Guillem Martínez
escritor y periodista
"En España hay un terror absoluto a la libertad"

Una noche de callos y calçots cocinados por el mejor cronista de la política española en su casa de l'Eixample.

18/12/15 · 18:36
El periodista Guillem Martínez en un momento de su entrevista en Siberia TV.

El mejor cronista de la política española se crió en el extrarradio de Barcelona, pero no se considera catalán ni mucho menos español. Guillem Martínez es descendiente, y a mucha honra, de cubanos, judíos y exiliados republicanos. Nacido en Cerdanyola del Vallès, en 1965, estudió Filología Española en la UAB, con Sergio Beser y Francisco Rico. Lleva muchos años colaborando en los medios; es lo que se suele llamar un periodista veterano. Vive en una situación de codependencia con el diario madrileño en el que escribe con más frecuencia, aunque hace tiempo que le ha perdido el respeto. El diario le devuelve el desprecio.

El cronista Martínez es un pesimista empedernido que, sin embargo, se dedica —como lo hacía su colega mexicano Carlos Monsiváis— a documentar nuestro optimismo. Quizás hay que estar fuera para ver dentro: Juan Rulfo y Julio Llamazares entendieron que la vida se escribe mejor desde la muerte. Y así como Monsiváis, a Martínez le viene estrecha la corbata prosaica —la prosa corbataica— del periodismo estándar. La realidad le pide otros lenguajes, una receta estilística con ingredientes más variados, como la poción mágica de Panorámix. Así, para transmitirnos todos los curiosos sabores del Procés catalán en una serie de crónicas para CTXT.es, la nueva revista de Miguel Mora, el chef Martínez ha echado mano de Dante, canciones populares, apartes irónicos, música de ascensor, diálogos y monólogos reportados o imaginados, el fútbol, listados asimétricos, comedia americana y tragedia griega, onomatopeyas de tebeo (snif, glups, yupi, brrr) y una pizca de autoburla.

Sus crónicas son literarias en el buen sentido de la palabra; su caja de herramientas discursiva, tan versátil y poderosa como los gadgets del mejor James Bond. En Martínez, lo que parece ser una simple pluma de periodista dobla de lanzallamas. O quizá de bisturí. Perdonen, me estoy haciendo un lío catacrístico. Mejor les doy una muestra. Les leo el comienzo de “Catalonian limbo rock”, crónica del 25 de noviembre pasado:

Parlament. Pleno. Ha empezado la desconexión. Fundamentalmente, en la línea de wifi del Parlament, que ahora está conectada, ahora no. Algo, por otra parte, muy propio de un parlamento que no tenía previsto ser foco informativo en los próximos planes quinquenales. Hola. Les saludo desde el jueves pasado. Sí, tal vez esto debería haber aparecido el viernes. Pero no tenía nada que decir/interpretar. La situación se me reveló tan aburrida y parecida a sí misma que perdí el mojo. Y es difícil escribir sin mojo. Lo que mola es escribir con mojo, esa electricidad que te hace escribir con la sencillez y efectividad de quien toca una campana, fumando y haciendo aritos guirgueros con el humo. Bueno. Anyway. Parlament. Pleno. Sinopsis: hoy toca votar una ley sobre un registro para parejas de hecho emitida por el Govern en funciones, antes de las elecciones.

Contrariamente a la costumbre de esta prestigiosa firma parlamentaria en las últimas semanas, lo de hoy no es ni mucho ni muy épico. En argot parlamentario —que me acabo de inventar, como un aro de humo—, esto es un pleno medio-polvo. Pero es lo que hay, tal y cómo ha quedado la cosa tras el 27S. La cosa, tras etc, en fin, ha quedado momentáneamente —o definitivamente, o igualmente, o como-anteriormente, que no se sabe—, en el limbo. […] Desde el 27S nadie sabe lo que pasa y eso es lo que pasa —rayos, he citado a Ortega; si quiero remontar este artículo debo de hacer un aro de humo rococó—.

Y así 2.000 palabras, haciendo de rayos equis indispensable para los sedientes de sacarle algún sentido a lo que pasa en Cataluña. Y no con una, sino con dos o tres entregas por semana. Una producción periodística que, en términos cuanti- y cualitativos, roza niveles desaconsejados por los médicos porque dañan a la salud —del cronista, que no de sus lectores—.
 

