“Desobedezco sus leyes para mostrar que no sirven”

Flor Crisóstomo es una emigrante mexicana que lleva más de 500 días encerrada en una iglesia de Chicago. Desde allí resiste a su deportación y lucha por la libertad de movimientos.

24/07/09 · 0:00

Flor Crisóstomo creció en Oaxaca, México. En el año 2000, con 20 años, decidió emigrar a EE UU para poder sostener a su familia, dejando allí a su madre y a dos hijos y una hija. Asegura que su salida no fue “por vivir el sueño americano”, sino por los tratados comerciales que producen la emigración forzosa de millones de personas.

Ahora se encuentra encerrada en una iglesia en Chicago, la iglesia Metodista San Adalberto, después de que un juez federal dictara la orden de deportación. Es su forma de seguir luchando contra la política migratoria. La misma iglesia en la que estuvo Elvira Arellano, cuyo caso fue internacionalmente conocido. Con ella compartió su primera huelga de hambre tras ser arrestada en una de las principales redadas llevadas a cabo en el año 2006, el año de las masivas movilizaciones de inmigrantes en el país.

DIAGONAL: ¿Por qué decidiste encerrarte en esta iglesia?

FLOR CRISÓSTOMO: Soy miembro de esta iglesia desde que me arrestaron en una redada en la compañía IFCO Systems en 2006. Detuvieron en todo el país a 1.200 hombres, y sólo dos mujeres. Fue la redada que marcó el tiempo que estamos viviendo ahora, de enorme persecución contra el migrante indocumentado. Todos los trabajadores fueron deportados automáticamente, excepto quienes estábamos en Chicago. Entre las organizaciones que nos apoyaron estaba Centro Sin Fronteras, que es parte de esta iglesia. Durante dos años desarrollamos mucho trabajo político, pero el proceso de lucha culminó cuando el juez de migración dictó que el 28 de enero de 2008 era el día final para salir voluntariamente del país. Yo decidí quedarme, y aquí me he mantenido, durante más de 500 días, haciendo mucho trabajo.

D.: ¿Cómo fue el trato recibido en el centro de detención de personas migrantes?

F.C.: A las mujeres nos humillaron de una forma horrible delante de los hombres. Son procesos muy difíciles como mujer. A cada momento traté de hacerme una persona muy fuerte. Me sacaban de la celda, me sentaban en una silla atada de pies y manos, y me enseñaban documentos para que firmara mi salida voluntaria. Los agentes de migración torturan psicológica y físicamente. Violaron nuestros derechos. Yo no podía quedarme callada después de eso.

D.: ¿Qué tipo de trabajo estás realizando en la iglesia con las personas que vienen a verte?

F.C.: Lo principal es hablar de la separación de familias por el desplazamiento forzado de inmigrantes en busca de trabajo. Vienen estudiantes de universidades de todo el país y les explico que el Tratado de Libre Comercio no es el buen proyecto que les dicen en sus clases: somos más de seis millones de mexicanos indocumentados, el TLC nos negó la oportunidad de mantener nuestro pequeño negocio, le negó a nuestros campesinos poder trabajar sus tierras, y a muchos profesionales el ejercer su profesión. Yo les digo que soy una mujer indígena que nunca quiso llegar aquí a vivir el sueño americano, soy una mujer a la que se le negó el mantener su cultura, su lengua, su tradición, y a su familia junta.

Otro de los proyectos que tenemos es crear un sistema de medios independiente. Y el proyecto más grande es el trabajo con mujeres que están quedando desempleadas, muchas sufren abusos por sus parejas, o madres solteras que como yo algún día tuvieron la necesidad de emigrar a este país. Las apoyamos para que realicen trabajos colectivos, que formen sus cooperativas y puedan cambiar sus vidas.

D.: ¿Qué consecuencias puede tener para ti este encierro?

F.C.: Me dicen que lo único que queda es que me deporten o que me den entre 15 y 35 años de cárcel. Es muy difícil de asimilar incluso para mí, pero puedo aceptar cualquier castigo por haber desobedecido una orden federal. Esto es una acción de desobediencia civil. Estoy mostrando que sus leyes no sirven.

Por otra parte, da mucha satisfacción que al menos cuatro de los trabajadores de los 26 que nos arrestaron en Chicago nos hayamos quedado. Hemos conseguido un reconocimiento, y lo importante de esto es que nuestra gente se active. El Gobierno a mí no me derrotó, todo lo contrario, me sacó de la oscuridad, me dio la voz que yo necesitaba tener, me abrió mi conciencia.


“OBAMA NO SE COMPROMETE A ACABAR CON LAS REDADAS”

La esperanza, en algunos grupos bastante ciega, en la reforma migratoria prometida por Obama durante la campaña para la elección presidencial parece que se desvanece después de que se hayan rebasado los cien días de Gobierno puestos por él mismo como límite para actuar en este sentido.

Así, la exigencia de medidas específicas al Gobierno estadounidense se escucha cada vez más alto. El pasado 25 de junio, varios congresistas se reunieron con el presidente para tratar el tema migratorio, reunión que había sido pospuesta en dos ocasiones. Obama nombró entonces a la secretaria de Seguridad Interna –equivalente al Ministerio de Interior–, Janet Napolitano, como enlace con el Congreso sobre el tema migratorio.

Flor Crisóstomo considera este nombramiento como un posible avance, pero con ello “Obama no adopta el compromiso político de someter a moratoria las redadas y deportaciones hasta que se realice la legislación sobre migración, tal como estamos demandando la gran mayoría de la comunidad migrante”.

Sobre las posibles actuaciones legislativas hacia la población migrante indocumentada se está hablando desde hace tiempo de que se implemente la propuesta de ley denominada DREAM Act, que pretende regular la situación de cientos de miles de estudiantes sin papeles legales de residencia. Esta regulación es denunciada como tramposa por algunas organizaciones debido a presuntos intereses de que sirva para aumentar el número de militares en el ejército estadounidense.

Otra propuesta está dirigida a la regularización de quienes trabajan de forma irregular en los campos. Para Flor se debe hablar de una reforma migratoria integral “pues los 12 millones de personas indocumentadas no somos todas estudiantes o trabajadores del campo”, considera que “los jóvenes no deben caer en ese individualismo de pensar sólo en su problemática y unirse con sus padres y madres, hermanos, abuelos” y añade que las propuestas planteadas hasta ahora como posibles medidas “no incluyen a toda la comunidad migrante”.

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Hacia el norte. Flor dejó en Oaxaca a su madre y tres hijos hace nueve años.
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