Artistas y precariedad
Ser mujer dibujante y sobrevivir para contarlo

El documental 'Vivir para dibujar; dibujar para vivir' y una reciente encuesta nos sirven de excusa para abordar el precario momento que viven los profesionales del cómic españoles y, en especial, las autoras.

01/03/16 · 18:23
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Cartel de Cristina Durán. Obra ganadora del concurso para la imagen del Día Internacional de la Mujer de la Generalitat Valenciana. / Cristina Durán

Una de las preguntas que sobrevuelan las mentes de aquellos y aquellas que apuestan por dedicar su vida a dibujar es la de si, al menos en España, se dan las condiciones materiales adecuadas para que ello ocurra. Para el lego en la materia, el simple aficionado, o la aprendiz, es una cuestión en torno a la que hasta hace un tiempo resultaba difícil hacer averiguaciones, aunque, en los últimos años, algunos autores y editores han decidido debatirla en público con franqueza.

Constituye precisamente el leit motiv que inspira el documental de José Luis Vidal, Rocío Atrio y Álex Ahumada Vivir para dibujar; dibujar para vivir, que, a través de los testimonios de numerosos historietistas locales, explicita la precaria realidad profesional en que se desenvuelven el cómic y la ilustración. Muchos de los entrevistados coinciden en destacar que, en especial desde 2008, año en que comenzó la presente crisis económica, “los únicos mercados dignos son Francia o Estados Unidos”, básicamente, “porque allí hay industria”.

Un argumento que subraya en las imágenes de Vivir para dibujar; dibujar para vivir uno de los destacados del medio, Paco Roca –responsable de tebeos como Arrugas, Los surcos del azar o el recién aparecido La casa, todos ellos editados por Astiberri–, al afirmar que “en el ámbito de la cultura española, hay muy poca gente que viva solamente de los royalties que genera su obra”.

En el mundo del cómic, son la industria estadounidense del superhéroe y la bande dessinée francesa las que ofrecen esta posibilidad a autoras y autores patrios; al preguntársele a Roca acerca de si un autor como él puede vivir solamente del cómic en nuestro país, nos encontramos con que, a no ser que ampliemos el campo semántico de lo que entendemos por “vivir del cómic” hasta abarcar los encargos, la cartelería, las exposiciones o los debates y cursos, esta afirmación sería discutible hasta en el caso de este popular autor.

El tema preocupa a las instituciones: la Asociación Profesional de Ilustradores de Madrid (APIM) presentó el pasado 27 de febrero, en el marco de la XIII Edición de los Encuentros con Ilustradores Profesionales, una encuesta nacional –la primera de este tipo desde 2005– titulada Usted está aquí. Su propósito, analizar el estado económico y social de la profesión de ilustrador. También, concretamente, de las mujeres que se dedican a ello, asunto no abordado en el documental antes mencionado, pero que en la presentación de la encuesta se enmarcó de una manera inequívoca: “Ser mujer (dibujante) no es rentable”. Y con razón, es decir, con datos: la media de ingresos anuales de un ilustrador es de 16.323 euros, frente a los 9.473 euros de media que en el mismo periodo percibe una ilustradora.

Precariado

Una autora consagrada como Ana Miralles –que inició su actividad a finales de los años 80 en el mercado español y trabaja actualmente en series galas como Djinn (editada en nuestro país por Norma)– considera que vivir del cómic en España no es posible, al menos para ella. “Es muy difícil tener continuidad y enlazar álbumes o nuevos proyectos de los que seguir cobrando mientras se hacen. Lo habitual es, o ha sido, matarse a trabajar por cobrar un sueldo raspado –un adelanto sobre ventas– que nunca llegas a cubrir, y, desde luego, no cobras jamás derechos sobre ejemplares vendidos. Esto se debe a que aquí no se venden más de 1.500-3.000 ejemplares. Cierto es que algunos autores han superado esa barrera de ventas, pero desgraciadamente son una excepción. La verdad es que me gustaría saber cómo está actualmente la realidad de las ventas”. Miralles trabaja para los mercados belga y, como apuntábamos, francés, desde hace 26 años, asimismo “con altos y bajos, porque es complicado sacar cabeza”.

Con todo, allí ha logrado afianzarse con las aventuras de época de Djinn, escritas por Jean Dufaux, “porque las ventas fueron bien desde el principio, el contrato era decente, y el editor, honrado”. Directamente en el mercado español, ha publicado Wáluk (guionizado por Emilio Ruiz y publicado por Astiberri), “un trabajo hecho con mucha pasión, pero con poco rendimiento económico. Hacerlo ha sido un lujo que me he permitido, pero con ello no pago las facturas”.

