New Left Review
China: el Partido y su historia de éxito

Si el liderazgo del PCCH hubiera estado enraizado en la tradición revolucionaria, habría reconocido la necesidad de un debate abierto sobre el objetivo fundamental de una revolución socialista.

12/08/15 · 8:00
Grúas en la plaza de Tiananmen. / Gerardo Diego Ontiveros

Al comienzo de su artículo «Dos revoluciones», publicado en la NLR hace cinco años, Perry Anderson indicaba que el objetivo del mismo era explicar el contraste existente entre los diferentes resultados históricos obtenidos por las revoluciones comunistas rusa y china. Continuaba enumerando los cuatro ámbitos de reflexión que entrañaría: los sujetos revolucionarios y sus modelos de acción originales; los puntos de partida objetivos desde los que se estableció el curso de la reforma; las políticas adoptadas durante esta y sus consecuencias efectivas; y los determinantes histórico-culturales seculares del resultado final. El lector podía esperar, por lo tanto, un tratamiento simétrico de las dos revoluciones, pero no era así. Anderson señalaba: «Dado que la República Popular China (RPCH) ha sobrevivido a la URSS y su futuro representa quizá el enigma central de la política mundial, el criterio organizador de lo que sigue a continuación será China vista en el espejo ruso». En otras palabras, la función del caso ruso era ayudar a esclarecer la cuestión china, pero no viceversa. La Unión Soviética fracasó y su fracaso podría servir de prueba al éxito de la RPCH.

No es la única asimetría del texto, que se divide en cuatro partes. La Parte I, «Matrices», cubre en nueve páginas el lapso que va del final del dominio imperial a los primeros treinta años de gobierno del Partido Comunista en cada país. En comparación, la Parte II, «Mutaciones», que se ocupa de las reformas del régimen posrevolucionario en cada una de las sociedades desde el punto de observación de comienzos de la década de 1980, y la Parte III, «Puntos de ruptura», que se centra en las crisis de 1987-1989 en China, suman veintidós páginas. La Parte IV, «El novum», resume en otras seis páginas las principales interpretaciones actuales del comportamiento económico de China durante las tres últimas décadas y lo compara brevemente con el de otros países asiáticos: Japón, Corea del Sur, Taiwán y Singapur.

Aunque el artículo comienza poniendo de relieve el «llamativo contraste» actual entre los dos países, la distribución de espacio mencionada deja claro que el núcleo de «Dos revoluciones» es el análisis de los respectivos periodos iniciales de reformas desencadenadas en Rusia y China antes de que ambas llegaran «a su común momento de la verdad a finales de la década de 1980». Ni la Unión Soviética ni Rusia aparecen en la última parte y, por lo tanto, el resultado histórico que requiere explicación queda fijado ya en 1989-1991. Para Anderson, el fundamento de la historia de éxito de la RPCH se estableció en la primera década de la era de reformas, determinada por tres características decisivas heredadas de la Revolución: un campesinado brioso y con energía; unos líderes nacionales que conservaban todavía las capacidades estratégicas y la confianza en sí mismos de la revolución original; y una actitud de seguridad crítica, como la que en su día mostraron Lenin y sus camaradas, hacia la cultura nacional y el mundo exterior.

La perspectiva comparativa ofrece una interpretación nueva de un asunto que se ha hecho demasiado familiar. Cuando la comparación se extiende a lo largo de un siglo y analiza cuestiones sociales, culturales, económicas y políticas, observando también los contextos internacionales, estudiar todo ello en menos de cuarenta páginas es todo un reto. Incluso sin tener en cuenta la cuestión del espacio, todas las comparaciones tienen sus límites y el proyecto de Anderson no es en este sentido una excepción. Cuando compara las dos revoluciones comunistas centrándose en la década de 1980, por ejemplo, la experiencia reformista de China, lanzada a los tres años de la muerte de Mao, se refleja en un espejo ruso de más de tres décadas (1953-1985): una diferencia de periodización tan grande, sin embargo, genera inevitablemente la simplificación y malinterpretación del proceso protagonizado por China. Otro problema clave es la conexión precaria entre la pregunta que enmarca el artículo (el resultado histórico de la Revolución China a la luz del auge económico del país en el siglo XXI) y la respuesta que ofrece de manera implícita, esto es, las tres características distintivas arraigadas en la revolución y que son visibles de manera activa en la década de 1980. ¿Explican estas realmente la trayectoria de China desde 1978? ¿Ofrecen alguna pista para predecir el futuro del país? En su breve conclusión, al echar una ojeada a los últimos veinte años de la experiencia china, Anderson deja esas preguntas sin responder a la espera de nuevos acontecimientos.

En mi respuesta, me centraré en primer lugar en algunas cuestiones clave de las revoluciones rusa y china planteadas por la comparación de Anderson, y después intentaré corregir su versión de la entrada de China en la era de reformas por medio de un análisis más detallado de su trayectoria, defendiendo que no son las características positivas inconteniblemente arraigadas en la revolución, sino la indiferencia del Partido hacia ellas e incluso su eliminación total, de manera notoria en la represión de Tiananmén, lo que ha moldeado el camino específico del ascenso de China en la actual economía mundial.

I. Anatomía de la revolución

Anderson toma la definición de Weber del Estado como «el ejercicio del monopolio de la violencia legítima sobre un territorio dado» y señala que una revolución política puede llegar a darse por la pérdida de uno cualquiera de sus términos (monopolio, legitimidad, territorio), que permite el derrocamiento del régimen existente y su sustitución por uno nuevo. Como su artículo se remonta a las matrices de la Rusia zarista y la China de la dinastía Qing en el siglo XIX, Anderson podría haber considerado, según esta concepción, la revolución de febrero de 1917 en Rusia y la revolución republicana de 1911 en China, que derrumbaron estos dos regímenes imperiales de larga trayectoria. Al omitir la agitación antidinástica en ambos países, la comparación de Anderson se centra en las revoluciones lideradas por los comunistas que las sucedieron, pero dice poco de qué fue lo que las definió como comunistas, en comparación con otros tipos de cambio de régimen. En el artículo, la palabra comunismo se escribe alternativamente con mayúscula o minúscula, a veces de manera irónica. Pero las ideologías de los partidos que hicieron estas revoluciones y el tipo de formación estatal que representaban no se especifican. Es necesario tenerlas en cuenta. Desde una perspectiva internacional, establecieron dos formas bastante diferentes de «comunismo», cuyas fortalezas y debilidades teóricas, políticas y económicas precisan su propia evaluación histórica.

El materialismo histórico ofrecía una manera de dar sentido socioeconómico al gran pasado del país y proyectarlo hacia el futuro con un sentido total

Desde un punto vista intelectual, los bolcheviques rusos, bajo el liderazgo de Lenin, llevaban largo tiempo involucrados activamente en el movimiento obrero internacional, participando en innumerables e intensos debates teóricos y desarrollando sus propias estrategias para la tarea organizativa de construir (normalmente, de manera clandestina) un partido revolucionario moderno. Convencido de que el desarrollo de fuerzas de producción avanzadas constituía una precondición para el comunismo, el partido leninista consideraba a la mayoría campesina de Rusia con cautela, incluso con prevención, como un bastión potencial de la producción de mercancías de la pequeña burguesía rural, que podía convertirse en un obstáculo para el objetivo del partido de industrialización a gran escala. Este compromiso ideológico se mantuvo constante con Stalin y sus sucesores. El estalinismo interpretó el marxismo de manera mecánica y lo puso en práctica violenta y dogmáticamente con un brutal programa de colectivización e industrialización forzada llevado a cabo antes de la guerra. A partir de entonces, la expansión de la industrialización y el aumento de la mecanización de la agricultura fueron los puntales de la política en la URSS. Tal como señala Anderson, más del 80 por 100 de la población rusa vivía en el campo en 1917, mientras que en la década de 1980 su fuerza de trabajo rural representaba un mero 14 por 100 del total nacional.

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La preparación teórica y política de los bolcheviques era un activo del que los revolucionarios chinos que se oponían a la dinastía manchú bajo la dirección de Sun Yat-Sen no tenían ni noción. Pasaría otra década antes de que esos jóvenes chinos que se hicieron comunistas comenzaran a recibirla de la Tercera Internacional. El atractivo del marxismo y de la interpretación de Lenin para los líderes del Partido Comunista de China (PCCH), como Mao Zedong, tenía dos aspectos. El materialismo histórico ofrecía una manera de dar sentido socioeconómico al gran pasado del país y proyectarlo hacia el futuro con un sentido total que quedaba muy por encima de cualquier concepción china anterior. Calmó la ansiedad intelectual ante el vacío político-moral que el colapso de la ortodoxia confuciana había producido (siempre mirando al pasado a la búsqueda de una edad de oro ideal) al proporcionar una base creíble para la esperanza en un futuro más brillante para el país, que había sufrido la extinción de las visiones utópicas de los literati desde la antigua dinastía Qing o también la «Gran Unidad» de Kang Youwei. Al mismo tiempo, el materialismo dialéctico y la teoría leninista del partido revolucionario parecían proporcionar las mejores herramientas teóricas para la estrategia revolucionaria y la movilización social moderna. No cabe ninguna duda acerca del desarrollo creativo de esta corriente por parte de Mao, que produjo su innovador análisis de clase de la sociedad china en 1926, seguido de muchos movimientos estratégicos brillantes durante los años de la guerra.

