Pacto PP-PSOE
Como dos frutas pochas

El pacto de Estado acordado por PP y PSOE muestra en primer lugar la vacuidad de estos acuerdos y, en segundo, el estado terminal del bipartidismo.

, Periodista
27/06/13 · 8:00
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Cualquier oficio está sustentado en convenciones culturales. Sabes que puedes llamar a las 4am al timbre de un médico, ese tipo con la convención del juramento hipocrático a cuestas, por la misma razón que sabes que si haces eso en la casa de un francotirador, pues como que no. El oficio de político español, así, está férreamente sujeto a convenciones. Es posible que, en ese sentido, sea el más sometido a convenciones de todo el continente. De hecho, en otros biotopos, ese oficio no se tabula tanto en convenciones como en cargos electos. Si no eres cargo electo, no pintas nada. Y si lo eres, te debes a otras convenciones. Un político, aquí, por lo contrario, es aquel que se autodefine como político, y cuya pose y actividad se enmarca en la convención del político español. Bárcenas, por ejemplo, es un político convencional. Como sucede con todas las convenciones culturales, esas mamonas, la única manera de que un político abandone el campo semántico de la política es superándolas. Lo que ha posibilitado que en los últimos 35 años abandonaran la política personajes, snif, en las antípodas de Bárcenas, un político tan convencional que hasta su ropa interior es predecible.

La convención del político está tan cerrada en la CT [Cultura de la Transición] que posibilita que un político municipal, un diputado de medio pelo que en su vida ha abierto la boca, un presidente de Gobierno, o un jefe de la oposición, compartan convenciones. Es decir, cosmovisiones. Es decir, comportamientos. De hecho, en un Estado que renunció a la política hace la tira, en el que la política hace la tira, cuando existió, consistió en retirar la soberanía del mercado y cederla a la UE, en un Estado, vamos, que ejerce de Recursos Humanos de la UE, y en el que las políticas duras vienen de fuera, el oficio de político es poco más que su convención. Consiste, vamos, en ceremonias, ese atributo del poder. ‘El’ pacto nacional de lo que sea, desde los Pactos de la Moncloa –esa cosa que no fue idea de ningún político local, esa primera medida de poder venida de fuera– son la ceremonia definitiva, la bomba, el no va más. No sólo son el do de pecho de la convención política local, sino que configuran la convención de otros oficios. Como el de periodista, ese oficio consistente, entiéndase el exceso, en explicar los pactos nacionales, su brillantez, su carácter democrático y obligatorio.

Desde los de la Moncloa, estos ojos que se van a comer los gusanos han visto pactos nacionales para todo menos para las espinillas y los puntos negros. Los pactos nacionales crean cohesión en torno al régimen, fijan el límite de lo posible y fijan marcos intelectuales. Además, y por el mismo precio, ofrecían una fotografía, en la que diversos políticos sonreían, se daban la mano y ponían cara de tipos responsables by a tube. En un Estado en que jamás se dio la situación de tener que pintar un Jeu de Paume, los pactos y sus fotos eran algo parecido a un Jeu de Paume.

El carácter propagandístico, cohesionador, irrelevante en términos absolutos –el Pacto de Toledo, uno de los que más han durado, ha acabado como un pacto con la nación sioux–, el hecho de que los pactos sean un producto político inexportable, ceremonial, vacío, un sello de la convención política local, quizás ha quedado visto para sentencia con el Pacto por Europa de PPSOE, dos partidos abandonados a su rutina. De la que, como sucede con los abuelitos pochos, es posible que ya no salgan. La rutina, la convención, consiste en suponer que existe la dinámica anterior en la política local, y que existe la posibilidad de que alguien crea que existe un diálogo con Europa. Y que existe un oficio convencional, el de político, que lo realiza.

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