Carla Berrocal, autora de El brujo (De Ponent) y Epigrafías (Libros de Autoengaño), es crítica con aquellos y aquellas que no cuestionan esta situación actual de la industria española: “Mi experiencia es que, por el trabajo de un año, recibes el salario de un mes, y eso no permite que ningún autor u autora pueda desarrollar su obra viviendo de ella, si no que la malvenda por puro amor al medio. Siempre digo que quien dibuja aquí cómics es porque quiere, no porque dé de comer. Actualmente mi meta es buscar trabajo fuera, algo que me permita, de forma real, ganarme la vida dignamente con el cómic. Los otros trabajos que realizo son aquellos que me permiten la subsistencia, sería imposible de otra manera. Hay que trabajar en publicidad, libros de texto... Lo que sea, para poder mantenerse. Si esperara vivir del cómic aquí, aún viviría en casa de mis padres”.

Una autora consagrada como Ana Miralles considera que vivir del cómic en España no es posible

Cristina Durán, autora junto a Miguel Ángel Giner de obras como Una posibilidad entre mil, La máquina de Efrén (ambas en SinsEntido) y Cuando no sabes qué decir (Salamandra Graphic), matiza esa visión: “Para mi, ‘vivir del cómic’ abarca desde los derechos de autor de la obra personal, hasta todas esas otras actividades profesionales derivadas y/o adyacentes al cómic, por lo que yo sí considero que ‘vivo de la ilustración y el cómic’; porque, quizás, la cantidad de ingresos directos de mis cómics no es muy grande; pero la cantidad de encargos o trabajos que me llegan gracias a haber publicado, sí va creciendo poco a poco”.

En cualquier caso, Durán certifica que “cuando vivía solo de encargos de ilustración y prácticamente no hacía obra personal, ganaba más dinero. Desde el momento en que decidí dedicarme (por fin) más al cómic y empezar a hacer obra personal, gano mucho menos, y mi situación es bastante más precaria; pero también soy mucho más feliz”.

“Esta es una forma de vida muy kamikaze y en la que realmente tienes que amar con locura tu profesión”, concuerda Susanna Martín, autora de Sonrisas de Bombay (Norma) y coordinadora de la antología Enjambre (Norma). Martín aborda el problema del precariado estructural de las “profesiones artísticas” en términos de cómo éste puede afectar a la calidad de la propia obra, ya sea “por el estrés, porque no tienes el tiempo que quieres para experimentar, o porque no cobras lo justo y entonces piensas que no tiene tanto valor lo que haces”. El lado bueno de esta falta de profesionalización de la industria está, según Martín, en que “las editoriales españolas no intervienen en tu obra. Al contrario de lo que ocurre con las editoriales francesas, tienes cierta libertad creativa y eso te permite arriesgar más”.

Ilustración y animación

A la pregunta del millón, Ana Galvañ, responsable del proyecto de cómics online Tik Tok Comics y autora de Luz verdadera (Fosfatina) y Más allá del arco iris (autoedición), comenta que recientemente tuvo la oportunidad de hacérsela de frente a un grupo heterogéneo de autores españoles: “Llegué a la conclusión de que, los que se dedican al humor gráfico y publican con regularidad en revistas y suplementos, viven de ello sin problema. Los demás, los que crean cómics con arco argumental, tienen que complementarlo con trabajos de ilustración, talleres y otros encargos”.

Junto a la ilustración y el diseño gráfico, la animación es otra de las disciplinas en las cuales podemos encontrar profesionales, como Teresa Valero, guionista de Curiosity Shop (Dibbuks), cómic dibujado por Montse Martín. “Mi actividad principal –de la que como, podríamos decir– ha sido, y es, la animación. Es un trabajo bien pagado, que puedes hacer desde casa para cualquier país del mundo, por lo que además es cómodo y flexible cuando tienes niños pequeños a tu cargo. Después, siempre hay pequeños encargos de particulares u otras cosas, que sirven para completar ingresos y para probarse a una misma en otros registros. Y también suelo dar clases para diversas escuelas y universidades, lo que resulta una gozada, porque me permite actualizarme, estar en contacto con gente que empieza y que te hace aprender más de lo que enseñas”.

Valero reincide en el carácter tan inseguro, como esencial para ella, de las viñetas: “siempre intento guardar algo de tiempo para los proyectos de cómic. Son los más personales, donde más me expongo y los que me sirven, junto a la lectura, de terapia para intentar entender un poco el mundo y a sus habitantes”.

Autogestión vital

Mireia Pérez, autora de La muchacha salvaje (SinsEntido), es un ejemplo de autora a la que no le gusta dibujar para un cliente, “por lo que no me considero ilustradora o dibujante profesional. No vivo directamente de lo que dibujo, y a día de hoy tampoco lo pretendo. Eso no quiere decir que me guste dibujar gratis”. Trabaja en una librería y organiza eventos relacionados con el mundillo. Y, como Carla Berrocal y Ana Galvañ, se autoedita sus propios cómics en formato fanzine.