La relevancia otorgada a la movilización social llevó al PCCH a identificar desde muy pronto al campesinado chino como una fuerza revolucionaria crucialmente importante y, más tarde, a otorgar la máxima prioridad a su papel en la lucha de liberación nacional contra la ocupación militar extranjera. La guerra de guerrillas basada en los campesinos contra los gobernantes coloniales o los tiranos nacionales se convirtió en un sello característico de las rebeliones maoístas en todo el mundo, sobrepasando las barreras teóricas establecidas por el movimiento comunista internacional. Pero el método tenía sus inconvenientes. Una vez que se estableció la RPCH, la primera generación de líderes y cuadros del PCCH tenía siempre presente a la sociedad rural, aunque esto no significara que la protegieran socialmente. El campo se explotaba sistemáticamente para el desarrollo industrial y se dedicó muy poca reflexión seria al desafío de convertir la vasta población campesina de China en clase obrera urbana. Ni el análisis económico del capitalismo moderno y sus contradicciones internas ni el indiscutible largo y tortuoso camino de la movilización social inmediata hacia un destino final de igualdad y abundancia figuraron de manera destacada entre las preocupaciones de Mao tras la toma del poder por el PCCH. En la primera década de la RPCH, lanzó al país impulsivamente hacia el Gran Salto Adelante, un intento ilusorio de emular el desarrollo industrial del Reino Unido y Estados Unidos, intentando ciegamente impulsar a China directamente hacia el comunismo por medio solo de su propio esfuerzo. En los últimos años de su vida, promovió, hasta sus extremos, el culto a la autosuficiencia por medio de la Revolución Cultural, organizando a la sociedad china en unidades protomilitares y concibiendo la igualdad social con un espíritu más cercano a la nivelación precapitalista primitiva que a cualquier comunismo posindustrial avanzado. Fue como si el fracaso del Gran Salto Adelante hubiera desilusionado a Mao de la idea de conseguir sus objetivos por medio del desarrollo económico. Con la Revolución Cultural apartó su imaginación utópica del materialismo histórico, en una dirección completamente opuesta a todo lo moderno. Comparadas con el legado de los debates de los bolcheviques, las visiones de futuro de Mao eran inferiores en calidad intelectual y los experimentos a los que condujeron tuvieron un resultado final desastroso.

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Anderson señala que en su origen «la emergente Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas no formuló ningún llamamiento al orgullo patriótico o a la construcción nacional. Su llamamiento fue internacional: a la solidaridad del movimiento obrero de todo el mundo». ¿Cómo se compara entonces el impacto externo de las dos revoluciones? Los Estados que crearon, que pertenecían a un movimiento político común, tenían ambos una dimensión internacional inherente. Por otra parte, las dos guerras mundiales empujaron a ambos partidos a reconocer el atractivo del nacionalismo. Para el PCCH significó su adaptación a las realidades sociales de la sociedad local y la protección de su propia independencia nacional dentro de una alianza de adhesiones internacionales. Para el Partido Comunista de la Unión Soviética (PCUS), la lucha contra Hitler bajo el mando de Stalin fue el momento para desmantelar la Internacional Comunista y unirse en torno al patriotismo ruso, lo que tuvo implicaciones más amplias que meramente ganar la guerra. Cuando la victoria del Ejército Rojo sobre el Tercer Reich llevó a la mayoría de la Europa del Este al campo socialista, estos países no se unieron a la URSS como repúblicas socialistas soviéticas adicionales, sino que formaron sus propios Estados nacionales respectivos.

La relevancia otorgada a la movilización social llevó al PCCH a identificar desde muy pronto al campesinado chino como una fuerza revolucionaria 

En los años de la Guerra Fría, los dos Estados comunistas proporcionaron apoyo moral y material a los movimientos afines de otros países. La Unión Soviética ayudó a sostener y equipar a la Revolución Vietnamita y posibilitó que Cuba sobreviviese al bloqueo estadounidense a miles de kilómetros de distancia de las costas soviéticas, mientras que la propia Cuba apoyó las luchas de liberación nacional del África portuguesa. La existencia de la URSS proporcionó un abanico de posibilidades alternativas (tanto domésticas como diplomáticas) a las naciones más pequeñas que acababan de alcanzar la independencia o luchaban todavía por la descolonización. Desde el punto de vista socioeconómico, en lugar de un conjunto fijo de políticas económicas del tipo de las que imponía el FMI, la Unión Soviética ofrecía un modelo que incluía la nacionalización de las industrias en los sectores estratégicos, junto con programas de educación pública, vivienda y sanidad universales, y difundía una ideología que valoraba a las masas trabajadoras como la fuerza principal de la sociedad. A menudo llevaba aparejada una ayuda material considerable. El modelo no logró casos espectaculares de despegue económico, como ocurrió en unos pocos países bajo la protección estadounidense, pero contribuyó a la recuperación económica en muchas naciones recién llegadas a la independencia, que a menudo se encontraban en ruinas tras guerras devastadoras. La joven RPCH de la década de 1950 fue uno de estos ejemplos.

Frente a todo esto, la URSS no permitió la autonomía a los Estados de la Europa del Este ocupados por el Ejército Rojo al final de la Segunda Guerra Mundial, que fueron reducidos a satélites soviéticos. Las sucesivas intervenciones militares en Alemania Oriental, Hungría y Checoslovaquia, fueron, sin ninguna duda, actos de represión. Además, el PCUS procuró fortalecer su liderazgo sobre el conjunto del movimiento comunista internacional exigiendo obediencia a los partidos hermanos y tratando de intimidar a los que se resistían a prestarla (Yugoslavia en la época de Stalin, China en la época de Kruschev). No hay ninguna duda del peso de la hegemonía soviética en el «campo socialista» en la época álgida de la Guerra Fría.

Tras la victoria de la revolución, China también proporcionó abundante apoyo político y material a otros movimientos comunistas, especialmente en los dos países vecinos de Corea y Vietnam. Pero más allá de sus vecinos inmediatos, generalmente fundamentó su influencia en la fuerza de su ejemplo, más que en la imposición de su voluntad. Cuando la ruptura chino-soviética a comienzos de la década de 1960 produjo una reacción en cadena de divisiones en los movimientos de izquierda de todo el mundo, con muchos partidos de reciente formación etiquetándose como «maoístas», el PCCH no intentó atraerlos a una organización mundial o a un movimiento maoísta coordinado globalmente. Las posturas generales del Partido, que resaltaban la liberación nacional, la autosuficencia agrícola y la rebelión contra la desigualdad tanto social como internacional, se detectaban bajo la superficie de su cooperación, a menudo semiclandestina, con partidos afines en el extranjero. Sin embargo, la RPCH rehuyó levantar abiertamente un estandarte maoísta de solidaridad internacional como parte de su política exterior oficial. El Partido y el Estado avanzaban por dos carriles. Lo que quedaba bajo la superficie nunca llegó a hacerse público.

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En sus últimos años, Mao señaló que no había una diferencia esencial entre el papel jugado por la URSS en los asuntos mundiales y el de Estados Unidos, dos superpotencias que competían por una hegemonía idéntica. Nunca fue una afirmación totalmente convincente. La posición ideológica de la URSS fue a menudo muy distinta, en realidad diametralmente opuesta, a la de Estados Unidos. Durante la Guerra Fría, la Unión Soviética sirvió de contrapeso al inmenso poder de Estados Unidos, convirtiendo desde el primer día el Consejo de Seguridad de la ONU en un campo de batalla, donde ejerció su veto ciento doce veces entre 1946 y 1972: muchas más que Estados Unidos. A partir de entonces, su utilización del veto cayó en picado, y lo que Anderson llama «las ascuas del internacionalismo» todavía existentes con Kruschev fueron sofocadas por el brezhnevismo. Aun así, se notaba una influencia indirecta de la URSS incluso en países y movimientos muy apartados del «campo socialista». Basta considerar los procesos de democratización exitosa en Corea del Sur y Brasil en la década de 1980, ambos basados en gran parte en la movilización de la clase obrera en oleadas de huelgas a gran escala. Desde la disolución de la URSS y el final de la Guerra Fría, no se ha visto ningún movimiento comparable de militancia política de la clase obrera. Las protestas laborales no han desaparecido, pero normalmente sus objetivos son limitados: la defensa de los niveles de salario o las prestaciones sociales, sin ninguna perspectiva de transformación política. Ya no existe la amenaza de un «Estado de obreros» de ningún tipo.

Internacionalmente, la RPCH se diferenció al proponer los Cinco Principios de Coexistencia Pacífica, aceptados en 1955 por la Conferencia Afroasiática de Bandung, pero todo se derrumbó cuando estalló la guerra en la frontera chino-india en 1962. Tras la entrada de China en la ONU, el comportamiento de la RPCH no mejoró. A los pocos meses de que Pekín ocupara su asiento en el Consejo de Seguridad, Mao recibió a Nixon en Zhongnanhai. El cínico nacionalismo evidente tras este repentino cambio de trayectoria era inequívoco, y aunque las llamadas oficiales a la revolución siguieron mientras Mao vivió, la RPCH pronto se mostró incapaz de luchar diplomáticamente por la justicia y la igualdad internacionales. La RPCH había utilizado su veto solamente cuatro veces al final del siglo, dos veces en 1972 y de nuevo dos veces a finales de la década de 1990 para castigar a Taiwán y a los que la apoyaban bloqueando las misiones de paz de la ONU en Guatemala y Macedonia. Durante el cuarto de siglo que transcurrió entre tanto, bajo Mao y Deng, mantuvo un perfil bajo.

En el nuevo siglo, el ascenso de China hacia un estatus de superpotencia actúa como contrapeso al dominio comercial estadounidense y ofrece un pequeño espacio de maniobra diplomática a las naciones de América Latina y África. Pero ni la RPCH pretende ser un modelo alternativo de sociedad ni se la considera como tal, al contrario de lo que fue la URSS. China se presenta como una potencia que de manera encomiable evita la hegemonía, pero la forma que toma su abstención con más frecuencia es o bien conformidad con la hegemonía existente (para dar un solo ejemplo: durante la guerra de Iraq) o bien la persecución de sus intereses cicateros (como en Sudán). Su relación con los países del Tercer Mundo sigue siendo estrictamente instrumental. La impresión que causa su historial diplomático es de egoísmo y estrechez de miras. El orgullo nacional, que crece hacia un chauvinismo del Gran Han, ha aumentado rápidamente con el crecimiento económico, represivo contra los pueblos minoritarios dentro de sus fronteras y agresivamente autoritario con los países vecinos. En las disputas con varios países del Sudeste asiático por el mar de la China Meridional, los funcionarios chinos han tomado prestado abiertamente un antiguo término estadounidense para criticar a las potencias extranjeras que se inmiscuyen en «el patio trasero de China». Por lo demás, en el nuevo siglo, China se ha unido a Rusia tres veces en el uso de su poder de veto para bloquear resoluciones relativas a Myanmar (2007), Zimbabue (2008) y Siria (2011). Es lo que queda del legado internacionalista de las dos revoluciones.

