CHINA // 60 AÑOS DE LA REPÚBLICA POPULAR
Desigualdades en la fábrica del mundo

La nueva China celebra este 1 de octubre seis décadas
de existencia, con las estructuras políticas y administrativas
de 1949 intactas, pero con grandes cambios
en la economía, la sociedad y la política exterior.

09/10/09 · 0:02
Edición impresa
Texto de A.L.F.
FOLCLORE. Las imágenes de Mao Zedong, padre de la R.P. China conviven con la de Deng Xiaoping, iniciador de la transición al capitalismo.

La transformación socioeconómica
que ha convertido a China en una
potencia emergente de primer orden
en el escenario global tiene unos 30
años y comenzó con las políticas de
reforma y apertura introducidas por
Deng Xiaoping en 1978. A esas políticas,
que contribuyeron a liberalizar
gradualmente la economía nacional
y abrirla al exterior, se sumaron
otras que también influyeron notablemente
en la configuración de la
China actual, como la política del hijo
único, destinada a controlar el preocupante
crecimiento de la población.
A pesar de la omnipresente
imagen de Mao y su legado ideológico,
el capitalismo/socialismo con características
chinas es heredero de
las reformas de Deng y, junto a las
luces del crecimiento económico,
proyecta sombras cada vez más negras
en clave de desigualdades sociales
y desequilibrios territoriales.
Los valores tradicionales y el incipiente
nacionalismo estatal han llenado
el vacío de los valores socialistas
que se iban perdiendo por el
camino como elemento de cohesión
social y legitimación del inmutable
sistema político-administrativo de la
nueva China: partido y Estado son
complementarios. En el discurso oficial,
el principio de unidad sigue presente
y entronca con las raíces comunistas
maoístas, mero objeto de
culto sociopolítico en la actualidad.
Pese a la reforma y la apertura, el
Estado sigue controlando directa o
indirectamente la economía nacional,
por lo que las buenas relaciones
con la administración son esenciales
para lograr el progreso individual. Al
amparo de las prácticas capitalistas y
las redes de influencias ha surgido
una generación de nuevos ricos, así
como una clase media urbana emergente
que retroalimenta las dinámicas
del mercado con su cultura de
consumismo. A su lado están lasmasas
de trabajadores de las áreas
urbanas e industrializadas, en su
mayoría migrantes de primera o
segunda generación, y campesinos
de las áreas rurales agropecuarias,
carentes de servicios sociales básicos
como educación, sanidad o seguridad
social, que el Estado apenas cubre.
El crecimiento económico que
ha hecho de China una potencia
emergente se debe principalmente a
esa mano de obra barata y con escasos
derechos laborales que sigue
existiendo. El Gobierno chino es
consciente de esa realidad y, pese a
las eventuales aureolas de grandeza,
se autodefine como un país en vías
de desarrollo. Incluso el freno de las
desigualdades sociales está todavía
en la agenda, pero cada estrato cumple
su función en este modelo de
desarrollo: los nuevos ricos y la clase
media urbana contribuyen al consumo,
incluso de importación occidental;
mientras que las masas de
trabajadores migrantes se emplean
en la gran fábrica del mundo, en las
colosales obras de construcción de
infraestructuras... y los demás, clases
media baja o baja de la sociedad,
sobreviven de la agricultura o la
minería, en zonas rurales, o de los
servicios en las zonas urbanas, con
elevados niveles de desprotección.
Y junto a las implicaciones sociales
del presente modelo de desarrollo chino
están las medioambientales, que
amenazan con traer más cambios.
Al margen del nacionalismo imperante
y de las contradicciones que
presenta su modelo de desarrollo socioeconómico,
China también encara
tensiones interétnicas a las que ha
respondido con represión en aras del
incuestionable principio de unidad.
Es el caso de la región autónoma
uigur de Xinjiang y de la región autónoma
del Tíbet, ambas en el extremo
occidental del país. Con su
acción político-militar represiva,
China se aleja de la comunidad internacional,
que responde con críticas.
Sin embargo, en sus relaciones
exteriores siguen primando los intereses
económicos y, en ese ámbito,
se ha ido ganando la confianza de la
comunidad internacional, que ha
aplaudido su incorporación a la
Organización Mundial del Comercio
(2005) y la organización de eventos
globales como los Juegos de Beijing
en 2008 o la próxima Exposición
Universal de Shanghai en 2010.
La misma connivencia se da en el
control de la información y de la sociedad
civil que se pueda articular
mediante redes. La censura y la propaganda
siguen caracterizando la
China actual y moldeando sus cambios
en la esfera sociopolítica.


