CORRUPCIÓN EN EL PP //
El caso Gürtel y la servidumbre voluntaria valenciana

En la aurora de la modernidad, el humanista francés Etienne de la Boétie nos regaló una pequeña gran joya del pensamiento político de todos los tiempos titulada De la servidumbre voluntaria. En ella, este pensador intentaba dar respuesta a un enigma a la vez fascinante y terrible: ¿cómo es posible el hecho de la dominación política? ¿Cómo se explica la facilidad con que los seres humanos se doblegan ante la voluntad particular de un líder? ¿Por qué es tan recurrente en la historia la lucha de la humanidad por la esclavitud, en lugar de por la libertad?

19/10/09 · 16:21
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En la aurora de la modernidad, el humanista francés Etienne de la Boétie nos regaló una pequeña gran joya del pensamiento político de todos los tiempos titulada De la servidumbre voluntaria. En ella, este pensador intentaba dar respuesta a un enigma a la vez fascinante y terrible: ¿cómo es posible el hecho de la dominación política? ¿Cómo se explica la facilidad con que los seres humanos se doblegan ante la voluntad particular de un líder? ¿Por qué es tan recurrente en la historia la lucha de la humanidad por la esclavitud, en lugar de por la libertad? El hecho es tanto más aberrante si tenemos en cuenta que nada nos destina por naturaleza a ello, ya que si alguna cosa caracteriza a los seres humanos es su capacidad para ser libres. Entonces, ¿por qué es tan frecuente esa renuncia a la libertad? La Boétie da básicamente tres razones para explicar el fenómeno. En primer lugar, la fuerza de la costumbre: quien se acostumbra a servir al final acaba por no encontrar nada escandaloso en ello, podríamos decir que la subordinación se naturaliza hasta tal punto que se convierte en inperceptible. En segundo lugar, nos encontraríamos con los diversos tipus de manipulación de las mentes, que irían desde los rituales y mitos que tienen como fin dar una imagen sobrenatural del poder hasta las más simples diversiones escapistas. Por último, la Boétie señala la que a su entender es la causa más poderosa de la servidumbre voluntaria: el hecho de que la aparición de un tirano despierta a su alrededor el ansia de dominio de un grupo de tiranos menores que piensan que podrán beneficiarse de servir al tirano mayor; y este grupo de tiranos menores, a su vez, despierta también el ansia de dominio de otros tiranos subalternos que a su vez provocan la aparición de otros tiranos aún más subalternos… En definitiva, que en una sociedad regida por una tiranía las relaciones tiránicas se expanden como un cáncer: todo el mundo aspira a sacar un provecho personal del servicio a sus superiores y de la instrumentalización de sus inferiores. De todo esto podríamos concluir que la responsabilidad de la existencia del despotismo no es exclusivamente del déspota, sino de todos aquellos que deciden voluntariamente servirle.

Posiblemente el ejemplo más terrible del fenómeno de la servidumbre voluntaria lo tengamos en los diversos totalitarismos del siglo XX, en cuyo desarrollo hemos podido observar fácilmente la manifestación de las diversas causas apuntadas por la Boétie. Ahora bien, ¿es la servidumbre voluntaria un fenómeno exclusivo de las tiranías, antiguas o modernas? Desde luego, no hace falta ser un experto politólogo para darse cuenta de que ello no es así. Basta con ser, por ejemplo, un ciudadano valenciano con un mínimo de interés por la cosa pública, como quien escribe estas líneas. El caso Gürtel lleva recibiendo la atención mediática desde hace bastante tiempo, y concretamente en las últimas semanas los medios se han fijado en la ramificación valenciana del asunto. Con un sentimiento que mezcla la indignación y la impotencia, pero no la sorpresa, uno escucha en el noticiario de un canal de televisión estatal la información según la cual, a pesar de la que que está cayendo, el PPCV no vería afectada su hegemonía electoral (casi me atreviría a decir que total) en el País Valenciano. ¿No es éste un ejemplo palmario de servidumbre voluntaria surgida en una sociedad que es, al menos formalmente, democrática? ¿Qué le pasa a la sociedad valenciana? ¿Se ha acostumbrado tanto al gobierno del PP que ya lo ha naturalizado, atorgándole además los atributos de la eternidad y la indestructibilidad? En cuanto a la manipulación de las mentes, ¿tan grande es el poder desinformativo de Canal 9? ¿Es que es tan difícil darse cuenta de que los telediarios de la televisión valenciana son como el NODO de nuestro gobierno autonómico? Y en referencia al abuso de poder de los políticos manifestado en forma de corrupción, ¿tendríamos que pensar que las prácticas corruptas de nuestros dirigentes son tan fácilmente toleradas porque todo el mundo tiene perfectamente asuminado que corrupción y política van de la mano? ¿Que no es posible ocuparse de la cosa pública si no es con la condición de sacar provecho personal? ¿Que da igual que manden unos que otros, que todos van a lo mismo, a robar, y que si yo pudiera, haría lo mismo?

Desde luego que, si tuviéramos que responder afirmativamente a las anteriores preguntas, eso significaría que la corrupción ha gangrenado al conjunto de la sociedad valenciana, y no únicamente a sus gobernantes: porque si el PPCV sale políticamente impune de todo este embrollo (como parece que sucederá, si no cambian mucho las cosas) nos encontraremos ante la prueba más contundente de la putrefacción del espíritu cívico en el País Valenciano. En éste se manifiestan hoy las causas que, según la Boétie, originaban el surgimiento de las tiranías: la mera costumbre como legitimadora del poder establecido; la insensibilidad hacia la manipulación informativa e ideológica; y una visión estrecha de la política que la identifica con el arte de aprovecharse al máximo de los demás. Alguien podría pensar que todo esto son exageraciones, y que no se puede comparar una tiranía real como la que teníamos en la época de Franco con la democracia actual. Puede ser. En todo caso, lo que es evidente es que nos encontramos ante un fenómeno de degradación de la democràcia realmente preocupante. Además, teniendo en cuenta también la inoperancia de la oposición, tristemente fragmentada en un conjunto de pequeños partidos incapaces de plantear una verdadera alternativa progresista y unitaria, ¿podríamos descartar a corto o medio plazo un auge de la extrema derecha en un electorado que no ve salida a la izquierda y que se puede encontrar decepcionado ante la derecha institucional? Tendríamos que meditarlo, y no solamente los valencianos. Porque lo que está pasando actualmente en el País Valenciano no es otra cosa que una manifestación local de unos problemas que se dan, o se pueden dar, también en muchos otros sitios. Como valenciano, tenía ganas de manifestar por escrito estas reflexiones para mostrar que, al menos de momento, no todos los valencianos somos del PP. La expresión de la disidencia es una forma de protesta, y quién sabe si es también el primer paso para cambiar algo.

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