La RPCH rehuyó levantar abiertamente un estandarte maoísta de solidaridad internacional como parte de su política exterior oficial

Una razón por la que Perry Anderson no intenta considerar en su artículo los dispares antecedentes ideológicos y los también dispares impactos internacionales de las dos revoluciones es que, en las pocas ocasiones en que introduce la ideología en la discusión (comentarios sobre el chauvinismo de la Gran Rusia o esperanzas maoístas de eliminar las «tres grandes discrepancias»), defiende a las corrientes intelectuales (representadas por Lenin en Rusia y Lu Xun en China) que exploraron nuevas concepciones creativas de la política por medio de ataques implacables a sus propias culturas tradicionales, inspirándose de recursos de cualquier procedencia: entre ellos, apropiaciones críticas occidentales. Sin embargo, eran ideas o posturas relacionadas con cuestiones de la «modernidad», que nunca fue una noción significativa para el movimiento obrero clásico, cuya perspectiva se definía por su contraste distintivo entre capitalismo y socialismo, que tanto el pcus como el PCCH siempre reivindicaron como propio.

II. El camino de la reforma

Al considerar la situación histórica que llevó a las reformas tanto en la RPCH como en la URSS en la década de 1980, Anderson se centra en tres temas: el estancamiento económico o la parálisis política que propició el empuje reformista; la forma en que el legado del dictador revolucionario fue gestionado en cada país; y el carácter de los líderes que iniciaron las reformas respectivas. Es un enfoque que deja sin responder cuestiones importantes sobre el cambio radical en la economía de China. Consideremos en primer lugar su comparación básica de los dos países.

Una dificultad obvia de la comparación de Anderson es que la conexión entre el dictador revolucionario y el liderazgo de la reforma fue muy diferente en los dos países. Si las reformas chinas fueron, sin duda, una reacción rápida contra la Revolución Cultural tras la muerte de Mao, los desastres de la década de 1930 bajo Stalin no fueron un acicate comparable para el programa de Gorbachov. De igual modo, es probablemente exagerado echar la culpa a Kruschev por no reformar a tiempo el Gosplán, dejando que se fosilizase durante los siguientes veinte años. El tratamiento de Anderson a las crisis que precedieron de forma inmediata a las reformas en cada caso es también sesgado. Según su punto de vista, en la URSS se debieron al estancamiento económico agravado por la burocratización política y el vaciado intelectual del PCUS, mientras que en la RPCH fue la Revolución Cultural, cuyos costes políticos fueron la desilusión popular creciente y el descontento social. Su análisis dice poco del impacto de la Revolución Cultural dentro del propio Partido y permanece casi completamente en silencio sobre los estragos que produjo en la economía china.

Su explicación es totalmente opuesta a la justificación oficial del PCCH para acometer las reformas en aquel momento, cuando el liderazgo colectivo del Partido sostuvo que la economía nacional estaba «al borde del colapso total» (como sucesor designado de Mao, Hua Guofeng lo declaró en febrero de 1978). La economía china registró un crecimiento año tras año durante la década de 1966 a 1976. Sin embargo, su ritmo no solo fue más lento que en el periodo 1953-1966 o 1977-1982, sino que la agricultura renqueaba por detrás de las necesidades de alimentos y la industria ligera se quedaba muy por detrás de la industria pesada, que estaba orientada hacia proyectos de infraestructuras y producción militar, en consonancia con la política de Mao de «preparar la guerra» con una «tercera línea» de instalaciones defensivas que se extendían a lo largo de las provincias interiores. En la década de la Revolución Cultural, la población total de China creció casi el 30 por 100, mientras que la producción de tejido de algodón creció únicamente el 20 por 100 (los tejidos artificiales eran todavía una rareza, incluso en Pekín); y aunque la producción de grano aumentó a lo largo de estos años, el consumo per cápita cayó por debajo del nivel de 1952. En cualquier caso, la cuestión crucial no es si el PIB crecía nominalmente, ya que según este criterio la Unión Soviética todavía crecía en 1986, cuando Gorbachov lanzó su perestroika, y tampoco podía decirse que se hallara inmersa en una crisis económica. La realidad de la RPCH de aquel momento la constituía una economía mantenida de forma artificial por debajo de su capacidad productiva real, especialmente en la agricultura y los sectores de la industria ligera, por la presión de la utopía originalmente concebida por Mao y por las prioridades de la defensa nacional.

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El sistema económico instalado por Mao durante la Revolución Cultural era una estructura muy diferente del sistema de planificación centralizada de la Unión Soviética. Anderson destaca esta diferencia, pero su interpretación de la misma es desacertada y exageradamente positiva. Aunque, tal como señala Anderson, los planificadores centrales de Pekín fijaban los precios de tan solo el 1 por 100 de los artículos sujetos a las directivas del Gosplán en Moscú, esto no significa que existiera un intercambio comercial más activo en China. De manera similar, cuando Mao fomentó la descentralización económica, esto no dejó en la práctica «a los gobiernos locales más espacio para tomar la iniciativa». La realidad es que tras el periodo de caos inicial de la Revolución Cultural, aproximadamente entre 1966 y 1969, la tendencia general de la política económica china fue un intento prolongado de contener los intercambios comerciales de todo tipo y reprimir todo lo posible cualquier tipo de actividad comercial. Las protomilitares Escuelas de Cuadros 7 de Mayo para empleados del Estado constituyeron la innovación típica de la época. Provenían, en parte, de las Comunas del Pueblo del periodo del Gran Salto Adelante, y fueron planeadas para encajar en un marco general según el cual cada unidad de trabajo y cada provincia del país alcanzaría una autosuficiencia local total y entregaría todo el excedente de su producción a las autoridades centrales para destinarlos a proyectos nacionales (en lugar de para su redistribución para el consumo en todo el país, como en la URSS y el Bloque del Este). Múltiples cupones para cuotas de provisiones rutinarias eran distribuidos por los gobiernos locales a los residentes urbanos, sin que circularan a través de los límites provinciales o incluso de los límites de los municipios menores.

Incluso en los proyectos especiales a gran escala patrocinados por el gobierno central, tales como los campos petrolíferos de reciente exploración, se animaba (o se exigía) a los empleados a organizarse en unidades de estilo militar para producir cosechas de grano y vegetales, además de realizar las tareas requeridas por su empleo oficial, para alcanzar la autosuficiencia y reducir la dependencia de los intercambios comerciales a través de las fronteras regionales. Lo mismo sucedía en el Ejército Popular de Liberación. En sus regimientos, a los oficiales y los soldados se les solicitaba que montaran granjas o incluso pequeñas plantas industriales para la autosuficiencia total respecto de las provisiones de la retaguardia. En el campo, a los campesinos (que para entonces pertenecían ya todos a las Comunas del Pueblo locales) se les permitía tener pequeñas parcelas de «terreno personal» (ziliudi) en las que podían plantar vegetales o criar algunos pollos, cabras o cerdos. Pero el producto cultivado o el ganado criado en dichas parcelas se consideraba como un potencial «brote del capitalismo» si sobrepasaba la cantidad necesaria para el consumo de subsistencia y llegaba al mercado, un peligro contra el que había que mantenerse vigilante. Los mercados rurales regulares, una actividad económica local dinámica a lo largo de la historia de China, no pudieron ser suprimidos por completo y siguieron funcionando en las provincias con diferentes grados de actividad durante la Revolución Cultural, pero en condiciones de recesión, debido a la falta de vida comercial en general y también a la ausencia del comercio de larga distancia entre las provincias.

La realidad de la RPCH de aquel momento la constituía una economía mantenida de forma artificial por debajo de su capacidad productiva real

El control del gobierno central sobre este sistema económico tenía dos vertientes. Desde el punto de vista burocrático, algunas instituciones gubernamentales procedentes de la época anterior a la Revolución Cultural continuaron llevando a cabo una planificación general, según la cual las cuotas para los «excedentes» agrícolas y las ganancias industriales se determinaban de manera arbitraria y así se obtenían. Los fondos para el siguiente ciclo de producción se canalizaban de nuevo hacia los gobiernos locales y las empresas industriales por medio de herramientas presupuestarias, pero la toma de decisiones estaba sujeta al mismo tiempo a todo tipo de veleidades políticas e ideológicas. El sistema antiguo, aunque todavía en vigor, se consideraba sospechoso y fue semiparalizado, dejando la actividad económica a merced de la manipulación partidista, especialmente cuando no se trataba de productos para el consumo inmediato de la industria pesada estratégica. Los objetivos de producción se fijaban de manera tan errática que a veces una escasez inesperada de ciertos productos tenía que ser paliada por medio de una «campaña» de producción para satisfacer la demanda real. Casos así incluían lavabos para zonas sin agua corriente o tubos de chimenea antes de que llegara el invierno. La descripción efectuada por Anderson del descorazonador panorama que se presentó a los dirigentes soviéticos cuando Brezhnev finalmente expiró podría aplicarse literalmente a los sectores industriales principales de China cuando Mao falleció: «La productividad del trabajo se estancó, los ratios capital-producto empeoraron, las plantas obsoletas quedaron sin desguazar y se perdió el tren de la nueva tecnología de la información». La mezcla de directrices centralizadas y autosuficiencia local a escala de subsistencia propició una estructura tan incoherente como la que ningún otro comunismo llegó a imaginar.