PANORAMA ECONÓMICO: EN LA TRAMPA DEL DESARROLLO

RICARDO MOLERO (de la revista Economía crítica)

Desde 1978 China ha experimentado
un crecimiento económico
que probablemente
no tenga antecedentes en la
historia de la humanidad, por
lo intenso y continuado del
mismo. No obstante, este crecimiento
ha ido acompañado
de un incremento igual de
espectacular de la desigualdad
en una sociedad que,
hasta entonces, era de las
más igualitarias del planeta.
Lejos de ser un efecto colateral,
como afirman la mayoría
de analistas, el desigual
reparto de sus frutos es la
base sobre la que se ha sostenido
el crecimiento. Más
aún, sin verse compensada
por una mejora real del nivel
de vida de la población, esa
desigualdad amenaza ahora
con producir una dislocación
social. A finales de los ‘70 la
revolución maoísta había
logrado alcanzar (no sin
cometer atropellos difícilmente
justificables) un precario
equilibrio entre las tres variables
que regían su proceso de
transformación: el socialismo,
el nacionalismo y el desarrollismo.
Por un lado, gracias a
un marcado igualitarismo,
había satisfecho de manera
generalizada las necesidades
básicas de la población. Por
otro lado, después de sacudirse
el yugo semi colonial que
aprisionó a China desde
mediados del siglo XIX, disfrutaba
de una, aunque sufrida y
relativa, independencia política.
Por último, a pesar de no
haber alcanzado a las potencias
capitalistas, como era su
objetivo, la economía crecía
en tasas superiores a las del
denominado Tercer Mundo.
Sin embargo, los mecanismos
que aseguraban el igualitarismo
(las comunas rurales y el
sistema laboral del danwei)
ponían un límite al excedente
económico acumulable por el
sistema de planificación. Y
como esto amenazaba al crecimiento,
el equilibrio fue roto
favoreciendo a las vetas desarrollista
y nacionalista del proyecto
maoísta.
De modo que en la III Sesión
del XI Congreso del PCC, celebrada
en diciembre de 1978,
se inició un proceso de reforma
con el que se pretendía
lograr un incremento de la
productividad del sistema.
Para ello se introdujeron
incentivos individuales que
debían mejorar la eficiencia
de las empresas estatales y
las explotaciones rurales. El
problema surgió cuando los
incentivos individuales se convirtieron
en intereses privados
que presionaban por una
cada vez mayor liberalización
de la economía. Así, después
de que en 1992 Deng Xiaoping
proclamase que “el
desarrollo es el argumento
irrefutable”, se abrió la veda
para la privatización masiva
de empresas estatales y la
desaparición de los derechos
laborales y sociales de los trabajadores.
El mercado se hizo
por fin su hueco. Su expansión
culminó con la entrada del país en la OMC en
2001, que consolidó a la
economía china en su posición
de “fábrica del mundo”
basada en unos irrisorios
costes laborales. China
había caído en la trampa
del desarrollo económico,
en nombre del cual se perpetraba
una auténtica contrarrevolución
de la que
sólo unos pocos se iban a
beneficiar. 30 años después
del inicio de la reforma
se ha borrado todo rastro
de las aspiraciones
socialistas del maoísmo.
Los beneficios, de los que
se ha alimentado el crecimiento,
se han elevado
desorbitadamente a costa
de los salarios. Esto ha
derivado en un agudo
empeoramiento de la distribución
de la renta, no sólo
entre el campo y la ciudad
(debido al hukou, el estricto
sistema de control de la
migración interna), sino
también en el conjunto de
la sociedad china. Más
aún, el tan desigualmente
repartido incremento de la
renta per cápita no ha
repercutido en una mejora
de las condiciones de vida
del conjunto de la población.
No se trata sólo de
que ésta haya perdido servicios
públicos básicos
como la educación y la
sanidad, sino que, además,
se han generalizado fenómenos
desconocidos
durante la época maoísta,
como la pobreza urbana.
El consenso tradicional
chino afirma que mientras
“la escasez no importa, la
desigualdad sí”. Conscientes
del peligro de dislocación
que ésta comporta,
el PCC aprobó en su Congreso
de 2007 una serie
de tímidas medidas redistributivas
(como el intento
de creación de un sistema
de sanidad pública) con
las que pretenden rebajar
el riesgo de estallidos
sociales.


CRECIMIENTO VS MEDIOAMBIENTE

CRISIS HÍDRICA
Cerca del 80% de los ríos chinos están contaminados. Los
vertidos industriales a las principales cuencas los convierten
en no aptos para el consumo humano. El modelo industrial,
basado en el consumo desmedido de recursos naturales, está
provocando enormes consecuencias: ciudades desabastecidas,
falta de suministro para la agricultura, etc.

EL PRIMER CONTAMINADOR BRUTO
China se ha convertido en el primer contaminador bruto de
gases de efecto invernadero (EE UU es el primer contaminador
mundial per cápita) y el primer consumidor de carbón.
Según Wall Street Journal, si continúa la actual tendencia,
China podría emitir dentro de 25 años el doble de estos gases
que Europa, América del Norte, Japón y Corea del Sur juntos.

SAQUEO DE RECURSOS
Las ingentes necesidades energéticas, alimenticias y de
otras materias primas, sobre todo de petróleo, han provocado
un giro en el tradicional aislacionismo chino. El ex
presidente sudafricano Thabo Mbeki, advertía en 2007
del peligro de caer en una “relación colonial” con China
si el continente no actúa con cautela. África proporciona
el 30% de las importaciones chinas de petróleo.

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