Jeremy Corbyn, la novedad del viejo laborismo británico

Un activista de 66 años con un discurso antiausteridad podría convertirse en el próximo líder del Partido Laborista británico si vence en las primarias de septiembre.

, Hull (Reino Unido).
26/08/15 · 8:00
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Los mítines de Jeremy Corbyn no parecen ingleses: locales abarrotados, conversaciones apasionadas y gran presencia de jóvenes. El lenguaje del público tampoco es el habitual de la política inglesa reciente: términos como "capitalismo", "deuda" o "austeridad" se pronuncian con tono acusatorio, mientras se repiten las críticas al distanciamiento de la clase política, los elogios a la sencillez de Corbyn y la sensación de que, por fin, "alguien nos representa".

El responsable de este entusiasmo es un activista de 66 años que ha sido diputado desde 1983 y aspira ahora a liderar el Partido Laborista, pieza fundamental del bipartidismo y la aceleración neoliberal del Reino Unido.

Jeremy Corbyn nunca ha ocupado altos cargos –de hecho, ha incumplido la disciplina de voto laborista en más de 500 ocasiones– y su compromiso ha estado con los movimientos extraparlamentarios, desde las protestas contra el apartheid o la guerra de Iraq hasta la denuncia de la gentrificación, pasando por el desarme nuclear y la reunificación de Irlanda.

Discurso novedoso

En un contexto de retroceso social, el discurso de Corbyn suena novedoso porque ofrece respuestas clásicas: impuestos a las grandes fortunas, renacionalización de sectores estratégicos, control estatal de los alquileres, mantenimiento de la sanidad pública y defensa de la educación gratuita, incluida la universitaria (desde 2010, las matrículas pueden costar hasta 9.000 libras por año).

Al ofrecer un espacio de encuentro entre el viejo laborismo y los nuevos movimientos de protesta, su candidatura está revelando la brecha entre partido y electorado.

Corbyn obtuvo con dificultad los avales requeridos para concurrir a las primarias. Casi al final del plazo, varios diputados le dieron temporalmente su apoyo con la intención de ampliar los márgenes del debate. Pasado el obstáculo de la nomenklatura, Cor­byn está superando con claridad a sus rivales en los apoyos populares: agrupaciones locales, sindicatos y, sobre todo, nuevos votantes.

Desde las elecciones de mayo de 2015, el laborismo ha ganado 70.000 afiliados y cerca de 120.000 personas se han registrado como "simpatizantes", fórmula reciente que permite votar en las primarias pagando una donación de tres libras; de este colectivo proviene una parte central de los apoyos a Corbyn.

Las posibles consecuencias de este experimento político inquietan al Nuevo Laborismo –la vía centrista iniciada por Tony Blair–, que acusa a Corbyn de ser un candidato "antediluviano", carente de opciones electorales: en opinión de un parlamentario blairista, el partido de Corbyn "parecería dirigido por Karl Marx".

El propio Blair ha contribuido a la campaña contra Corbyn con un artículo en The Guardian, donde evocaba todos los espectros políticos del laborismo –las grandes derrotas de los años 80, las escisiones, el "izquierdismo" de sindicatos y movimientos sociales– para terminar insinuando un posible golpe de fuerza: "El partido se dirige hacia un acantilado con los ojos cerrados (…); sería el momento de hacerle un placaje, si tal cosa fuera posible".

¿Son legítimas las dudas en torno al potencial de Corbyn? Pese a la mayoría absoluta de los conservadores en 2015, el análisis del mapa electoral plantea un panorama más complejo. La rotundidad de la victoria conservadora no se cimentó en su atractivo –sus votos aumentaron apenas un 0,8%–, sino en la debilidad del laborismo, entregado a una yenka ideológica cuya mezcla de pasos a la izquierda y a la derecha terminó en un modelo poco convincente de "austeridad amable".

El laborismo perdió votos decisivos en zonas de tradición obrera y ante los únicos partidos que han planteado un tipo de respuesta propia, aunque divergente, a la crisis: el independentismo socialista del SNP escocés y el euroescepticismo xenófobo del UKIP.

Cabe pensar que para muchos votantes de regiones en declive económico las líneas ideológicas importan menos que la posibilidad de encontrar una respuesta; a diferencia del SNP y del UKIP, el laborismo no ha ofrecido hasta ahora una narrativa de la crisis.

Por su parte, Corbyn cree que muchos de estos votantes son recuperables en las generales de 2020 si se les proporciona una alternativa de izquierdas. Dos encuestas realizadas en agosto le sitúan como el candidato laborista mejor valorado entre votantes del resto de partidos, incluido el UKIP.

Los resultados de las primarias se anunciarán el 12 de septiembre. Aunque la victoria de Corbyn parece probable, su futuro como líder de un partido enfrentado a sus bases sería incierto.

El "placaje" sugerido por Blair podría producirse mediante una purga o anulación parcial de los votos de nuevos simpatizantes, sometidos a escrutinios y rumores que abarcan desde las infiltraciones trotskistas hasta un sabotaje tory.

Una maniobra de este tipo llevaría a una escisión del ala izquierda del partido, cuyo potencial político pasaría por una intensa movilización local y, tal vez, la formación de un frente amplio con Verdes y nacionalistas.

Tampoco cabe descartar el proceso contrario, como ya ocurrió en 1981: una escisión del ala derecha, liderada por neoblairistas como Chuka Umunna y Tristram Hunt.

De uno u otro modo, la candidatura de Jeremy Corbyn ya ha abierto una posibilidad apasionante e impensable hace meses: la visibilización del movimiento antiausteridad en uno de los países con mayor peso económico, pero también mayor desigualdad, del espacio europeo. En una legislatura donde se esperan recortes del 30% en el gasto público, ¿puede Corbyn desplazar el debate hacia la izquierda?

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Jeremy Corbyn, la esperanza del Laborismo británico. / Carlos Velasco
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