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En abril de 1976, en contraste con el entusiasmo generalizado de 1966, los jóvenes desilusionados acudieron a la plaza de Tiananmén para protestar contra el núcleo de poder político que se había apiñado en torno a Mao. La multitud se reunió en la plaza, cantaba canciones, pronunciaba y escuchaba discursos y pegaba comentarios políticos en el Monumento a los Héroes del Pueblo, mientras condenaba abiertamente a la Banda de los Cuatro liderada por la mujer de Mao, Jiang Qing, y lloraba la muerte de Zhou Enlai expresando su apoyo al aliado de Zhou, Deng Xiaoping. Mao no podía ignorar esta situación y ordenó a Deng, a quien acababa de rescatar del exilio interior para que ayudara a gestionar la economía, que hiciera las maletas de nuevo. Poco después, nombró sucesor a Hua Guofeng, un anodino funcionario medio del Partido. Entonces, un mes después de su muerte en septiembre de 1976, un golpe militar derrocó a la Banda de los Cuatro y terminó con la Revolución Cultural.

Estos acontecimientos condicionaron la manera en la que el Partido gestionó la imagen de Mao tras su muerte. El final de la Revolución Cultural trajo consigo un intento coordinado en el discurso oficial de separar a Mao de la Banda de los Cuatro. Para conseguirlo, Hua, como sucesor designado, trabajó estrechamente con la vieja guardia del Partido, que llegó a ser conocida como los ocho «inmortales» a finales de la década de 1980. Ambas partes acordaron también que era el momento de que el Partido cambiara su prioridad de la lucha de clases a la tarea de la modernización económica. Sin embargo, la insistencia de Hua en mantener el culto a Mao frustró las exigencias de la vieja guardia. El cambio llegó a finales de 1978 cuando Chen Yun, un destacado miembro de la misma, lanzó un ataque contra Hua, prolongando hasta cinco semanas una conferencia de trabajo que estaba programada que durase dos. Con el apoyo popular, la reunión consiguió darle la vuelta al veredicto oficial sobre la protesta de 1976 en la plaza de Tiananmén, despejando el camino para la vuelta de Deng al poder. El discurso de clausura de la conferencia de Deng incluyó dos pronunciamientos llamativos. En primer lugar, declaró que la democracia era imprescindible para continuar la campaña de liberación del pensamiento que debía pilotar el rumbo de China hacia la modernización; y en segundo lugar, que la unidad ecuménica debía ser prioritaria frente a los intentos de aclarar los errores del pasado. Por ejemplo, no había necesidad de inspeccionar el historial de Mao como líder. Para Deng, ambas posturas eran movimientos tácticos más que posiciones de principio, como demostraría la década de 1980.

Unas pocas semanas después de la reunión, se establecieron relaciones diplomáticas con Estados Unidos y en enero de 1979 Deng se embarcó en su visita histórica a ese país. El mes siguiente China lanzó un ataque sorpresa sobre Vietnam, en una costosa guerra de fronteras. Mientras tanto, la policía acordonaba el Muro de la Democracia y detenía a los activistas. Wei Jingsheng, el principal disidente que había reclamado la democratización y advertido a la gente sobre Deng como un «nuevo dictador», fue sentenciado a quince años de cárcel con acusaciones inventadas. A finales de marzo, un día después de que Wei fuera encarcelado, el Partido publicó los cuatro «principios cardinales»: el liderazgo del Partido, la aceptación del marxismo-leninismo pensamiento Mao Zedong, la dictadura del proletariado y el socialismo, cuyo contenido no podía ser cuestionado o discutido y que fueron utilizados para castigar toda disconformidad política posterior.

La mezcla de directrices centralizadas y autosuficiencia local a escala de subsistencia propició una estructura tan incoherente como la que ningún otro comunismo llegó a imaginar

Tras esta secuencia de acontecimientos Deng y sus colegas prepararon a lo largo de 1980 y 1981 los juicios mediáticos de Jiang Qing y sus asociados y la declaración oficial del PCCH sobre Mao y la Revolución Cultural. Para entonces, la mayoría de las masas, todavía bajo una manipulación ideológica estricta, había aceptado (pasiva o activamente) la separación discursiva de Mao de sus subordinados, fundamental en la retrospectiva del Partido sobre el Gran Timonel. Anderson compara la resolución oficial del Partido sobre Mao con el discurso secreto de Kruschev condenando a Stalin. Pero la vacuidad de este último no prueba la excelencia de la primera. Tal como Anderson señala, es verdad que la resolución de 1981 aceptaba la responsabilidad colectiva del Partido por la Revolución Cultural, pero lo hacía en términos bastante imprecisos. No menos imprecisa era la arbitraria conclusión de que Mao tenía el 70 por 100 de gran revolucionario y el 30 por 100 de déspota incompetente. El informe era fundamentalmente un producto de la realpolitik interna, que bloqueaba toda reflexión crítica auténtica sobre el historial de Mao o el del Partido bajo su mando.

Juntando todas las piezas, es más acertado decir que Deng y sus camaradas llevaron a cabo una secuencia clásica de movimientos para consolidar su inicialmente precaria toma del poder recién recuperado: alimentar la repulsa popular contra las tiranías de los últimos años de la Revolución Cultural, para regresar al centro de la escena en 1976-1978; cortar de raíz los brotes peligrosos que pedían democracia auténtica, que desafiaron su propia legitimidad en 1978-1979; avivar el apoyo patriótico inventándose un peligro procedente de Vietnam en 1979; relegar a la Revolución Cultural y a Hua a un pasado desacreditado; y finalmente llamar al país a «mirar unidos hacia delante» (tuanjie yizhi xiang qian kan): un eslogan oficial expresamente utilizado contra los que pensaban que la memoria importaba, que fue más tarde objeto de burla popular con el juego de palabras «mirar por el dinero» (xiang qian kan).

III. Tiananmén: antes y después

Anderson da a entender que fue la visión clara y la voluntad firme de la vieja guardia la que, para bien o para mal, estableció la orientación de la era de las reformas. Pero ¿fue el cambio acaecido en China durante la década de 1980 modelado principalmente por los veteranos curtidos de la revolución original que no habían perdido sus capacidades estratégicas o la confianza en sí mismos? En ese caso, ¿con qué fines se utilizaron esas capacidades? Una forma de interpretar el texto de Anderson es que la represión sangrienta de los manifestantes pacíficos en 1989 fue un acontecimiento inevitable, aunque lamentable, en la saga que se iba desplegando de reformas triunfantes, incluso aunque Deng cambiara desgraciadamente de rumbo tres años más tarde, al descartar cualquier distinción entre capitalismo y socialismo en 1992, tras lo cual el lado negativo del gobierno del PCCH puede ser reconocido más fácilmente. Contra cualquier teoría de ese tipo, nuestras primeras preguntas serán las siguientes. ¿Cuál fue el carácter político del proceso reformista de Deng en la década de 1980? Si entonces era todavía fiel al socialismo, ¿cómo pudo dar un giro de 180 grados de manera tan ligera en 1992?

Hemos señalado que la fuerza principal que empujó los cambios tras la muerte de Mao fue una reacción contra la Revolución Cultural. Sin embargo, nunca fue presentada como una rebelión contra el socialismo. Tanto en el discurso oficial como en la comprensión popular, la Revolución Cultural fue tildada de socialismo equivocado. Económicamente, la revolución socialista no significaba mantener al pueblo en la pobreza. Políticamente, prometía la emancipación más que la tiranía demagógica puesta en práctica por la Banda de los Cuatro. En un movimiento por la «liberación del pensamiento», las llamadas a la democracia socialista en la prensa animaron a los activistas y beneficiaron a Deng en su lucha por el poder dentro del Partido. Puesto que el entorno internacional no era ya tan hostil a China como en la décadas de 1950 y 1960 y los cuadros del Partido, todavía no corrompidos, eran todavía capaces de poner en marcha directivas, debería haber sido una oportunidad ideal para que el PCCH experimentase con el socialismo auténtico, con el apoyo popular y toda una generación de jóvenes deseosos de participar.

Si el liderazgo del PCCH hubiera estado verdaderamente enraizado en la tradición revolucionaria, habría reconocido la necesidad de un debate abierto sobre las lecciones que se debían sacar de la Revolución Cultural y sobre el objetivo fundamental de una revolución socialista. Habría estado ansioso por encontrar formas de garantizar a las masas el acceso a la participación política institucionalizada. No habría explotado la memoria del caos de los Guardias Rojos para censurar todo tipo de movimiento social que partiese de abajo. Desgraciadamente, falló en todas estas pruebas. A pesar de ostentar una popularidad mucho mayor y enfrentarse a un riesgo de crisis política mucho menor al comienzo de la era de la reformas que Gorbachov en 1986, Deng Xiaoping y sus compañeros de la vieja guardia estaban decididos a no permitir que las esperanzas de reforma política amenazaran su propio poder: cuando fue necesario para mantenerlo, revocaron los cambios a mejor que ellos mismos habían introducido o permitido. La destreza estratégica y la seguridad que mostraron sirvieron a los intereses del Partido como ostentador del poder en lugar de servir a los del pueblo y la sociedad a los que la revolución original se suponía que servía.

Las primeras señales llegaron pronto. La protesta popular de 1976 había sido decisiva para facilitar la vuelta al poder de Deng tras la muerte de Mao. Pero inmediatamente después de su restauración oficial, Deng cerró el Muro de la Democracia, que se había mostrado demasiado activo para su gusto. En 1982 se revisó la Constitución para eliminar cláusulas que garantizaban a las masas el derecho a iniciar debates públicos y colocar carteles escritos con grandes caracteres en los espacios públicos, supuestamente a la luz de las nefastas lecciones de la Revolución Cultural. Estas medidas no entraron en vigor hasta el verano de 1989, pero ya estaba claro que los dirigentes del Partido no tenían interés en diferenciar la violencia de los Guardias Rojos en los primeros tiempos de la Revolución Cultural de las garantías al derecho de las masas a la expresión política.

