La Valencia que se muere (demasiado lento)

La caída de Rita Barberá simboliza la decadencia de una parcela muy identificable de la sociedad valenciana.

19/02/16 · 8:00
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Rita Barberá. / Eva Mañez

Quien ha vivido en Valencia durante los últimos 30 años sabe que la caída de Rita Barberà simboliza la decadencia de una parcela muy identificable de su sociedad. Rita adoptó estratégicamente como emblema ideológico la más aberrante de las ignorancias histórico-lingüísticas patrias: el blaverismo.

Si los complejos y el provincianismo daban votos, Rita y su guardia pretoriana serían catalanofóbicos y antimeseta a partes iguales. Aunque en Madrid mandasen los suyos.

Un recurso populista que le aseguraría un puñado de votos. Rita procuró proteger ese maná dando lo que el valenciano crédulo y acomplejado pidiese. Si los complejos y el provincianismo daban votos, Rita y su guardia pretoriana serían catalanofóbicos y antimeseta a partes iguales. Aunque en Madrid mandasen los suyos. Daba igual. Pero para que el juego funcionase del todo se necesitaba algo más.

Y Rita, rodeada por una cohorte de palmeros desde que se sentase en Les Corts, decidió convertir a sus actores de reparto en soporte para así transmutarse ella en parte del mobiliario urbano de Valencia. Y durante 24 años, Rita fue el bolardo más reconocible de esta ciudad. Y ese bolardo ofreció a esa parte de la sociedad lo que más deseaba. Rita dio a la ciudad un brillo de bisutería de cara al exterior a cambio de inmunidad para una red criminal de puertas para adentro.

Monumentos faraónicos e innecesarios construidos por arquitectos de cámara, eventos deportivos para las élites, visitas papales a costa de silenciar dramas con forma de accidentes de metro prevenibles.

Obras y acciones –todas ellas chanchullo mediante- con las que la Valencia de trajes y perlas podría ocupar su tiempo, pero también, ojo, con las que la Valencia de no llegar a fin de mes pero sí pedir un préstamo para irse de crucero podría justificar su voto.

Su gasolina ha sido la explotación del deseo de una parte de la sociedad valenciana, centrada en tapar sus carencias y sus miserias a través de la posesión, la acumulación, la apariencia y un pretendido éxito social.

Un perfil con el que podemos identificar, toda vez quitadas las máscaras, a la cabeza visible de la fauna expoliadora de la ciudad de Valencia. La que no se enteraba de que toda su guardia pretoriana blanqueaba dinero para el partido como condición sine qua non para entrar en listas municipales. La aforada.

Esa militante del partido –como cualquier otro– cuyos derivados nos tendremos que comer todos gracias a la avaricia criminal de unos pocos y la miseria moral e intelectual de unos cuantos millones de votantes. Sin acritud.

Tags relacionados: número 264 Rita Barberá Valencia
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