Caravana a Grecia
Bonito nombre para una cárcel

La acampada No Borders, junto con la Caravana a Grecia, visitó varios centros de detención y deportación del país heleno.

21/07/16 · 20:12

Solo permiten entrar a veinte. Sin tiempo para calibrar la decisión, paso el cordón policial. Estoy dentro. Miles de cuestionamientos morales se agolpan en mi cabeza. ¿Debo evitar fotografiar directamente a las personas que están allí retenidas? ¿Cuál es la distancia justa para cumplir la labor periodística sin caer en el sensacionalismo? Lo único que tengo claro es el objetivo de la caravana a la que acompaño: denunciar las políticas migratorias de la Unión Europea y, con ellas, estos centros de detención y deportación. Hermanos gemelos de los CIE. Vaya eufemismos. Son cárceles.

El largo recorrido desde la costa, puerta de entrada a esta Unión Europea que si pudiera levantaría muros entre el mar y la tierra –pero es más estético que sean otros los que se encarguen de dar el portazo–, hasta Paranesti, centro ubicado a 20 kilómetros de la frontera búlgara, transita entre colinas. El pueblo lo conforman una veintena de casas, un supermercado y un par de cafeterías. Casi todo está cerrado. Las mil personas que hemos llegado hasta allí invadimos el pueblo con la única intención de reclamar el cierre de estas prisiones envueltas con nombre de legalidad. Una de las seis que hay en Grecia está al final de la calle principal. Bien custodiada. Dos furgonetas y una treintena de policías parapetados tras los escudos esperan la llegada de la acampada No Border con la Caravana a Grecia.

La verja se cierra a nuestras espaldas. Las miradas se dirigen hacia el camino que nos guiará al centro, una pendiente de unos 200 metros de longitud con paredes de metal y concertinas de cuatro o cinco metros. No sin antes atravesar otros dos portones enrejados. Se hace difícil encajar la escena que descubrimos. Decenas de personas se agolpan ante cada salida cerrada a cal y canto para ellas. Otra verja nos separa. Frente a ellas, un corredor de cemento por donde se pasea la policía confirma que aquello es una prisión. El único paisaje que ven son vallas y las montañas que les separan del siguiente país de tránsito: Bulgaria. La mayoría son de Bangladesh y Pakistan, pero también hay migrantes de Marruecos y Argelia. Todos son hombres. Unos 300. Las edades varían entre los 18 y los 35 años, aunque aseguran que han pasado por allí menores y también alguna familia. Están divididos por bloques de escasos 50 metros sin conexión entre ellos. Llevan allí meses, algunos hasta once, aunque el máximo legal es medio año. Interminables días con nada más que hacer que recorrer esa calle, cultivar un pequeño huerto y fumar. Piden tabaco. Tienen ganas de hablar, de denunciar, de ser escuchados. Ninguno sabe qué ha hecho para estar allí. No hay respuesta para esa pregunta, solo vergüenza.

No saben lo que les espera. Creen que cuando el encierro termine saldrán de allí a cumplir su sueño: encontrar un hogar en el que vivir o reunirse con sus familias. No soy capaz de desvelar que serán deportados o enlazarán momentos fugaces de libertad con largas temporadas de detención. A pesar de la situación conservan el sentido del humor, poderosa arma para la supervivencia.

El personal sanitario de la iniciativa se afana por conocer la situación física y emocional de las personas refugiadas. Inglés, francés, árabe y castellano se entremezclan. Reciben cinco euros al día y cada comida cuesta ocho euros. No dan las cuentas. Las visitas médicas, que se suceden cada dos o tres veces a la semana, se solventan con paracetamol. Da igual si les duele la cabeza, la garganta o el corazón. El tiempo acordado para el encuentro se ha agotado.

Palmas abiertas

Xanthi está a una hora escasa en dirección a Turquía, a 150 kilómetros de su borde y cerca de la costa. Activistas griegos han estado en anteriores ocasiones en este centro e informan de que las personas ilegalmente retenidas allí suelen tener permitido acercase a la valla que les enjaula. Cuando llegamos la situación no es la esperada. La acampada 'No Borders' es una amalgama de asociaciones, organizaciones y grupos de ideología y procedencia distinta. Se hace difícil ir todas a una. El 'blak block' de un sector anarquista ha decidido reaccionar ante la negativa a que nos acerquemos. Sacan cizallas y cortan parte de la verja. Saben lo que hacen. En una especie de teatro con guión aprendido, la policía espera a que las personas no involucradas en la acción se retiren para cargar con gas, una acción habitual en el país heleno. Ambas partes se conocen y tras la huida, se reencuentran en un lateral del centro de detención. Gritos de 'Open the borders' y 'Nobody is ilegal' se suceden a una distancia medida. La gente levanta los brazos con las palmas de las manos abiertas. Una señal de protesta pacífica, aunque no aquí. Ese gesto es el equivalente a levantar el dedo corazón. Justamente lo que se echa en falta en la Unión Europea.

Las periodistas Virginia Enebral y Andrea Momoitio viajan a Grecia en la caravana organizada por movimientos sociales y plataformas ciudadanas para denunciar las políticas europeas de migraciones. De Bilbo a Tesalónica para señalar dónde están los infranqueables muros, las barreras invisibles y, en definitiva, las malditas fronteras.

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Acción de performance en Paranesti.
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