Si el liderazgo del PCCH hubiera estado enraizado en la tradición revolucionaria, habría reconocido la necesidad de un debate abierto sobre el objetivo fundamental de una revolución socialista

A pesar de ello, el discurso democrático siguió siendo importante para Deng en su apuesta por consolidar el poder. En junio de 1979, Hua Guonfeng, el presidente decorativo del Partido en aquel momento, declaró en el Informe de Trabajo del Gobierno Central a la Segunda Conferencia del Quinto Congreso Nacional del Pueblo:

Para garantizar que en el futuro no habrá más agujeros serios en el sistema político de nuestro país que puedan ser explotados por conspiradores como Lin Biao y la Banda de los Cuatro, es urgente que fortalezcamos la democracia socialista y el sistema legal socialista.

Hua añadía:

La democracia socialista, o la democracia del pueblo, significa que todo el pueblo, que disfruta diversas formas de propiedad y usufructo de los medios de producción, tiene el derecho primordial de administrar el Estado. Este es el principio político inquebrantable de un sistema socialista. Traicionar este principio fundamental es destruir la esencia de un Estado socialista.

En esta conferencia se aprobó una nueva ley electoral que regulaba la representación en los Congresos del Pueblo locales, para los que estaban programadas unas nuevas elecciones en 1980. Una oleada de campañas electorales recorrió los campus de las principales universidades de las grandes ciudades, y pronto los candidatos autoproclamados, que se presentaron contra los nominados por el Partido a pesar de las constantes obstrucciones, ganaron escaños en los distritos de Shanghái y Pekín. En el ámbito teórico, cierto número de cuadros intelectuales del Partido y de académicos comenzaron a discutir la importancia en el socialismo del concepto marxista de alienación, introduciendo temas clásicos del humanismo inicial de Marx en el contexto chino. El punto de referencia inmediato era claramente la Revolución Cultural y la pregunta subyacente era el propósito moral de una revolución socialista. Con el apoyo de algunos altos cargos se publicaron artículos sobre estos temas durante dos o tres años en el Diario del Pueblo y el Diario Guangming. Sin embargo, este asunto fue la señal para un contragolpe oficial. Al dar la alarma, los mismos guardianes del Partido que habían instado con éxito la apertura económica a la inversión occidental, frente a la oposición de Hua Guofeng, pusieron a Deng de su lado y publicaron violentos ataques contra los intelectuales en los principales periódicos del Partido. En 1983, una campaña «contraliberal» se extendió a una represión policial más amplia contra la «contaminación espiritual» tildando deliberadamente de vicios sociales las concepciones liberales del debate intelectual. Los principales participantes en la discusión sobre la alienación fueron destituidos de los cargos clave de la propaganda oficial. A partir de entonces, la exploración teórica coordinada (de la que Deng nunca había sido muy partidario) se hizo mucho más difícil.

2

La cuestión de la sucesión se convirtió en otra señal de la dirección en la que el Partido se movía. Al contrario de la impresión que da Anderson, el PCCH se debatió con incomodidad en este asunto. Desde la muerte de Lin Biao en 1971, había existido una comprensión creciente (acompañada de frustración) de que Mao había hundido a China en una crisis por su incapacidad de encontrar un sucesor fiable. Tras la muerte de Mao, se llegó al consenso de que el problema de raíz había sido su entrega al culto a la personalidad que culminó en la Revolución Cultural. Por consiguiente, al principio de la era de las reformas se puso el énfasis en el liderazgo colectivo del Partido y el imperio de la ley en general. El liderazgo máximo del Partido y del Estado se racionalizó y se fijaron límites de edad para la jubilación para varios rangos de cargos oficiales, con planes de prestaciones garantizados para reducir la resistencia al cambio.

A pesar de ello, desde la muerte de Mao hasta 1989, la vieja guardia destituyó a tres líderes máximos en trece años: Hua Guofeng (1976-1981), Hu Yaobang (1981-1987) y Zhao Ziyang (1987-1989). De los tres, Hua dimitió por la presión tanto interna del Partido como popular, una salida ampliamente bienvenida en la sociedad china. Pero si su expulsión representó el adiós del Partido a su pasado, las destituciones de Hu y Zhao demostraron la incertidumbre y la dificultad de seguir hacia delante. El procedimiento regularizado de sucesión, que ahora incorpora al poder a cada nueva cohorte una vez por década, no fue establecido hasta bastante después de la represión de Tiananmén de 1989. Su significado político debe ser comprendido en relación a las dificultades experimentadas durante la década de 1980.

Cuando Hua Guofeng sucedió a Mao para convertirse en el líder máximo ostentaba tres cargos. Era simultáneamente presidente del Partido y de la Comisión Militar Central del Partido, así como primer ministro. Cinco años más tarde fue depuesto por una acción conjunta de la vieja guardia y sus colegas más jóvenes, respaldados por el apoyo popular. Después de que Hua dejara su puesto, el Partido cambió la denominación de su cargo máximo de «presidente» a «secretario general», mientras el Estado tenía ahora un presidente y un primer ministro. Los cuatro cargos máximos en el Partido, el Estado y el ejército fueron asignados a personas diferentes. Ninguno de los miembros de la vieja guardia ocupó el puesto de secretario general. Se promocionó a dos figuras relativamente más jóvenes. Hu Yaobang se convirtió en el secretario general del Partido y Zhao Ziyang en primer ministro. Pero tras la salida de Hua, Deng ocupó (crucialmente) el cargo de presidente de la Comisión Militar Central a lo largo de la década de 1980, que le garantizaba la última palabra en los asuntos controvertidos.

Sin embargo, una vez que tuvo el poder asegurado en sus manos, la vieja guardia se mostró menos interesada en que el liderazgo colectivo se hallara condicionado por un procedimiento establecido. Desde el punto de vista de Deng, Hu Yaobang se había mostrado innecesariamente receptivo (incluso de manera irritante) a los defensores del humanismo y a los estudiantes que pedían derechos democráticos. En 1987, Hu fue muy criticado por «violar el principio del liderazgo colectivo sostenido por el Partido» y fue forzado a dimitir. Sin embargo, su dimisión fue «aceptada» sin que se reuniera el Comité Central, como exige la Constitución del Partido. Los mensajes contradictorios de este episodio revelaron tanto la determinación de la vieja guardia de no perder el control del poder político, como la persistente presión a favor de la reforma política a la que ellos (especialmente Deng) se sentían obligados a prestar atención.

Durante la crisis del verano de 1989 la vieja guardia cambió de dirección de nuevo. Tras la represión sangrienta de la protesta popular liderada por los estudiantes, Zhao Ziyang, que llevaba solo dos años ocupando el puesto de secretario general, fue despojado de todos sus cargos por «dividir» al Partido, aunque ni existía una mayoría en su contra en el Comité Permanente ni fue derrocado por una votación del Comité Central: el «principio de liderazgo colectivo» significaba ahora simplemente la voluntad de la vieja guardia. Jiang Zemin, secretario del Partido en Shanghái, que había mostrado una disciplina férrea en el cierre de una revista liberal de noticias dos meses antes, fue llamado a Pekín para convertirse en el nuevo secretario general, y el secretario del Partido en el Tíbet, Hu Jintao, que había aplastado allí las protestas de marzo de 1989, fue designado por Deng como futuro sucesor de Jiang. Los dos constituyeron el comienzo de los procedimientos de sucesión, finalmente regularizados, de los siguientes veinte años. Además, cinco meses después de la represión de Tiananmén, Deng, de manera inesperada, transfirió el cargo de presidente de la Comisión Militar Central a Jiang, aunque nadie llegó a creer que mientras viviera este último tuviera el máximo poder sobre el ejército. Cuatro años más tarde, cuando otro miembro de la vieja guardia se jubiló del cargo de presidente de la República Popular, Deng también consiguió el cargo para Jiang. La regularización de la sucesión fue, por lo tanto, acompañada por una recentralización del poder en detrimento del liderazgo colectivo, incluso de manera formal. El jefe del Partido iba a ser simultáneamente, a partir de entonces, jefe de Estado y comandante supremo del ejército. Así se ha mantenido durante los últimos veinticinco años: Jiang Zemin, 1989-2002; Hu Jintao, 2002-2012; Xi Jinping, desde 2012.

Una vez que tuvo el poder en sus manos, la vieja guardia se mostró menos interesada en que el liderazgo colectivo se hallara condicionado por un procedimiento establecido

Estas disposiciones no han funcionado a la perfección. La base de la transferencia de poder relativamente fluida de Jiang a Hu fue la determinación autocrática atribuida a Deng incluso después de su desaparición y establecida firmemente por la represión de Tiananmén. Sin embargo, el caso Bo Xilai en 2012 ha mostrado lo frágiles que las convenciones subsiguientes pueden llegar a ser, cuando los poderosos miembros de la vieja guardia hayan desaparecido en su totalidad y las luchas entre las diferentes facciones del Partido se corrompan por intereses creados.

3

Retrospectivamente, el giro de Deng hacia el conservadurismo político en la década de 1980 es evidente. En su momento, sin embargo, casi cada medida de reforma económica fue acompañada de un discurso de liberalización. Como consecuencia, cuando el crecimiento se aceleró, el abandono del Partido de las reformas políticas iniciales quedó en cierta manera enmascarado. En otras palabras, mientras que la economía fuera bien, la tensión entre la liberalización económica y el estancamiento político quedaba oculta al público, pero se acentuó cuando la economía fue mal en 1988, contribuyendo directamente a las protestas de Tiananmén del año siguiente. La cuestión fundamental que subyacía a la contradicción entre las dos direcciones era el tema de los costes: ¿quién debía soportar la carga económica de la reforma y quién debía decidir dónde iba a recaer esa carga? Los costes sociales y medioambientales ya estaban allí desde el principio, aunque la gente no les prestara ninguna atención.