En Martínez, lo que parece ser una simple pluma de periodista dobla de lanzallamas. O quizá de bisturí

Juraría que Martínez no duerme, que sólo escribe. Y, sin embargo, un viernes a comienzos de diciembre, en plena campaña electoral, Guillem se quitó el gorro del cronista para colocarse el de chef. Me cocinó una cena de callos y calçots en su casa, en L'Antiga Esquerra de l'Eixample. Descarado que soy, me autoinvité con la excusa de hacerle una entrevista. Como para demostrar que iba en serio, encendí la grabadora nada más llegar. Me olvidé de ella al instante. Cuando la apagué habían pasado más de cinco horas. “No lo escuches”, me dijo Guillem, “es demasiado”. Como es natural, no le hice caso.

***

A los hispanistas, Guillem Martínez se nos aparece en el radar en 2012, a un año del 15M, como editor del libro CT. Reunía a Amador Fernández-Savater, Ignacio Echevarría, Guillermo Zapata y otros para identificar cuáles habían sido, en las décadas democráticas, los límites de lo decible y pensable en la esfera pública española. Esa censura consensuada, impuesta por el poder y los medios con la complicidad de la élite intelectual, era la “cultura de la Transición” o CT for short. Si cundió el concepto —y vaya si cundió, ¡haberle puesto una marca registrada!— fue porque nos permitió ponerle nombre a la vaga pero poderosa sensación de constricción, mediocridad y simulacro —de oficialidad, vamos— que respiraba el mundo cultural e intelectual español de los años 80 y 90. A muchos el libro y la abreviación que acuñó nos produjo una especie de liberación, permitiéndonos emanciparnos de los papas y las papas culturales que dominaban las páginas de opinión, el suplemento cultural y revista semanal de El País, además de su conglomerado mediático: el equivalente intelectual del régimen del 78.

“[G]racias al concepto CT”, escribía Guillem en la introducción al libro,

se puede explicar […] una cultura en su sentido más vasto, amplio, global e, incluso, gore, a través de una manera de observar la cultura como forma y fondo. Es la cultura como baile, pero también como pista de baile, vamos. La CT, así, puede explicar una novela española, pero también un artículo periodístico, un editorial, una ley, un discurso político […]

El lector que me haya seguido hasta aquí se estará preguntando, por tanto, qué es la CT y dónde puede comprarse una, por lo que sería oportuno poner cara de romano y soltar alguna definición resultona al respecto. Ahí va. En un sistema democrático, los límites a la libertad de expresión no son las leyes. Son límites culturales. Es la cultura. Es un poco lo que apuntaba Mozart […] cuando señalaba que la libertad solo se encuentra entre barrotes. Los barrotes […] que forman el pentagrama […] La CT es la observación de los pentagramas de la cultura española, sus límites. Unos pentagramas canijos, estrechos, en los que solo es posible escribir determinadas novelas, discursos, artículos, canciones, programas, películas, declaraciones, sin salirse de la página, o ser interpretado como un borrón.

Decía Roger Bartra que la melancolía genera una peculiar lucidez, y que el exiliado acaba siendo el sujeto melancólico por excelencia. Hablando con Guillem, caí en la cuenta de que, en efecto, su mirada lúcida nace de la melancolía del desarraigo asumido como imperativo ético. Comparto un pedazo de conversación:

G.M.: La autosuficiencia madrileña [...] Como catalufo eras una mierda. En El País, por ejemplo, cuando llego a trabajar a Madrid, ¿sabes cómo me llamaba yo? El catalán. Jode mucho. No eres una extracción, eres un individuo. Cualquier idea que dabas, decían: “No, claro, es que tú eres catalán.” Con lo que la idea acababa desprestigiada. Tú tenías otras arrugas en el cerebro, enfermas, que evitaban pensar razonablemente. Como catalán no eras autor, sino catalán. Los vascos sí que eran autores. Pero con toda esta movida que ha habido en Cataluña, de pronto eres curioso. Tienes un punto de vista y te lo respetan. Por primera vez en mi vida, en Madrid. Es acojonante.

S.F.: ¿Te sientes más cómodo escribiendo en castellano que en catalán?

G.M.: Sí, pero la lengua no es la identidad. Lo que sí te puedo asegurar es que carezco de identidad catalana y española.

S.F.: Eres un hombre universal.

