ESPECIAL DECRECIMIENTO // UNA RESPUESTA ECOFEMINISTA A LA CRISIS SISTÉMICA Y A LA DIVISIÓN SEXUAL DEL TRABAJO
Algunas claves para mantener la vida

La coordinadora estatal
de Ecologistas en Acción
habla de los trabajos
socialmente necesarios: los
que ayudan a mantener
la vida en equidad y
garantizan el bienestar.

- Ciudades en transición a la soberanía local

04/11/10 · 12:22
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Ilustración: Irene Cuesta.

El crecimiento económico y
la obtención de beneficios
como prioridad social han
conducido en apenas un
par de siglos a un cambio global en
los equilibrios dinámicos de los sistemas
naturales a los cuales la especie
humana está adaptada. Los límites
físicos del planeta han sido superados
y los sumideros que deben degradar
los residuos que genera el
proceso económico no dan abasto.
Pero el modelo socioeconómico
no ha crecido sólo a costa de los sistemas
naturales, sino también a
partir de la apropiación de los tiempos
de las personas para ponerlos
al servicio de la maquinaria económica.
Ha sido evidente en el caso
de las personas empleadas de manera
remunerada, pero es mucho
menos visible o invisible en lo referente
a de los tiempos dedicados a
la reproducción social y mantenimiento
de la vida cotidiana (como
los cuidados en el hogar).

La reducción de la noción de trabajo
a la esfera exclusiva del empleo
asalariado, oculta el hecho de que
para que la sociedad y la economía
se sostengan es imprescindible la
realización de una gran cantidad de
trabajo que tiene por fin la resolución
de las necesidades y el bienestar
de las personas. Labores que, debido
la división sexual del trabajo que impone
el patriarcado, recae de forma
mayoritaria sobre las mujeres en el
ámbito del hogar. Esta segregación
por roles es la que permite a los hombres
ocuparse a tiempo completo del
trabajo mercantil, sin tener que ocuparse
de las personas de su entorno
o de ellos mismos.

Del mismo modo que los materiales
de la corteza terrestre son limitados
y que la capacidad de los bosques
para absorber CO2 no es infinita,
los tiempos de las mujeres para
trabajar tampoco lo son. Los cambios
en los modelos urbanos, la supervivencia
de las personas hasta
edades más avanzadas, la precariedad
y la creciente dedicación de las
personas al empleo remunerado, hacen
que cada vez sea más difícil cubrir
esos tiempos necesarios para
mantener la vida cotidianamente. En
algunos casos, algunas mujeres contratan
a otras mujeres que, casi siempre
en condiciones precarias, realizan
parte de estas tareas a cambio
de un salario. Colocar la satisfacción
de las necesidades y el bienestar de
las personas como objetivo del proceso
económico representa un importante
cambio de perspectiva. Así
el trabajo que permite a las personas
desarrollarse y mantenerse como tales
se sitúa como un eje vertebrador
de la sociedad.

El capitalismo ha logrado convertir
a las fuerzas productivas en fuerzas
destructivas que, sin saberlo, muchas
veces obtienen el salario realizando
una actividad que deteriora la
base natural que permite sostener la
vida y crea miseria en otras partes
del mundo. Frente a ello, los trabajos
domésticos son trabajos socialmente
necesarios, dotados de sentido vital.
No persiguen un aumento constante
de la productividad, ni operan según
el mecanismo de la competitividad.
Conllevan una carga fuerte carga
emocional (que no siempre tiene por
qué ser positiva) y, a diferencia del
mercado, responden a una ética centrada
en las relaciones y en las necesidades
humanas. El trabajo en el
mercado está orientado a la obtención
de resultados, pero la satisfacción
de necesidades de cara a mantenerse
vivo no tiene fin. En una sociedad
que, debido a los límites físicos,
tendrá que aprender a vivir bien con
menos, que deberá adoptar un modelo
de producción y consumo más
sobrio y equitativo, hay que reflexionar
sobre qué trabajos son social y
ambientalmente necesarios, y cuáles
son aquellos que no es deseable
mantener. La pregunta para valorarlos
es en qué medida facilitan el mantenimiento
de la vida en equidad.

Si intentáramos clasificar los trabajos
según su aportación a la calidad
de vida, el orden de valoración
sería diferente al actual. Podríamos
diferenciar entre trabajos ligados a la
producción de la vida y trabajos que
provocan su destrucción. No basta
con que el cuidado se reconozca como
algo importante si no se trastoca
profundamente el modelo de división
sexual del trabajo. Es preciso
romper el mito de que las mujeres
son felices y se realizan cuidando.
Muchas veces cuidar es duro y se hace
por obligación, porque no se puede
dejar de hacer. Por ello, porque es
imprescindible, los hombres y la sociedad
en su conjunto se tienen que
responsabilizar de él.

La sostenibilidad social necesita la
corresponsabilidad de hombres y
mujeres en las tareas de mantenimiento
de la vida, realizada en equidad
y mantenida en el tiempo. Esta
transformación puede provocar un
cambio de enormes dimensiones: variaciones
en los usos de los tiempos
de vida, en el aprecio por el mantenimiento
y la conservación, en la comunicación
y en las formas de vida
comunitaria.
La visibilización, politización y
priorización del cuidado es una
tarea necesaria para la sostenibilidad.
Representa un cambio de
prioridades antipatriarcal y anticapitalista.
Es antipatriarcal porque
se enfrenta al orden que impone la
división sexual del trabajo. Es anticapitalista
porque socava el concepto
y el valor que el mercado da al
trabajo y denuncia la dependencia
que el mercado tiene del trabajo de
cuidado, además, propone la sustitución
del objetivo de crecer por
crecer por un compromiso con la
defensa de las vidas (cualquier tipo
de vidas) en condiciones dignas.

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