Cuando fue lanzada la reforma económica inicial, el Estado-partido proclamó un cambio desde la «lucha de clases» a la «construcción económica socialista» abanderando un relajamiento de los controles en el campo que concediera mayor libertad económica a los campesinos. Estas medidas fueron bien recibidas. Sin embargo, la idea básica que las sustentaba no suponía ninguna innovación. En los primeros días de la RPCH, adoptó la forma de exenciones de impuestos y de renta, para ayudar al campo a recuperarse de los estragos de la guerra. A principios de la década de 1960, se tomaron medidas para restañar las heridas provocadas por el Gran Salto Adelante liberando hasta cierto punto a los campesinos del control colectivo de las Comunas del Pueblo. Cada una de las veces la relajación de los controles hizo maravillas y así sucedió también a principios de la década de 1980. El nuevo «sistema de responsabilidad de los hogares» tenía por objetivo la recuperación, no la modernización. Lo que la hacía posible era el bajo nivel de desarrollo de China y la liberación de la energía de los campesinos enraizada en la sociedad agraria anterior a la revolución. Como señala Anderson, cuando empezó la era de las reformas, el 70 por 100 de la población era todavía rural, un contraste total con la URSS de 1986. Gorbachov no dispuso de ninguna opción remotamente parecida.

Sin embargo, la reforma rural de principios de la década de 1980 dañó los lazos entre la revolución original y el campo, por la forma en que desmontó las Comunas del Pueblo. Es cierto que las Comunas habían asfixiado el trabajo y la vida del campesinado, pero al mismo tiempo, durante las dos décadas transcurridas desde finales de la de 1950, se habían convertido en una institución social integradora que proporcionaba servicios públicos (educación básica por medio de los maestros de las aldeas y atención sanitaria por medio de los «médicos descalzos») dentro de un marco de cooperación. Eran también las propietarias nominales de los terrenos colectivos. El «sistema de responsabilidad de los hogares» eliminó la función de la Comuna como organizador de la producción agrícola, convirtiendo al hogar del campesino en la unidad de producción básica. El resultado económico fue tan prometedor que se permitió que la Comuna expirase discretamente en 1984-1985. Las oficinas centrales de los colectivos a lo largo del país se transformaron en jefaturas locales que no disponían de fondos para gestionar sistemas escolares adecuados o redes de asistencia sanitaria en los pueblos o en las pequeñas ciudades. Desde esa época, los servicios públicos en las zonas rurales no han recuperado nunca los niveles relativos de provisión de los que disfrutaron entonces, en comparación con las ciudades. El cambio dejó también en el caos la propiedad de los terrenos rurales. En teoría, actualmente la tierra es todavía propiedad «colectiva» en muchos lugares, aunque no en todas partes. Aunque en realidad es gestionada por delegaciones del Estado en las pequeñas poblaciones o los pueblos, dejando a los campesinos a merced de los funcionarios locales cada vez que surgen disputas por los terrenos con los promotores.

Los costes sociales de la reforma rural, en lo que atañe al empeoramiento de los servicios públicos y la titularidad precaria de la tierra, no se hicieron evidentes hasta algún tiempo después. Aun así, al mirar atrás, la falta de atención dedicada a ellos es pasmosa, dada la participación activa de muchos intelectuales en los procesos de diseño de las políticas de la época. Estas personas formaban parte de una ola general de «liberación del pensamiento» acontecida durante la década de 1980, pero tenían poco interés en los debates sobre el humanismo o la alienación y en su lugar estudiaban apasionadamente las teorías económicas y políticas occidentales para su utilización en China. Ambiciosos y seguros de sí mismos, promovían la mercantilización de la economía china, disfrutando en su mayoría del apoyo de Deng Xiaoping y Zhao Ziyang en sus peleas con los ideólogos del viejo Partido. Para ellos, la reforma política era un medio para allanar el camino de la reforma económica, que era la auténtica prioridad. El suyo era una especie de «desarrollismo con características chinas». No podían dedicar mucha atención a los temas relacionados con los costes sociales.

La reforma rural de principios de la década de 1980 dañó los lazos entre la revolución original y el campo, por la forma en que desmontó las Comunas del Pueblo

Las mismas actitudes modelaron la reforma industrial urbana. Los experimentos dedicados a aumentar la productividad industrial comenzaron a principios de la década de 1980. En las empresas de propiedad estatal los directores recibieron mayor libertad para tomar decisiones de producción una vez que las cuotas planificadas se cumplían, vendiendo la producción extra a precio de mercado. Los ministerios ayudaron a crear un sistema fiscal que sustituyó al de «extracción de beneficios» de las empresas en la economía planificada. La producción industrial creció rápidamente, pero también la corrupción, al explotar los directores y los funcionarios la diferencia entre los precios fijados y los del mercado para los productos dentro de la cuota y por encima de ella en los mercados recién desregulados. A lo largo de estos experimentos, los residentes urbanos continuaron estando protegidos por los precios bajos para los bienes de consumo del hogar. Para Zhao Ziyang, que como primer ministro presidía el programa de reformas, el objetivo era asegurar que las empresas industriales se convirtieran en agentes económicos no sujetos a decisiones políticas en sus actividades de producción diarias y, al mismo tiempo, agilizar la circulación de productos industriales y mantener controlado un emergente mercado gris dedicado a los mismos. El banco central aumentó la provisión de dinero para facilitar el crecimiento de las actividades comerciales, pero los bancos de propiedad estatal se quedaron descolocados, pillados en medio de la corriente de los cambios.

En 1986, Zhao redactó, presumiblemente con la aprobación de Deng, un proyecto de reforma política para acelerar la reforma económica. Aunque Hu Yaobang era todavía el secretario general del Partido y había sido una figura destacada en la defensa de la reforma política durante una década entera, no fue invitado a participar en el proceso de redacción. La propuesta no mencionaba los derechos de las masas de participar en política y reiteraba solemnemente los «cuatro principios cardinales» de Deng. La idea central del documento era doble: diferenciar la administración política de la dirección económica de las empresas industriales; y diferenciar las actividades políticas del Partido de la administración civil en los niveles locales de gobierno. La propuesta era creíble en sí misma y muy necesaria. Pero su preocupación máxima era aumentar la independencia de las empresas de propiedad estatal como empresas solventes. La reforma política se reducía una vez más a un mero medio con fines económicos: se dejaba de lado la situación de los trabajadores en las empresas propiedad de un Estado socialista.

Zhao no dedicó mucha atención a la reforma electoral. Deng pensó que el éxito económico le otorgaría el crédito necesario para rechazar las peticiones para más cambios políticos. En esta etapa ambos colaboraron, ya que necesitaban seguir adelante con las reformas urbanas, aunque por razones ligeramente diferentes. Cuando Deng obligó a Hu Yaobang a dimitir a principios de 1987, promocionó a Zhao para que le sucediera. En su primer discurso importante como secretario general, Zhao proclamó que la nueva línea del Partido tenía «un núcleo» (desarrollar la economía) y «dos puntos básicos» (apertura más reforma y los cuatro principios cardinales). Deng quedó satisfecho con este énfasis.

Bajo el nuevo liderazgo y su concepción burocráticamente minimalista de la «reforma política», se dio prioridad a una ley de quiebra y una serie de normativas para reducir la carga económica de las empresas de propiedad estatal a base de cambiar la seguridad del empleo vitalicio en una economía planificada por el empleo contratado en un mercado laboral. La consiguiente sensación de inseguridad en los centros de población urbanos se intensificó por la abolición de los controles del precio de una gama de productos que, en una economía ya sobrecalentada, empujó la tasa de inflación hasta casi el 20 por 100, provocando el pánico generalizado y las retiradas de dinero de los bancos estatales. El gobierno de Zhao quiso convencer al Partido y al público de que el ajuste de precios de 1988 se necesitaba con urgencia. Pero al destacar los beneficios que los cambios traerían, dedicó poca atención a los costes o a sobre quién iba recaer la carga más pesada. Los residentes urbanos, que fueron los más afectados de forma inmediata, tenían toda la razón en sentir que se les había negado toda opinión política sobre el proceso de reforma. La crisis económica de 1988 se convertiría en un factor fundamental en la solidaridad popular hacia las protestas de Tiananmén un año más tarde.

Una vez que Deng hubo consolidado el poder colectivo de la vieja guardia, no quedó prácticamente ningún medio de expresión para los sentimientos populares. Cuando se anunció la segunda ronda de las elecciones locales para 1987, se revisaron sus reglamentos y se emitió una directiva especial para asegurar que solo los candidatos nominados por el Partido aparecieran en la votación. Esta fue la alteración que provocó las manifestaciones de estudiantes de finales de 1986 que llevaron a la destitución de Hu Yaobang por ser demasiado blando con ellas. A pesar de todo, los estudiantes de la Universidad de Pekín consiguieron que su candidato preferido fuera elegido en el distrito Haidian de Pekín a finales de 1987, gracias a una recogida de firmas puerta a puerta y enfrentándose a una presión mucho mayor por parte del régimen que la de siete años antes. Esta fue una de las razones, raramente mencionada por los analistas, de la fuerte reacción del campus cuando murió Hu.

Con el cambio de ambiente político, las elites partidarias de las reformas todavía se resistían al cambio de dirección y una sociedad politizada desde tiempo atrás se mantenía a la expectativa con inquietud. El punto de vista de Deng seguía siendo esencialmente instrumental: mientras que pudiera seguir su rumbo económico, prefería no tener que compartir el poder con las masas ni tampoco tener que discutir mucho con los autoproclamados guardianes de la ortodoxia, reliquias de las décadas anteriores del Partido. Se había plantado el germen del posterior rechazo de Deng a los debates sobre el Sr. S (el socialismo) y el Sr. C (el capitalismo). De la lectura de varias memorias personales se puede deducir que los intelectuales y los cuadros con inclinaciones teóricas estaban llegando a la desesperación a finales de la década de 1980, cuando la elite seguía aceptando solo unas mejoras poco sistemáticas. A principios de 1989, las masas urbanas en general y los estudiantes universitarios en particular estaban perdiendo la paciencia con los autoengaños oficiales. Estaban frustrados por una era de reformas que ya no parecía ofrecer un futuro esperanzador, ni a ellos personalmente ni al país en su conjunto. Y su voz fue sofocada de manera firme.