No, no, no. Eso no existe. Pero la capacidad de asimilarme a un colectivo no la tengo. Siento complicidad con alguien como Sergi Pàmies, que escribe en francés, catalán y español, desde la ausencia y la derrota. Con algunos compañeros mexicanos de mi edad también siento esa complicidad. Mexicanos, españoles y catalanes que pasan de todo.

S.F.: Para ser un periodista, puede que convenga.

G.M: Pff, yo qué sé. Mira, mi familia es judía, cubana y española. Y de las tres realidades recibidas, la única que a mí no me funciona es la española. Todo lo que me explicaron de Cuba es cierto, yo lo he visto. Es una cultura que se me ha transmitido a mí, y existe. Lo que me han explicado del judaísmo, existe. Lo he visto. Lo he tocado. Pero España nunca ha existido. Explican historias que yo nunca he visto en la realidad. La he visto en la filología, que es la realidad más triste que hay.

***

"En un sistema democrático, los límites a la libertad de expresión no son las leyes. Son límites culturales"
En un país de gritones, Martínez habla en voz baja, de tono y de volumen, casi un susurro, transmitiendo modestia y algo así como ambiente de conspiración. Casi no titubea: constata. Pero siempre en un mismo nivel de intensidad, no importa si son expresiones de entusiasmo (“Neeskens es Dios”) o de desaliento (“España está rota”). Se me hace que en el caso de Guillem, la melancolía, además del desarraigo, nace de una sensación de impotencia e inferioridad. La de impotencia es gremial: “Si empezara la carrera ahora, estudiaría arquitectura, o ingeniería: mejor construir cosas que escribir”. La sensación de inferioridad es cultural: “No me he podido involucrar en culturas extranjeras como tú” —soy holandés afincado en Estados Unidos— “pero a mí me parece que esto solo pasa aquí, en el Tercer Mundo”.

Ese “esto” que solo pasa aquí, es decir en España, resume una larga lista de patologías y deficiencias: el hecho de que en la política española no parecen existir los escándalos (“que un político contrate a otra persona para que le escriba la tesis doctoral es la norma; ni violar a una niña es escándalo”); el pésimo trato que reciben los periodistas españoles, incluso los más veteranos, de sus propias redacciones, que no les consultan ni para cambiarles los textos (“tengo 50 años; esto no te pasa en ningún país con 50 años”); el inmovilismo ideológico (“hay un miedo al abismo. En España hay un terror a la libertad absoluto”); la falta de creatividad en la cocina castellana (“fuera de Cataluña cuesta mucho comer variado”); y la falta de una buena revista intelectual. Otro pedazo:

GM: No hay aquí nada comparable al New York Review o al London Review of Books. No es un azar. Es la única cultura europea sin revista. Y es una voluntad firme. No puedes hacerla.

SF: ¿Por qué no?

GM: Primero, por subsistencia. ¿Quién te la va a pagar? Publicidad no la vas a tener. Pero además es opinión. En España no ha existido la opinión cultural. Mira, en Alemania hay un programa anual en que tres críticos eligen lo que para ellos ha sido el mejor libro. Se mojan. Esto aquí en España sería imposible. La única función de los críticos en España es marcar los límites de lo posible. Pero la apuesta personal nunca ha existido. O existió muy brevemente durante los 70 en Barcelona, con gente como Juan José Fernández, el primer editor de Quimera. Era un destroyer. Después, ya no. En otras partes, las revistas son un canon. Deciden por su cuenta qué vale la pena y qué no. En España, los suplementos literarios negocian directamente con las editoriales cuántos títulos van a reseñar. Es así de bestia. Vete a Nueva York a negociar un título así. Esto es España. En Cataluña es aún peor porque se hace por ideología y no por mercado, que a fin de cuentas es una forma de sinceridad. Lo que pretende Babelia no es que la gente lea, sino que compre.

SF: Me parece que tú tomas más en serio a los lectores. La libertad estilística que te permites en tus crónicas me recuerda a Carlos Monsiváis. También escribía textos complejos que desmenuzaban la actualidad, llenos de diálogos, ironía, cultura popular y parodia, pero desde una voluntad profundamente democrática. Nunca subestimaba a su público.

GM: Yo ya subestimo al público.

SF: No, no, ¡si lo que escribes es muy complejo!

GM: Ya, ya. Antes tenía una idea muy democrática del público pero la he abandonado.

SF: ¿Por qué?

