EDUCACIÓN // LAS ESCUELAS PARA BRASILEÑOS SE VEN AHOGADAS POR LA FALTA DE FONDOS Y LA IRRESPONSABILIDAD DE LAS
Abocados al fracaso escolar en Japón

La crisis ha puesto al desnudo el problema de toda una
generación de brasileños descendientes de japoneses emigrados a
Japón.

23/02/10 · 0:00
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En una reunión de la Comisión de
Relaciones Exteriores y de Defensa
Nacional brasileña, que se celebró
antes de verano para resolver las
cuestiones sobre educación y subsidios
de desempleo en Japón, se confirmó
que alrededor del 50% de los
colegios brasileños en Japón habían
cerrado porque los padres no podían
asumir las facturas al quedarse sin
empleo. Esta comisión pretendía que
los dekasseguis, trabajadores brasileños
descendientes de japoneses
que habían vuelto a Japón, permaneciesen
allí en vez de volver a Brasil.

Un representante ministerial explicó
que el Gobierno brasileño no
puede crear colegios en el extranjero,
pero respalda a los existentes. Los
colegios brasileños en Japón no reciben
ayudas de Brasil ni, por supuesto,
del Gobierno japonés. Vanderlei
Guedes y Carlos Fukuy, miembros
de la asociación Brasil Sem Fronteiras
explican a DIAGONAL cómo
se plantea el panorama para los brasileños
que están allí, centrándose en
el sector de la educación.

“En nuestra opinión, aquí hay dos
tipos de inmigración. Está la inmigración
fluctuante, el brasileño que
llega aquí para quedarse un año o
dos y se vuelve a Brasil. Y también
están los que vinieron para quedarse
un par de años pero se quedaron,
compraron casa y metieron a sus hijos
en colegios japoneses, una minoría.
Aquí hay 50.000 niños en edad
escolar y casi 150 colegios brasileños
homologados por el Ministerio
de Educación de Brasil, pero el colegio
brasileño sólo prepara para volver
a integrar al niño en el sistema
escolar brasileño, no en el japonés.
En teoría, claro, porque en la práctica
el niño que vuelve a Brasil llega
con un nivel muy inferior al de la escuela
pública, que ya de por sí es
malo”, añade Fukuy.

“Como venían muchas familias
brasileñas a través de las contratas,
éstas también comenzaron a ver un
nicho de mercado en las guarderías
para sacarles más dinero a los que
venían”, confirma Guedes. “Hubo
personas que se enriquecieron con
facturaciones de siete millones de
yenes (alrededor de 54.000 euros)
por año e incluso, al comienzo de
esta crisis, el director de un colegio
se fugó con todo el dinero y dejó al
colegio en quiebra”.

Escola Brasil, en Hamamatsu, es
el proyecto en el que ahora están colaborando
Fukuy y Guedes. El año
pasado contaba con 150 alumnos,
de los que ahora sólo quedan 28. Se
mantuvo abierta para que los niños
no quedasen sin escolarizar. “Para
los japoneses, un niño japonés sin
escolarizar es un delito, pero si el niño
es brasileño, ya no es tal delito.
Como Escola Brasil estaba sin profesores,
Brasil Sem Fronteiras asumió
esas tareas y dar clases extraescolares
de fotografía, francés
e informática. “Es un proyecto piloto
para evitar más generaciones perdidas
en las idas y venidas de la migración”,
explica Guedes.

Existen varias razones por las que
no se matricula a los niños brasileños
en colegios japoneses: la intención
de la mayoría de los padres de
volver a Brasil, el miedo al acoso escolar
o las carencias de infraestructura
para acoger de repente a 50.000
niños extranjeros. Antes de comenzar
el proyecto piloto, estuvieron entrevistando
a niños brasileños, algunos
de ellos ex alumnos de colegios
japoneses. “Nos dijeron que el profesor
los dejaba dormir en una esquina
porque no entendían nada”, empieza
Fukuy. “Muchas veces dicen que el
colegio tiene intérprete, pero es sólo
una persona y no va todos los días.
Los niños necesitan seguimiento porque
no entienden el idioma. Por eso
queremos coger los colegios brasileños
y darles una estructura pedagógica,
para iniciar el embrión de un
colegio bilingüe y que los niños puedan
después integrarse en el sistema
que deseen, sin tener que seguir el
rumbo de sus padres”, puntualiza.

Según Guedes, la crisis llegó en
un buen momento. “Empezamos a
construir nuestras bases aquí sobre
unos cimientos totalmente falsos y
desestructurados. Uno es el estudio,
otro es el trabajo. Muchos trabajadores
aquí estaban bajo el yugo
de las contratas, no tenían seguro,
no cotizaban para el seguro de desempleo
–porque a la contrata no le
interesaba, ya que ella tendría que
abonar la mitad–, no tenían vacaciones
ni bonificaciones, estaban al
margen de la legalidad. Y el Gobierno
japonés, aunque lo sabía,
porque se reclamó al Ministerio de
Trabajo, no hizo nada.

UN MUNDO
CERRADO

Carlos Fukuy nos cuenta cómo se
puede vivir en Japón sin casi percibir
que estás allí:
«Las contratas
brasileñas formaron toda una
mafia que mantiene la población.
La contrata te da el trabajo,
y te da la casa. Entras en el turno
de la fábrica, trabajas con diez
personas, las diez son brasileñas.
Sólo el jefe es japonés y a
veces ni eso. Trabajas 14 o 16
horas sólo con brasileños, vuelves
a casa y ves la televisión brasileña
por cable. El fin de semana
vas a los bares brasileños.
Conozco a brasileños que llevan
18 años en Hamamatsu y sólo
saben decir 'hola' o 'gracias' en
japonés. Y no es una minoría.
Minoría son los que se integran
con los japoneses, los que estudiaron
en un colegio japonés».

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[Japón prepara el portazo a su comunidad de origen brasileña->http://www.diagonalperiodico.net/Japon-prepara-el-portazo-a-su.html]

El recorte de producción en las fábricas japonesas y las nuevas restricciones en la política de extranjería, ahora que la mano de obra no es tan necesaria, sumen a la comunidad brasileña en la duda.

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