4

Veinticinco años después, la significación histórica de Tiananmén no ha llegado a comprenderse todavía del todo. Anderson identifica tres fuerzas interconectadas cuando estalló la revuelta: el idealismo democrático de los estudiantes, apoyado por la solidaridad popular de los ciudadanos comunes; Zhao Ziyang, escorado hacia el liberalismo, y sus asesores intelectuales, atraídos por los modelos occidentales; y la vieja guardia. Según su versión, el choque se convirtió en un enfrentamiento entre estos últimos y los otros dos. Pero Anderson señala, que con el aplastamiento de un levantamiento popular pacífico, Deng y sus asociados perdieron la legitimidad de la que habían disfrutado como fundadores de la RPCH y restauradores del orden tras la Revolución Cultural. A partir de entonces, «agotadas las anteriores credenciales ideológicas» el único sustituto del que podían echar mano era el crecimiento económico. En realidad, como indica el análisis anterior, la represión de 1989 fue el resultado lógico de la estrategia de Deng durante la década previa, que es el hilo que une los puntos dispersos de la década de 1980. Yo diría que la significación fundamental de Tiananmén radicó en que eximió a Deng de la carga de la deuda que tenía contraída respecto al apoyo popular desde 1976. Ahora podía proceder con un programa de reforma que no planteara ningún desafío a la autoridad del Partido, especialmente en el terreno de los principios socialistas. Tiananmén, por lo tanto, allanó el camino para la integración de China en el sistema capitalista global.

Cuando falleció Hu Yaobang a mediados de abril de 1989, los estudiantes de Pekín comenzaron a manifestarse en la plaza de Tiananmén. A continuación hubo algunas escaramuzas con la policía y una sentada nocturna. Sin embargo, el principal impulso a la confrontación vino del propio régimen. Como los estudiantes aumentaron sus protestas tras el funeral de Hu, en lugar de disminuirlas, el Diario del Pueblo publicó un editorial muy duro, el 26 de abril, con el titular «Debemos oponernos con firmeza a la agitación». Millones de personas se indignaron por el tono amenazador y el lenguaje empleado, que recordaba los tiempos de la Revolución Cultural. Los chistes políticos se difundieron por todas partes (sin la ayuda de los medios sociales actuales) y la gente comentaba que la Banda de los Cuatro debía de haber sido excarcelada para ayudar a redactar la pieza. El editorial provocó al día siguiente la mayor protesta popular de base de la historia de la RPCH, dejando claro que las masas tenían un punto de vista muy diferente sobre los peligros de una vuelta a la «agitación» al estilo de la Revolución Cultural y subrayando la ambigüedad de la legitimidad que Deng y sus compañeros de la vieja guardia habían disfrutado en la década de 1980 al embarcarse en una nueva era de reformas.
 

A principios de 1989, las masas urbanas en general y los estudiantes universitarios en particular estaban perdiendo la paciencia con los autoengaños 
oficiales

La supresión militar del levantamiento popular cerró un periodo caracterizado por las reacciones a la Revolución Cultural. La elección democrática de los representantes del pueblo desapareció completamente de la agenda política. A partir de entonces, cualquiera que se atreviera a optar a un escaño como candidato independiente en su Congreso del Pueblo local era invariablemente acosado o perseguido. Deng y el Partido no pararon de hablar sobre la «reforma política» después de 1989, pero al no tener ya que aparentar un apoyo de boquilla a la democracia socialista o a la política participativa, el eslogan se redujo a dos mensajes: elección a los comités municipales y capacidad administrativa del gobierno, incluyendo a veces la disciplina y la eficacia del Partido.

Pero Anderson se equivoca al pensar que después de 1989 el crecimiento se convirtió en la única ideología que justificaba al PCCH. El crecimiento económico procuró solo la mitad de la necesidad de legitimidad del Partido. La otra mitad llegó de una ampliación de la que se había convertido en la consigna de Deng desde Tiananmén. El PCCH no se cansaba de explicar que el prerrequisito del desarrollo económico era la «estabilidad» política contra una supuesta «agitación» al estilo de la Revolución Cultural, manifestada en la protesta de Tiananmén. Aplastar las protestas políticas era el precio necesario si se quería que el gobierno procurase el crecimiento económico. «La clave es la estabilidad» se convirtió en el estribillo oficial; las instrucciones permanentes eran: «Mantén la estabilidad a toda costa» y «Desenmascara a los elementos de inestabilidad en su etapa embrionaria». En el nuevo siglo, este imperativo se ha institucionalizado con la consolidación de las «oficinas para el mantenimiento de la estabilidad» (weiwen bangongshi) por medio del aparato del Estado, con presupuestos y personal muy aumentado, ahora revestido por programas «antiterroristas» que apuntan a las regiones étnicas que no son han.

Esta ideología ha proporcionado la justificación más conveniente a la «liberalización» durante los últimos veinticinco años. Cada vez que se ha introducido una nueva política económica, cualesquiera que fueran sus beneficios, los costes siempre han sido soportados por las masas sin rostro y el medioambiente sin voz. Así ha ocurrido con las reformas en vivienda, educación, atención sanitaria, legislación laboral, la bolsa y muchas más.

IV. El milagro económico

En el artículo de Anderson, el viaje al sur de Deng en 1992 se presenta como el momento de ruptura crucial, cuando China finalmente viró de su orientación socialista anterior y se entregó al capitalismo mundial dominante. Pero tal como se ha señalado anteriormente, y al menos desde 1987, Deng había adoptado con decisión el desarrollo económico como la tarea principal del Partido, para quienes la significación más importante y duradera de la masacre de Tiananmén fue que suprimió la necesidad de justificar posturas políticas del antiguo discurso «socialista» que solían llevar a preguntas molestas. El «socialismo» significaba ahora simplemente que el Partido se mantendría en el poder a cualquier precio y para siempre. Tras los disturbios de Tiananmén, Deng pudo propagar el eslogan «La estabilidad por encima de todo» (wending yadao yiqie).

Con este telón de fondo Deng ordenó a los responsables políticos que abandonaran la charla inútil sobre «S mayúscula» y «C mayúscula». Para entender la situación, conviene mirar de nuevo a Rusia. La comparación de Anderson entre los dos países se detiene en este punto, presumiblemente debido a que la Unión Soviética dejó de existir en 1991. Pero incluso la Rusia postsoviética puede tener algo importante que decirnos sobre la China posmaoísta. La perestroika, por supuesto, privilegió la reforma política sobre la económica, mientras que en China la reforma económica fue prioritaria en todo momento y la reforma política se sacrificó por la económica. El primer camino condujo, según las opiniones estándar, al desastre absoluto; el segundo, a un éxito espectacular. Medido por el crecimiento del PIB, el contraste es válido sin duda. Pero hay otra parte de la historia que generalmente se olvida. En las dos sociedades, ¿quién soportó los costes de la reforma? En la URSS, como el cambio político llegó primero, asegurando por lo menos la libertad de expresión (y hasta cierto punto, de organización) con una gama de opciones en las urnas, al Estado le resultó difícil deshacerse de todas las responsabilidades del bienestar social. Incluso tras el colapso de la Unión Soviética, bienvenida abiertamente por el capitalismo, tanto por los gobernantes como por los medios de comunicación, casi todos los Estados que la sucedieron mantuvieron (en alguna medida) los programas de educación pública y atención sanitaria heredados de la URSS.

En comparación, al poner la reforma económica en primer lugar (y último), los líderes chinos se concentraron en reducir las cargas del Estado, rompiendo sin ningún reparo las promesas político-morales de la República Popular para con las clases trabajadoras y la sociedad en su conjunto. Mucho antes de la inflación de 1988, en una época en la que Deng cooperaba amigablemente con Zhao, el gobierno central estaba ya redactando la legislación sobre la quiebra y planes para mercantilizar la fuerza de trabajo y la vivienda, sin preocuparse de la opinión popular.

2

El plan y el formato en cuatro partes del artículo de Anderson hace que la reforma económica de China parezca una historia de éxito continuo a lo largo de las últimas tres décadas. Lo que se glosa es el difícil periodo iniciado tras 1989, en el que el capital extranjero se retiró de manera masiva y el gobierno gastó enormes sumas de dinero cada año para obtener influencias en el Congreso de Estados Unidos y así conseguir el estatus comercial de «nación más favorecida». Una interpretación analítica del ascenso económico de China en los últimos veinte años requiere ir más allá de los parámetros del artículo de Anderson. A continuación voy a esbozar algunas de las características principales del proceso de reforma, tanto en el frente industrial urbano como en el campo.

Ante las continuas dificultades de la reforma urbana e industrial presentes después de 1989, los medios de comunicación oficiales del país se pasaron casi una década entera denunciando el «tazón de arroz de hierro» (empleo seguro y salario fijo) de los trabajadores en las empresas propiedad del Estado como un obstáculo insuperable para la mejora de la productividad. Durante los mandatos de Jiang Zemin y Zhu Rongji el empleo vitalicio fue aniquilado en un sector tras otro (la industria, la energía, la construcción) mediante los despidos en masa y los contratos temporales, sin pensiones compensatorias, dejando solo sin tocar a los cuadros del Partido y al personal gubernamental (cuyas filas se multiplicaron). Una gran cantidad de personas del entorno urbano perdió su empleo y su salario, sin que el Estado ni siquiera empezara a pensar (no digamos proporcionar) en una mínima red de seguridad social para ellas. Los despidos superaron los veinte millones en la década de 1990. Durante treinta años, una generación entera (o dos) de la clase obrera industrial de China fue víctima del proceso de reformas. Para ella, el efecto neto no fue mejor que el de la «terapia de choque» en Rusia.

