ENTORNO // CONSECUENCIAS DE LA CIVILIZACIÓN DEL AUTOMÓVIL
El coche devora la ciudad... y el tiempo
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KIOTO A LA BASURA. El Gobierno prevé
construir 6.000 kilómetros más de autopistas
en los próximos años.

Texto de Elena Díaz, miembro de Ecologistas en Acción

15/05/06 · 16:45
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KIOTO A LA BASURA. El Gobierno prevé
construir 6.000 kilómetros más de autopistas
en los próximos años.

Texto de Elena Díaz, miembro de Ecologistas en Acción

Hace ya tiempo que los
problemas que ocasiona
el uso del automóvil han
empezado a hacerse visibles,
sobre todo en las ciudades, aunque
bien es verdad que la percepción
de los mismos, siempre ocultada por
una ideología social que eleva al coche
a los altares del consumismo y
del triunfo social, dista mucho de ser
objetiva y se queda a años luz de su
implacable realidad.

Pero los datos son tercos e imponen
su ley. Año tras año se superan
los récords de venta de coches (más
de un millón y medio al año) y la movilidad
motorizada crece a un ritmo
desbocado, muy por encima del PIB,
del empleo o de cualquier sector económico,
agravándose los problemas
que ocasiona.

El más visible de ellos es la congestión
(que sólo es un síntoma de la
enfermedad del transporte). Los políticos
han tratado el síntoma construyendo
más carreteras, es decir,
generando más tráfico y agravando
la enfermedad, haciendo realidad
aquella frase de Quevedo de que “peor
que estar enfermo es tener un mal
médico”. Por ello, no dejan de crecer
otros síntomas más preocupantes
como son la contaminación del aire,
el ruido o los accidentes, nebulosamente
visibles para el conjunto de la
ciudadanía y aceptados como el necesario
precio a pagar por el progreso
que nos depara el automóvil.

Otro tipo de problemas, como el
consumo de petróleo (casi la mitad
del consumo total en un escenario
de precios en alza y futura escasez) y
las emisiones de CO2 resultantes
(crecen a un ritmo de 4% al año) quedan
más en la sombra, porque ponen
en evidencia no sólo la insostenibilidad
ecológica del sistema de
transporte, sino también su inviabilidad
a medio y largo plazo.

Pero el coche ha producido también
cambios en nuestro modo de
vida que nos hacen pensar en él
erróneamente como la solución y no
como el problema. La expansión de
la urbanización, que crea ciudades
difusas, donde residencia, comercio,
trabajo y ocio están esparcidos por
el territorio -con su consiguiente
ocupación y degradación- ha provocado
un incremento de los viajes en
coche: el automóvil crea distancias
que sólo él puede recorrer. Como
consecuencia, no sólo se va destruyendo
la vida urbana (centros congestionados
y periferias desalmadas,
con calles vacías de vida), sino que
pagamos un alto precio en forma de
tiempo que dedicamos a transportarnos.
Paradójicamente, la posibilidad
de viajar rápidamente en
nuestro propio vehículo nos ha
proporcionado un aumento de las
distancias a recorrer y del tiempo
empleado en transportarnos.

Cuando Henry Ford propuso resolver
los problemas de la ciudad
abandonándolas “para vivir entre
flores, lejos de las calles abarrotadas”,
sabía muy bien lo que se proponía:
vender más automóviles.
Pero, a pesar de la publicidad, no
todo el mundo tiene coche. El automóvil
no es un derecho, sino un privilegio
de pocos; no puede ser ni será
nunca un transporte universal,
ya que excluye a amplias capas de
la población -niños, ancianos, discapacitados,
mujeres y hombres sin
carné o sin recursos económicos-
que a medida que el coche se impone
ven disminuir sus posibilidades
de movilidad y de autonomía.

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