sindicatos de la necesidad
de negar el voto al Gobierno SPDVerde.
Pero no ha sido así. Los planes
de conservadores y liberales para
cercenar el margen de intervención
de los sindicatos han colaborado
para que la mayoría de las directivas
sectoriales hayan buscado la
cercanía del Gobierno. Sólo los sindicatos
del metal y del sector servicios
han tenido una actitud más crítica
y un número significativo de
sus miembros ha pedido el voto para
Izquierda-PDS.

Estancamiento de los neonazis

La ultraderecha logró un discreto
1,6% (744.000 votos; en 2002,
un 0,4%). Sólo en algunas zonas
del este tienen una presencia electoral
apreciable. En Sajonia, el
NPD supera a los Verdes con el
4,9%. En esta región, la ultraderecha
tiene estructuras y clientela
electoral estables. No obstante sería
muy atrevido pensar que el potencial
racista en Alemania se limita
a ese 1,6%. Un reciente estudio
de la Universidad Libre de Berlín revela
que el 31% de los habitantes
del estado de Brandeburgo comparte
posturas racistas. De éstos,
la mitad vota al SPD o a la CDU.

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