¿A quién señalamos cuando hablamos de radicalización?

La detección ya se ha efectuado: el enemigo es la propia doctrina musulmana, al fin y al cabo el objeto de la radicalización. El resto de los eslabones quedan convenientemente ocultos.

, es profesor de antropología en la Universitat de Barcelona.
20/11/15 · 7:11
Homenaje a los muertos en los atentados del 13 de noviembre. / Did Van

Una vez más, la ciencia social es convocada para escrutar la mente del asesino y decretar el origen objetivo de sus males. Se diría que las cosas han cambiado: mientras los fundadores de la criminología en el siglo XIX medían los cráneos y diseccionaban las masas encefálicas de los sujetos sometidos a estudio, ahora la piedra filosofal sobre la que reposa el nuevo marco analítico del yihadismo es la radicalización, el mantra del momento. En realidad, el cambio es más aparente que real. En sus usos actuales, la radicalización hace referencia a un proceso de transformación que tendría lugar en la mente de ciertos sujetos, un cambio de rumbo a la vez ideológico y moral que los arrastraría sin remedio a la comisión de las atrocidades que estos días han asolado París. Ahora, como en el siglo XIX, el objetivo que persiguen los defensores de la teoría de la radicalización es, en fin, confinar la responsabilidad sobre el crimen en el cuerpo del ejecutor. Sólo hay alusiones vagas a las responsabilidades difusas del contexto internacional o a la corrosión de las instituciones democráticas que deben mediar en favor de la integración social de los individuos. Decididamente, la radicalización no se presenta como una patología social, sino a lo sumo como una brusca alteración de la psique de ciertos individuos, con la religión musulmana como único factor que determina su predisposición.

Resulta muy revelador observar cómo ese término ha acabado por apoderarse del campo analítico, una vez decretado el estado de emergencia social, y aturdidos como estamos por el ruido que provocan los tambores de guerra. Entre los científicos sociales que llevamos décadas estudiando las diversas morfologías que adopta el islam europeo, son bien conocidos los procesos de reforma doctrinal que afectan principalmente a las generaciones de musulmanes nacidas en Europa. Distanciados de la práctica religiosa de sus padres, que juzgan contaminada por multitud de principios y liturgias preislámicas, y sometidos a las fuertes tensiones identitarias que padecen quienes, en un contexto fuertemente precarizado, no se sienten ni de aquí ni de allá, muchos jóvenes musulmanes europeos reformulan su pertenencia a la ‘umma islámica mediante la exhibición de formas pietistas de religiosidad, convirtiendo su propia vida –y en especial su propio cuerpo– en el templo a través del que mostrar su virtud recobrada. En el contexto de una Europa secularizada en la que la segregación está a la orden del día, el islam emerge a la vez como ideología afirmativa y válvula de escape identitaria.

El empleo de un término como radicalización, que propone tales atajos intelectuales, sólo puede entenderse en la atmósfera cada vez más sombría en que vive Europa

Ese anclaje en una religión que se juzga reducida a sus fundamentos puede ser, como decimos, un mecanismo de afirmación individual y/o comunitaria y una defensa contra un entorno europeo cada vez más refractario a esas tomas de posición identitarias, pero no es en modo alguno una invitación a la acción militante contra las sociedades en que viven esos jóvenes musulmanes. Entre esos procesos de (re)descrubrimiento de un islam puritano, muchas veces obsesionado con las formas de presentación en el espacio público, y la comisión de atentados suicidas media un abismo de experiencias biográficas que no puede resolverse por medio de una invocación simplista a esa toma de conciencia –estos días se habla en términos de “adoctrinamiento”- entendida como un lavado de cerebro que distorsiona gravemente el principio de realidad. Si de algo estamos seguros los científicos sociales es, justamente, de que nunca resulta fácil comprender la relación entre las ideas y los actos de un individuo, y que los contextos sociales en que esas ideas prosperan determinan, de un modo u otro, tanto su génesis como su posterior evolución. El recurso al concepto de radicalización es, en mi opinión, un cómodo atajo que parece querer contradecir ese convencimiento.

Con el empleo de la palabra radicalización abrimos, en efecto, una especie de brecha semántica entre lo que el término designa de manera literal (su significado denotativo) y aquello a lo que realmente queremos aludir mediante su uso (su significado connotativo). Nos referimos a un proceso íntimo de transformación moral, de vuelta a las raíces que de algún modo fueron abandonadas, cuando en realidad queremos aludir al conjunto de acciones letales cometidas por un individuo. Tal vez se comprenda mejor el sesgo que ese término impone sobre nuestra representación de la realidad si entendemos que la radicalización actúa como una metonimia, esto es, como un término que tiende a sustituir las causas por sus (eventuales) efectos. Según la lógica que aplican los diversos expertos y medios de comunicación que estos días aluden a ella, la radicalización doctrinal es el caldo de cultivo ideológico que, en una visión puramente finalista, desencadena de manera casi natural una oleada de terror yihadista. La secuencia de acontecimientos sufre una fenomenal elipsis y únicamente retenemos dos eslabones de una larga y compleja cadena. El problema clásico del passage à l’acte queda así, y de un plumazo, solucionado con el recurso a un término que tiende a confundir una serie de acciones execrables con la religión que profesan quienes los protagonizan.

No pretendo negar la aparente eficacia de ese artificio retórico, ni la tranquilidad que ofrece a quienes desean por todos los medios atribuir la culpa a un enemigo identificable. La detección ya se ha efectuado: el enemigo es la propia doctrina musulmana, al fin y al cabo el objeto de la radicalización. El resto de los eslabones, a saber, el cisma sucedido en el interior de las familias, con generaciones divididas en la defensa de valores que se perciben como contradictorios; el oprobio y humillación experimentados cotidianamente en la periferia de las grandes ciudades europeas, así como la falta de expectativas laborales dignas; la estigmatización sufrida en los entornos institucionales, unida muchas veces a la imposibilidad de acceder plenamente a los derechos de ciudadanía... Todo eso queda convenientemente oculto bajo el velo de confianza que nos transmite una ecuación que reúne el lavado de cerebro y la comisión de atrocidades sin nombre para declarar que, una vez despejada, la incógnita no puede ser más que la religión musulmana.

Lo que trato de decir, finalmente, es que el empleo de un término que propone tales atajos intelectuales sólo puede entenderse en la atmósfera cada vez más sombría en que vive Europa, atenazada por el miedo y la incertidumbre, y que el peligro de visibilizar sobre dos grandes líneas de frente, una exterior y otra interior, a nuestros enemigos, es el de embarcarnos una vez más en un vasto progrom que acabe por dar la razón a quienes consideran que las sociedades europeas no son más que un enorme monumento a la hipocresía levantado sobre los eufemismos de la democracia y la libertad.

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