SOBERANÍA ALIMENTARIA :
Campesinas: la producción que alimenta al mundo

En América Latina gana peso la apuesta por un
modelo alimentario basado en la soberanía, la
sostenibilidad y el empoderamiento. Tres mujeres
campesinas nos hablan de este modelo.

06/03/08 · 0:00
Edición impresa
JPG - 91.8 KB
RUBEN UCEDA

La soberanía alimentaria es el derecho
de los pueblos a decidir sobre
su propia alimentación. Esta explicación
resulta absurdamente obvia
si se ignoran algunos de los problemas
más sangrantes que provoca y
sufre la humanidad: hambre, tierras
en manos de unos pocos, la
competencia desleal de las multinacionales,
prácticas insostenibles,
la globalización de la comida
rápida y la presión de los productos
importados.
Ante tal sinsentido, en todos los
puntos del planeta surgen redes de
campesinado y colectivos urbanos
sensibilizados que promueven una
producción de calidad, orientada al
consumo interno, respetuosa con el
ecosistema y la cultura de sus pueblos.
El fuerte peso y organización
de las poblaciones indígenas y el
creciente apoyo de gobiernos progresistas
convierten a América Latina
en un destacado referente.

La socióloga ecuatoriana Irene
León, la guatemalteca maya Dolores
Sales y Miriam Nobre, ingeniera
agrónoma brasileña, miembros
respectivamente del Foro Social
Mundial, la Coordinadora Nacional
Indígena y Campesina y la Marcha
Mundial de las Mujeres, difundieron
recientemente en unas jornadas
en Bilbao algunas de las experiencias
puestas en marcha, y subrayaron
la estrecha relación de esta
reivindicación con el empoderamiento
de las mujeres.

Dos tercios de la población mundial
pasan hambre o tienen un
acceso escaso a los alimentos, recuerda
León. La pequeña agricultura
campesina y los productos elaborados
por las mujeres, “que son
los que alimentan al mundo”, chocan
con la competencia desleal que
ejercen las multinacionales. Así,
son muchas las familias que acaban
trabajando, en condiciones de
explotación, para las empresas que
les arrebatan sus tierras. “Es una
alienación brutal: los campesinos
no comen lo que producen”, denuncia
Nobre.

Transgénicos

Pero no es la pobreza la única
consecuencia de estas prácticas, recuerda:
“Imponen productos a precio
más bajo que introducen transgénicos,
tóxicos y variedades ajenas
a nuestra cultura alimentaria”.
“Choca con la cultura maya, que
tiene como principio el equilibrio,
la no depredación de los ecosistemas”,
añade Sales, quien recuerda
que fortalecer la pequeña agricultura
beneficia a las consumidoras
porque ofrece “productos orgánicos
y de calidad”. Las empresas, recalca León, imponen monocultivos
que amenazan la diversidad alimentaria
de la sociedad autóctona.

La soberanía alimentaria converge
también con las demandas de
acceso a la tierra. “Los pueblos originarios
hemos sido desplazados
de nuestra tierra. Tenemos capacidad
de producción, lo que hace
falta es una reforma agraria”, reivindica
la guatemalteca. El neoliberalismo
impone más barreras,
“como las leyes que restringen el
intercambio y distribución de semillas,
con lo que se limita la capacidad
campesina”, detalla la ingeniera
agrónoma.

Y añade que los tratados de libre
comercio con potencias como Estados
Unidos agravan la falta de soberanía:
“Se da la paradoja de que
un producto tan originario de la
cultura mexicana como el maíz se
importa de Estados Unidos y el maíz
mexicano se usa para biocombustibles”.
La globalización ha supuesto, según
León, “una homogeneización
de las necesidades y los gustos”
que lleva a que una población pudiente
exija comer productos de
temporada y alimentos exóticos todo
el año. “No se respetan los ciclos
de la naturaleza, que también
tienen que ver con las necesidades
del cuerpo. Se quiere encontrar el
mismo gusto y apariencia todo el
año, y la naturaleza no ofrece esas
certezas”, defiende Nobre. “Eso
obliga a contaminar con las exportaciones
y a utilizar tóxicos todo el
rato”. “A los pobres se les vende comida
rápida de mala calidad y sólo
una élite accede a comida sana y
variada”, indica la socióloga.
En respuesta, se multiplican las
redes de producción campesina y
consumo urbano que ofrecen productos
y dinámicas alternativas a
las del supermercado. “La población
cuestiona la calidad de lo que
les llega a la mesa. Esa tendencia
ha coincidido con el auge de gobiernos
de cambio, que estudian
cómo convertir experiencias alternativas
al neoliberalismo en algo
masivo. En Venezuela, más del
70% de productos eran importados.

