Crónica de un día histórico en el proceso de paz
La paz (también) se hace en la guerra

Las FARC protagonizan el primer acto de “reconocimiento temprano de responsabilidades” al pedir perdón a las víctimas de Bojayá (Chocó) en plena zona de guerra. Colombia da pasos de gigante hacia el acuerdo de paz.

, Bojayá (Chocó, Colombia)
13/12/15 · 15:55
El 6 de diciembre, las FARC pidieron perdón oficialmente por la masacra de Bojayá. / Jesús Abad Colorado

Mientras en Madrid y en Bogotá los grandes medios y los políticos juegan a repartirse las monedas del galeón San José, hundido frente a Cartagena de Indias en 1708, en el municipio de Bojayá (departamento del Chocó), Colombia andaba hace unos días jugándose la reconciliación en el inédito “Reconocimiento Temprano de Responsabilidad” protagonizado por las FARC. Allí, en el abandonado casco urbano de Bellavista, cabecera de este municipio de 10.000 habitantes, el sábado 5 de diciembre se alistaban los últimos detalles para un acto que se celebraría al día siguiente y que aparecerá en los libros de la historia del proceso de paz el último conflicto armado de las Américas.

La primera vez que pisé las calles de este pueblo fue en el año 2000. Entonces, todavía humeaba la estación de policía, un sólido edificio al pie del río Atrato que había sido tomado por la guerrilla de las FARC (Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia) en medio de una intensa guerra posicional con los paramilitares del Bloque Élmer Cárdenas, que contaban con la inestimable colaboración de las Fuerzas Militares para ocupar una región selvática y olvidada en la que, hasta 1997, no habían oído los explosiones de la confrontación que desangra la país desde hace 60 años.

No queda nada del viejo Bellavista tras la brutal masacre que cambió a Bojayá para siempre en 2002

Ahora sudo las mismas calles ya sin vida (es lo que tiene este 90% de humedad) recordando las casas que ya no están y añorando el pequeño malecón frente al río en que pasábamos las horas charlando o compartiendo una cerveza a ritmo de vallenato o chirimía. No queda nada del viejo Bellavista porque, tras la brutal masacre que cambió a Bojayá para siempre en 2002, el Gobierno obligó a mover el casco urbano un kilómetro y medio río arriba y a demoler casi todo. Casi todo. En pie queda el reconstruido templo católico que recuerda lo que aquí ocurrió, una inmensa casa de madera donde antes vivían las misioneras Agustinas y el esqueleto de cemento de lo único que era de cemento: la escuela y el centro de salud.

Lo que aquí ocurrió el 2 de mayo de 2002 no ha sido olvidado por nadie en el río Atrato. Tampoco por la mayoría de colombianos urbanos que, por obra de este “error de guerra” recuerdan al menos el nombre de uno de los 30 municipios de este Chocó negro e indígena invisible para el país criollo. Ese día, cientos de guerrilleros y paramilitares combatían en las calles de Bellavista, con los civiles en medio, con aquellos que no habían logrado escapar. La Defensoría del Pueblo, las Naciones Unidas y la Diócesis de Quibdó habían emitido desde finales de abril alertas tempranas avisando del desastre que se avecinaba.

Nadie en el Gobierno las quiso escuchar. Unos 300 civiles se protegieron en la iglesia buscando sus paredes de cemento en un pueblo de madera y confiando en la protección “divina”. Nada sirvió. Varios paramilitares se acantonaron en un lateral del templo utilizando a los civiles como escudo y varios guerrilleros de las FARC, desoyendo a algún vecino que alcanzó a rogarles, arremetieron con bombas irregulares (bombonas de gas modificadas). Lanzaron cuatro de estas ‘pipetas’ que son conocidas por su incapacidad de caer donde se envían.

Dos de ellas nunca explotaron, otra reventó en una casa vacía. La última desplomó el techo de la iglesia y reventó en pleno altar. El resultado fue un amasijo de cuerpos (se contaron 79, entre ellos los de 48 niños y niñas), la mayor masacre de la historia de este conflicto, el estremecimiento de las comunidades, un desplazamiento masivo río arriba de casi 6.000 personas y un trauma que hoy, 13 años después, no se ha superado.

Ese día dos 'pipetas' de las FARC cayeron en una iglesia de Bojayá. Murieron 79 personas, entre ellos 48 niños y niñas La segunda vez que pisé Bellavista fue el 5 de mayo de 2002, cuando todavía se cruzaban las balas de unos y otros, cuando frente a nosotros había un bote con 30 cuerpos destrozados medio tapados con bolsas de basura negras esperando una pequeña tregua para ser enterrados en una fosa común. En aquella ocasión, el comandante Chucho, enviado por las FARC para ordenar el caos, me reconocía en Vigía del Fuerte, en la otra ribera del Atrato, que lo ocurrido era “una cagada de la guerra”. Esa cagada y esa guerra no ha cesado hasta el día de hoy.

Petición de perdón

El domingo 6 de diciembre, el comandante Pastor Alape, del Secretariado de las FARC y negociador de la guerrilla en las conversaciones de La Habana, decía ante unos 350 supervivientes y familiares de las víctimas mortales: “Hace trece años que pesa en nuestros hombros el dolor desgarrador que les afecta a todas y a todos ustedes, hemos reconocido el hecho y reafirmamos un hondo pesar por el resultado nunca buscado ni querido; cargamos un peso angustiante que hiere el corazón de toda la guerrilla desde ese fatal desenlace que sigue retumbando en la memoria de todos”. Luego, en su blog personal, confesaba Alape bajo el título La estremecedora experiencia del perdón: “En esa época nunca estuvo en mis cálculos la posibilidad de hallarme frente a las miradas humedecidas de llanto y dolor de las víctimas, percibiendo sus angustias en un ambiente de electrizante solemnidad y respeto, contemplando su búsqueda de alientos para superar la tragedia, adivinando en sus mentes la duda de que ese acto no resultara otra promesa incumplida. Ahora, para mayor grandeza de mi alma, sé bien lo que todo eso significa. Y me siento obligado para siempre con todas ellas”.