GM: Porque no existe.

SF: ¿Cómo lo sabes?

GM: Porque si existía, lo sabría. No tengo pruebas científicas de lo que te voy a decir, pero toma nota, porque me parece que es cierto. El público español solamente lee dos cosas: el tono y una sola idea. Por ejemplo, en esos artículos que te parecen complicados, solo leen humor y —me temo, y me duele mucho lo que te voy a decir— anticatalanismo.

SF: No jodas. ¿En tus textos?

GM: Tranquilamente.

SF: Entonces se te lee mal.

GM: Solamente lee dos cosas el público español. Lo hablé mucho con Vázquez Montalbán. Entonces yo era un joven muy vitalista que creía que con el periodismo podías cambiar el mundo. Y Montalbán me decía: “No, no, desengáñate. Tú nunca cambiarás una idea. Solo puedes acompañar a alguien que ya la tiene”. Y yo me reía de él. Ya no me río. [Ríe]. Partes de la idea de que podrás acompañar a alguien que ya va contigo. Yo por gilipollez ideológica, pues he escrito para quien quede. Para que alguien diga: bueno, cuando pasó esto, había un friki […] Descubrí hace poco a un autor que era muy bueno y que escribió durante un año en el Diario de Barcelona. Era más listo que Larra, que escribía en la misma época. Era tan listo escribía artículos en los que contestaba a Larra consultas que le hacía. Publicó durante un año y —esto es lo importante—después de ese año desaparece. Y aparece un anuncio: se ofrece como profesor de francés.

SF: Ha tirado la toalla.

GM: Ha tirado la toalla.

No he tenido vida culta en otros países, pero me parece que esto no existe fuera. Esta capacidad de acompañar pero no la de vertebrar nada. Tiene que ver con el rol sacerdotal que ocupa el que escribe aquí. Y además si no respetas ese rol sacerdotal, te vas a la mierda. Yo no lo he respetado.

SF: Pero sobrevives.

GM: Cada vez menos. Es una polémica que tengo con Ignacio Echevarría, que usa un castellano de autoridad. Un castellano que, si te lo lees, has de cederle el paso. Él defiende que la autoridad es eso, es el lenguaje. Yo defendía que la autoridad son las ideas. Y con el paso del tiempo le doy la razón a Ignacio: la autoridad es el lenguaje.

SF: Tú, en tus crónicas en Contexto, no impones tu autoridad.

GM: Pero es soledad. Es soledad escribir en un lenguaje no autoritario.

SF: Pero funciona.

GM: Te funciona a ti. Un español lee el tono —esto es de risa— y una sola idea —los catalanes son unos gilipollas—. Y ya está. Y me parece que incluso en el staff de Podemos leen eso.

***

El periodista no debe aportar ninguna solución. Ante nada
¿Cómo es posible que tanto desánimo nutra una producción tan vasta y comprometida? El cronista matiza: “Pero no es crisis, ¿eh? Cuando empiezo a escribir vengo de una fábrica. Yo pensaba que toda mi puta vida estaría en una fábrica. Y ganarme la vida escribiendo para mí ha sido un sueño. Pero vi muy rápido que hay un límite de posibilidad muy corto”. Al final el cronista Martínez se afirma en su vocación: su compromiso. En un artículo en La Directa sobre tecnología y democracia, exponía su deontología:

Observo que, habitualmente, algún target de lectores de mis artículos me reprocha con educación la ausencia en ellos de propuestas de solución de conflictos. No creo que ésta sea la función de un periodista. Es más, esta es su disfunción. El periodista no debe aportar ninguna solución. Ante nada. Cuando lo hace —no hay una ley científica, pero estadísticamente suele ser así—, está defendiendo posicionamientos del poder, es decir, ha dejado de controlar el poder para pasar a darle la razón —el caso Pusés, es paradigmático; no ha existido ningún Pusés, ni siquiera, posiblemente, ahora; no ha existido, por lo tanto, su control, solo descripciones gubernamentales; épicas, por otra parte—. Al periodista le basta con proponer a) un punto de vista —el lector debería reconocerlo; reconocer esta trampa; decodificarla es ponderar la parcialidad del periodista—, y con b) intentar describir la realidad. Si consigue, además, c), comer tres veces al día mediante esta poética, la cosa ya es de traca. La realidad, el punto b), por otra parte, es la pera / inalcanzable en cualquier sociedad del mundo. Pero por aquí abajo, la Commonwealth Peninsular es, directamente, una construcción absolutamente vertical, parcial y falsa. Verbigracia: si uno observa los medios locales —públicos, privados y concertados—, Cataluña vive un día histórico cada dos días, lo que supone pulverizar el récord planetario anterior, en posesión, durante décadas, de El Señor de los Anillos, otro objeto de ficción.