Ahora se apuesta por cultivos propios,
recuperando variedades del
cacao”, abunda León. La brasileña
relata experiencias de programas
para introducir productos campesinos
en comedores escolares.
Proyectos en los que el beneficio
económico no es prioritario y que
permitirán una socialización de la
comida sana, concluyen.


“LOS MOVIMIENTOS DE MUJERES CONQUISTAN ÁREAS COMO ECONOMÍA Y SOSTENIBILIDAD”

DIAGONAL: ¿Cuál es la relación
entre soberanía alimentaria y
empoderamiento?

DOLORES SALES: Las mujeres
son las herederas del conocimiento
campesino, las protectoras
de las semillas. Los hombres
buscan trabajo fuera de la
comunidad, y nosotras nos quedamos
como responsables de la
producción. Ese trabajo no ha
venido acompañado de un
papel protagónico y público, ni
se reconoce su indudable aporte
económico, porque el sistema
patriarcal nos invisibiliza.

IRENE LEÓN: Tenemos que estar
implicadas en la toma de decisiones,
no ser sólo fuerza de trabajo.
Y hay que defender los
conocimientos que aportan evitando
que las empresas los liberalicen
y patenten. Las mujeres
están a la cabeza de todo lo
inventado: saben qué se puede
mezclar con qué, qué se puede
comer y qué no, han desarrollado
el arte de la culinaria… Aunque
no se le llame ciencia, es
pura invención científica.

MIRIAM NOBRE: Hay que mirar
a las mujeres de otra manera. No
son sólo amas de casa, sino
expertas en supervivencia.

D.: ¿En qué se plasma la doble
discriminación que sufren las
campesinas?

M.N.: El acceso a la tierra es un
ejemplo. En Brasil, muchas se
van a la ciudad porque no se les
reconoce su derecho a heredar.
Hay que lograr que puedan
poner la tierra a su nombre, sean
solteras, divorciadas o viudas. Se
da un fenómeno recurrente: las
mujeres viven con una propiedad
de la tierra y no tienen capacidad
de decidir qué hacer con
ella. Entonces, una empresa le
impone un contrato de arrendamiento.
Su marido entra en la
dinámica de trabajar en el monocultivo,
y las mujeres se quedan
sin huertos, sin plantas medicinales,
tan importantes para la
familia. Se han mejorado las
leyes, pero en la práctica queda
mucho por hacer.

I.L.: La agricultura se ha dado
cuenta de lo rentable que es
emplear a mujeres en condiciones
de explotación, porque la
carga moral de la familia les
lleva a aguantar más. Terminan
trabajando para la industria,
atraídas por la falsa imagen de
tener un sueldo remunerado. No
logran ingresos dignos y pierden
su autonomía.

D.: ¿Hay razones para el optimismo?

I.L.: La lucha por los derechos
de las mujeres ha llegado al
campo en el último decenio.
Han tardado en llegar pero
hay indicios de cambio: la Vía
Campesina fue pionera en
adoptar políticas de igualdad,
con el género como tema
transversal. Su aplicación
requiere recorrer un largo
camino, pero hay mayor apertura
al feminismo, los movimientos
de mujeres han conquistado
áreas como la
economía y la sostenibilidad
que no se consideraban temas
de mujeres, y están tejiendo
más alianzas.

+A Agrandar texto
+A Disminuir texto
Licencia

comentarios

0

separador

Tienda El Salto