Alape, durante el electrizante y solemne acto político de petición de perdón, no pudo contener las lágrimas, como tampoco lo pudieron hacer las mujeres y hombres de las comunidades de Bojayá que, antes de escucharlo, rememoraban lo ocurrido con la obra de teatro “Entre ruinas”, escenificada por jóvenes de Bellavista y de Vigía del Fuerte. Durante las 3 horas que duró el evento, no se escuchó ni un aplauso, no hubo abrazos, no se dramatizó lo que ya era de por sí dramático. Ayudó a ello que el Comité de Víctimas del 2 de Mayo no permitiera la presencia de medios de comunicación, que pidiera a todas las asistentes que dejaran a la entrada teléfonos móviles y cámaras. Sólo un grupo de cuatro comunicadores seleccionados por la comunidad fuimos testigos del acto para luego poder compartir imágenes con el mundo.

A su turno, tres miembros del Comité de Víctimas, le pidieron a la guerrilla que se comprometiera con actos de reparación concretos, que respetara la autonomía de las autoridades afro e indígenas, que se comprometa con la no repetición… También le comunicó al Estado una larga lista de reclamos para las comunidades, y le pidió que se identifiquen correctamente  los restos mortales de las víctimas de la masacre y que se disculpe por su responsabilidad en lo ocurrido, por su inacción, por su connivencia con el paramilitarismo.

El Comité de Víctimas pidió a la guerrilla que se comprometiera con actos de reparación concretos, que respetara la autonomía de las autoridades afro e indígenas

El Alto Comisionado de Paz del Gobierno, Sergio Jaramillo, se comprometió a que esa petición de perdón llegará, pero no revuelta con la de la guerrilla. De hecho, la justicia, en dos sentencias, obliga al Estado a hacerlo y a reparar a las víctimas, así como obliga al comandante del Bloque Élmer Cárdenas, Fredy Rendón, alias El Alemán, a hacer lo propio.

 

La trascendencia

La noticia de la petición del perdón de las FARC ha tenido trascendencia en Colombia, aunque quizá menos de la que debía. En el Estado español ha pasado desapercibida en el ruido mediático de una campaña electoral que se mira el ombligo. Los grandes medios de Bogotá estaban demasiado ocupados con las mediáticas elecciones en Venezuela, que se celebraban ese mismo 6 de diciembre. Los de España, también. Álvaro Sierra, un experimentado periodista colombiano reconocido por su trabajo sobre el conflicto, me comparte sus dudas sobre la decisión de la comunidad de cerrar el acto a los medios: “Lo entiendo en lo humano, pero este evento es de una trascendencia tremenda para todo el país. Hace un tiempo nadie hubiera imaginado este reconocimiento de responsabilidad de las FARC en medio del conflicto”.

“Este evento es de una trascendencia tremenda para todo el país", decía un experimentado periodista colombiano 

La singularidad del acto tenía varios componentes: el hecho de ser la primera vez; que haya sido el resultado del trabajo de un año de contactos, asambleas y encuentros del Comité de Víctimas con las comunidades después de que las FARC expresaran su intención de hacerlo (el 18 de diciembre de 2014 en La Habana), o que se haya realizado antes de que se firme el acuerdo de finalización del conflicto (previsto para el 23 de marzo de 2016).

A las 4 de la tarde de este 6 de diciembre las ruinas de Bellavista ya estaban casi vacías. Sólo quedamos en lo que un día fue un casco urbano una decena de personas del equipo que ha ayudado a organizar el acto, el Comité de Víctimas, los representantes de los países garantes (Noruega y Cuba) y acompañantes (Chile) del proceso de paz, delegados del Comité Internacional de la Cruz Roja y los 11 miembros de la delegación de las FARC. Los guerrilleros pasaron la noche en la antigua casa cural, que se convirtió en ‘otra’ mesa de negociación. Esta de madera, tosca, improvisada por dos hombres el día anterior, y alrededor de ella se sentaron siete miembros del Comité de Víctimas a negociar con las FARC aspectos concretos de la vida cotidiana y de las asimétricas relaciones de las autoridades étnicas con los frentes guerrilleros.


Junto a Pastor Alape estaban los tres comandantes más influyentes en la zona del Medio Atrato: Isaías Trujillo, jefe del Bloque José María Córdoba y miembro del Estado Mayor Central de las FARC-EP, Benkos Biohó, del Frente 34 y Pablo Atrato, del frente 57, entre otros.

Fuera, la noche cerrada sólo rota por los mosquitos y por las pisadas decididas de la guardia indígena y de la guardia cimarrona (afro), que mantenían el primer cordón de seguridad que llevaba protegiéndonos a todos desde el sábado. Fuera, invisibles, dos anillos de seguridad del Ejército. Arriba, el espacio aéreo cerrado. Enfrente, en Vigía del Fuerte, los paramilitares de civil mordiéndose los puños. Abajo, unas horas río abajo, la noche anterior murieron 14 paramilitares en un choque con las FARC cerca de Salaquí. La guerra continuaba mientras a la luz de tres bombillas intensamente cálidas se cocinaba la reconciliación. La paz no ha comenzado a construirse en Colombia, pero los mimbres se están tejiendo en estos actos valientes donde las partes se miran de frente y se reconocen como iguales.

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