Bien. Ante las quejas de falta de compromiso de este posicionamiento personal ante el periodismo, dedicaré dos líneas a explicar que, según mi punto de vista, esto, lo que les he explicado en el anterior párrafo, es EL compromiso.

Proponer un punto de vista y describir la realidad: suena más sencillo de lo que es. Y el punto de vista de Guillem, ¿cuál es? El de un libertario que ha dejado de creer en la posibilidad de revolución —aunque le encantaría que le desmintieran, como ocurrió en 2011—. “En un mail de marzo de ese año, Amador Fernández-Savater me explicó cómo iba a producirse el 15M. ‘Va a haber un 14 de abril’, me dijo. Yo le contesté a la semana: ‘Te admiro tu confianza en la humanidad. Yo no la tengo. Esto se va a ir a la mierda. Nos van a dar por el culo, y nos van a dejar un culo así. Y ya está’. Al mes siguiente le envié otro mail: ‘Hostia, te debo una copa’”.

Pero como el agua de mar acaba llenando los hoyos cavados en la playa, el pesimismo se vuelve a imponer. En plena fiebre electoral, cuando todos hablan de ilusión, esperanza y cambio, el cronista mantiene los pies en la tierra. “Yo intento de que esto no se me vaya, lo de ver las cosas por primera vez. Escribir con la imaginación de los que tienen 20 años. No perder la capacidad de desautomatizar, como decía Jakobson. Pero cuando se te va […] A veces se me ha ido. A todo el mundo se le va. A Gregorio Morán se le ha ido ahora momentáneamente, como a mí en otras etapas. A Larra se le fue, por eso se mató. Porque ya no podía más. No podía más de la repetición. Este país es pura repetición. No pasa nada y todo se repite. Los últimos artículos de Larra son un decálogo del futuro”.

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comentarios

5

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    Simple mafia y delincuencia organizada gobernando
    |
    Mar, 12/22/2015 - 07:41
    solo es simple mafia y delincuencia organizada gobernando ,,corrupcion ,,impunidad ,,17000 aforados ,,evasion fiscal,,amnistias fiscales para los mayores defraudadores,,ningun banquero pisa la carcel ,,estafas de preferentes ,,ilegal suelo hipotecario ,,ilegal deficit tarifario de las electricas ,,etcetc
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    aparte de las mafias como la punica
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    Mar, 12/22/2015 - 07:38
    aparte de las mafias como la punica que controlan la difusion de noticias o las manipulan directamente ,,cegando la informacion y manipulando la opinion publica ,,si a eso se le suma la tremenda impunidad ,, o los principales cargos de justicia que se ponen directamente a dedo ,,los 17000 aforados ,,las puertas giratorias hacia los grandes bufetes ,,o que descaradamente se expulsen jueces para soltar delincuentes economicos..
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    exdar
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    Sáb, 12/19/2015 - 18:54
    Como parisino-gallego que vive en cataluña me siento aludido cuando dice que la lengua no es la identidad. and you know what? je me sens bien dans mon désert identitaire, ça gêne surtout les intolérants.
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    estocolmo
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    Sáb, 12/19/2015 - 14:57
    El "Sindrome de Estocolmo" consiste en: Los humanos, tras mucho tiempo cautivos sin libertad, se hacen afines a sus captores. Esto en España es patológico, desde el golpe de estado del Alzamiento Nazi-Franquista y su posterior "Régimen", aun impune e imperante.
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    maría luisa
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    Sáb, 12/19/2015 - 12:15
    He leído con un gustazo tremendo la entrevista, de pe a pa. Muy buenas las preguntas y muy buenas las respuestas. Absolutamente satisfecha. Encuentro ideas magníficas que me dan respuestas (aunque no quieras). A mí también se me fue: A Larra se le fue, por eso se mató. Porque ya no podía más. No podía más de la repetición. Este país es pura repetición. No pasa nada y todo se repite. Mil gracias por cosas como esta