Por su parte, Ana Sánchez Palacín (Iru) pertenece al colectivo Malavida, editores de cómics y de la revista del mismo nombre, radicada en Zaragoza. Es dibujante, fanzinera y editora, pero su objetivo profesional no pasa por el tebeo. “Trabajo en un ámbito diferente al cómic, y mi empleo alimenticio trae consigo una lógica falta de tiempo para dibujar. Pero, por otro lado, también me otorga una libertad a la hora de dibujar y escribir, lo que realmente quiero porque no tengo un objetivo profesional. Además, para cualquier idea o proyecto cuento con el respaldo del colectivo Malavida. Lo que sí me gustaría señalar es que las mujeres, por razón de género, solemos tener añadidos ‘otros trabajos’ que nada tienen que ver con el desarrollo profesional ni personal”.

Un tema, el del tiempo y la doble (incluso triple) jornada laboral y la asignación a género de los cuidados, que Cristina Durán también destaca: “Para las mujeres que hemos decidido tener hijos, las cosas no son fáciles. En mi caso, afortunadamente, mi pareja y yo hemos tenido muy claro el tema de la igualdad, va todo al 50%, así que, combinar crianza con una profesión como la que ambos compartimos, aunque es difícil, resulta igual de complicado para los dos. Podemos llevarlo más o menos bien porque ambos entendemos que es cosa de dos, y conocemos las peculiaridades de la profesión. Lo que me preocupa es que el mío no es el caso más extendido, por desgracia. Me enfada mucho ver cómo algunas colegas, con talento y futuro profesional, han abandonado su profesión y sus aficiones, o las han dejado de lado, cuando han sido madres. Su mundo se acaba y todo pasa a girar únicamente alrededor de su hijo/a. No critico que quieran disfrutar de la maternidad –yo también la disfruto–. Pero, a menudo, la presión de esta sociedad, a veces de las parejas, y a veces de ellas mismas, provoca que hagan ciertas renuncias que no tendrían por qué hacer. Cuando una es madre, no deja de ser persona. Tienes menos tiempo para ti, eso es cierto –que me lo digan a mí, que una de mis hijas es dependiente y lo será toda la vida–, pero no puedes olvidar que sigues siendo tú, y que puedes encontrar los mecanismos para reorganizar tu tiempo y seguir siéndolo, aunque el mundo no ayude mucho a ello.”

Vocación y sacrificio

Todas las autoras entrevistadas relacionan el nacimiento de su vocación de dibujantes con la voluntad de ser a través de la viñeta, de la expresión. No deja de ser una coincidencia interesante que autoras como Iru o Susanna Martín, hagan referencia explícita a la lectura de cómic y al dibujo como refugio desde la adolescencia. El cómic tiene mucho que ver, por tanto, con su identidad, y con la apropiación de un lenguaje que hacer suyo, algo en lo que también coinciden Teresa Valero, Cristina Durán y Ana Miralles.

La determinación de jóvenes dibujantes como María Llovet, autora de Heart Beat, Porcelain y Eros/Psyche (Norma), que asegura “desvivirse” por el cómic, también resulta sintomática de esa vocación, pero además da cuenta de un presente precario que amenaza con prolongarse en el futuro: ”en cierto modo, soy una privilegiada, pero, al mismo tiempo, sacrifico todo por mi obra. He tenido temporadas donde no podía pagar el alquiler, pero no me he planteado dejarlo porque para mi no hay nada más importante que mi trabajo. Comprendo que haya quien no lo entienda, pero es mi forma de vivir”.

Son muchas las carencias estructurales que afectan a las autoras de cómic. Como recalca Ana Miralles, “lo nuestro es complicado y de largo recorrido, hemos que tener mucha paciencia y no desfallecer. Los problemas de los comiqueros son universales, pero con el añadido para nosotras del machismo de nuestra sociedad, que lo impregna todo. Es colosal y no podemos acabar con ello en una generación, pero creo que hoy estamos mejor que hace veinte años. Y es muy importante que seamos muchas voces juntas. La cantidad también suma para que nos tengan en cuenta”. ¿La solución? “Hay que exigir respeto, pero también hacerse respetar. Al final, lo que todo el mundo acata, lo que queda, es la calidad de tu trabajo. Ahí no hay discusión”, sentencia Miralles.

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comentarios

1

  • |
    Eva Espuny Camacho
    |
    30/03/2016 - 2:20pm
    Es realmente una pena que hayáis cortado el cartel en vuestra portada. Habéis mutilado la versión original y eliminado casi totalmente la mujer en silla de ruedas.