¿Qué fue de las empresas de propiedad estatal? Originalmente se llamaban «empresas dirigidas por el Estado de propiedad pública» (quanmin suoyouzhi guoying qiye, 全民所有制国营企业), a menudo abreviado a «empresas dirigidas por el Estado» (guoying qiye). En teoría pertenecían al colectivo abstracto de todos los ciudadanos de la República Popular y el Estado solo las gestionaba en nombre del pueblo. Hoy en día se conocen simplemente como empresas de propiedad estatal. Cualquier lazo con el pueblo, aunque sea nominal, ha sido cortado. Muchas de las empresas de propiedad estatal resultantes han sido vendidas a bajo precio a sus directores o a especuladores; si bien no de una manera tan escandalosa como en la Rusia de Yeltsin, aún así, de forma indignante. Donde no ha habido privatización, el resultado rara vez es mejor. Por todo el país se aprueban megaproyectos (los embalses y la energía hidroeléctrica se han más que duplicado desde 1999 y el trazado más largo del mundo de vías férreas de alta velocidad se ha construido en menos de una década) sin tener en cuenta los costes sociales y sin ningún tipo de procedimientos que permitan al público el seguimiento o la salvaguardia de activos que estuvieron a su nombre un día, pero que ahora han sido apropiados por el Estado.

Durante treinta años, una generación entera (o dos) de la clase obrera industrial de China fue víctima del proceso de reformas

Pero al margen de las cotas de la economía nacional que continúen ocupando las empresas de propiedad estatal, el gobierno central siempre se ha afanado por atraer la inversión extranjera para mantener la liquidez de capital. Anderson señala que el comercio exterior de China supone dos tercios de su PIB, una proporción mucho más alta que la de Estados Unidos o Japón. Lo que no dice es que las industrias exportadoras que forman el sector más dinámico de la economía han sido en su inmensa mayoría financiadas por capital privado, doméstico y extranjero. Pero por medio del control de los tipos de cambio y la afluencia de dinero, el gobierno puede bombear fondos del elevadísimo volumen de exportaciones por medio de sus funciones protobancarias hacia otros proyectos favorecidos. A principios del siglo, el ansia por obtener inversión extranjera directa ha desatado una ola frenética de emisión de títulos de las compañías chinas, de Hong Kong a Nueva York. Tras un periodo en el que los private equity funds emergentes proporcionaban servicios financieros a las autoridades locales, todos los niveles de gobierno han aprendido las mañas de moda. Actualmente hay en China más de trescientas sesenta grandes empresas de inversión de propiedad estatal, todas ellas fundadas en los últimos años, con una media de más de diez por provincia. El correlato de este entorno de financiarización de los activos públicos es una corrupción endémica. En medio de esta vorágine, tal como se puede suponer, los grandes proyectos inmobiliarios y de infraestructuras han sido el escenario de los dos mayores casos de corrupción que han salido a la luz hasta ahora: la malversación de fondos de pensiones por parte del jefe del Partido en Shanghái, Chen Liangyu, y un grupo de subordinados en 2006; y el arresto del ministro de ferrocarriles Liu Zhijun en 2011 por un fraude gigantesco en la supervisión de los sistemas de tráfico ferroviario de alta velocidad del país. La campaña anticorrupción en curso liderada por Xi Jingping ha puesto en su punto de mira a «tigres» incluso más grandes del Partido. Todo el mundo sabe que la corrupción está muy extendida en los rangos máximos.

Hoy en día, las empresas de propiedad estatal ya no soportan la carga de la obligación de proporcionar empleo vitalicio a los trabajadores ni ninguna otra prestación. Emplean trabajadores con contratos de corta duración como cualquier empresa privada y no les pagan mejor. Durante veinte años, los salarios reales de los trabajadores chinos no se han movido, mientras el gobierno se mantenía al margen. Finalmente, una nueva Ley del Contrato Laboral entró en vigor a principios de 2008. Más tarde, ese mismo año, cuando el gobierno, ante la crisis financiera global, invirtió inmensos fondos para proteger o levantar a grandes empresas, las presiones de la fuerza laboral aumentaron y se decretó un salario mínimo, cuya vigilancia de cumplimiento se dejó a las autoridades del gobierno local. Pero en ningún sitio ha seguido el ritmo de la inflación subsiguiente. Con muchas de las mayores empresas de propiedad estatal compitiendo ahora en la adquisición de bienes inmuebles y la construcción especulativa (en 2010 los terrenos más valiosos vendidos por el gobierno municipal de Pekín fueron todos a empresas propiedad de grandes conglomerados de propiedad estatal, cuyos negocios principales son la minería, el tabaco, las armas, etcétera), la externalización de la fuerza de trabajo de las empresas de propiedad estatal se ha convertido en mera rutina, subcontratando a los trabajadores por medio de diversas capas de empresarios intermediarios para forzar la disminución de costes. La conexión entre la industria nacionalizada y los programas relativamente protectores de la clase obrera hace mucho tiempo que pertenece al pasado.

Durante veinte años, los salarios reales de los trabajadores chinos no se han movido, mientras el gobierno se mantenía al margen

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¿Les ha ido mejor a los campesinos que a los obreros? Anderson no puede ser tachado de subestimar la importancia histórica del campesinado chino, al que describe como «el basamento central de la nación» con perspectiva histórica y también como la base social principal de la Revolución China y el máximo beneficiario de la era de las reformas. Sin embargo, cuando pasa al periodo posterior a 1989, sus reflexiones sobre el destino del campo se vuelven muy someras. Existen aquí, por lo menos, tres cambios que requieren algún comentario, aunque sea breve.

En primer lugar, si las empresas municipales tuvieron tanto éxito en la década de 1980, ¿por qué fueron echadas por la borda a finales de la de 1990? ¿Fue debido solamente a la preponderancia creciente de la ideología neoliberal en la RPCH? La realidad no es tan sencilla. Dos cambios importantes zanjaron su destino. El primero fue un cambio crucial en el sistema fiscal que eximió al gobierno central de financiar los gastos administrativos de las autoridades de nivel inferior: se suponía que en lo sucesivo los gobiernos locales gastarían dentro del límite de lo que recaudaran a los residentes en su jurisdicción. Al mismo tiempo, los gobiernos y los cuadros locales serían evaluados por su rendimiento a la hora de llevar a cabo políticas determinadas por el poder central, especialmente en los campos de la planificación familiar y el desarrollo económico: a partir de 1997, con criterios específicos para atraer inversión externa (zhaosang yin zi). De forma reveladora, no había criterios equivalentes ni para la educación ni para la atención sanitaria. Sin supervisión democrática y con una falta total de transparencia, estos cambios convirtieron a los órganos de la administración local en monstruos de gestión semiempresarial que explotaban a los residentes con un número creciente de tasas y exacciones para alimentar su continua expansión. Todas las oficinas encargadas de las semillas, los fertilizantes, el suministro eléctrico, el control del riego y las inundaciones aumentaron el precio de sus servicios hasta el punto de que en muchas provincias interiores la agricultura ya no proporcionaba a los campesinos el rendimiento mínimo necesario para sostener la plantación de cosechas, llevándose las ganancias previas del «sistema de responsabilidad familiar» en el campo. Este deterioro supuso un golpe importante para las empresas municipales desde mediados de la década en adelante.

En general, además, con la excepción de los años iniciales de las reformas, siempre que había una posible competencia por los mercados o los recursos entre las empresas municipales y las empresas de propiedad estatal, o conflictos entre el campo y las grandes ciudades, el gobierno invariablemente actuaba contra las primeras para proteger a las segundas. De esta forma, las empresas municipales recibieron una presión aguda y doble: de los gobiernos locales depredadores que intentaban maximizar los ingresos y de las grandes empresas de propiedad estatal. El culto neoliberal a la privatización se hizo el amo entonces, con esas condiciones propicias, y la mayoría de las empresas municipales perdieron todo carácter colectivo, convirtiéndose en empresas privadas (a menudo cada vez con menos éxito).

En segundo lugar, ¿qué estaba sucediendo en general a finales de la década de 1990? La reforma fiscal de 1994 aumentó sustancialmente los ingresos del gobierno central, proporcionándole, en principio, un punto de apoyo mejor para equilibrar la economía. Sin embargo, la crisis financiera de Asia del Este de 1997-1998 redujo tremendamente la inversión extranjera directa y el comercio exterior de China, ambos todavía muy dependientes de los vecinos de Asia del Este y de una diáspora china muy afectada por la crisis. El resultado fue que China experimentó una deflación grave durante cinco años (1997-2001).

Enfrentado a un mercado doméstico dañado y un bajo consumo persistente, el gobierno podía haber elegido una senda de crecimiento más lenta y más gradual, para ayudar a los campesinos a nutrir una recuperación agrícola basada en los hogares y desarrollar mercados más fuertes en el campo, aumentando los ingresos de los campesinos. (También podía haber intentado ayudar a millones de trabajadores despedidos a montar pequeños negocios en las ciudades). En su lugar, aceleró la mercantilización de sus funciones sociales y empujó al alza los costes de la producción agrícola, reduciendo el margen para el desarrollo rural. Las empresas municipales cayeron en bloque; se redujo el número de empresas de propiedad estatal bajo el eslogan de «mantener las grandes y eliminar las pequeñas»; se promovió la venta de grandes terrenos (comenzando también en 1997) para ingresar dinero en las arcas del Estado; y se pusieron en marcha programas que mercantilizaban la educación superior y la atención sanitaria. Esencialmente, el gobierno optó por transferir la presión de la deflación a las espaldas del campesinado, con un coste terrible para la estructura comunitaria rural. Las condiciones desesperadas en el campo duraron casi una década, hasta que (alarmado finalmente por las señales de descontento rural) el gobierno abolió todos los impuestos y tasas agrícolas en 2005.

En tercer lugar, acompañando al empobrecimiento de los pueblos y por su culpa, millones y millones de habitantes de las zonas rurales se trasladaron del campo a ciudades de la costa o del interior como «trabajadores migrantes» para proporcionar la fuerza laboral necesitada por el sector exportador, cuyo crecimiento se disparó tras la entrada de China en la OMC en 2002. Las estimaciones precisas varían, pero no hay ninguna duda sobre la magnitud global de esta marea de huida de la tierra. De acuerdo con los datos oficiales, publicados por la Oficina Nacional de Estadística y el Ministerio de Recursos Humanos y Seguridad Social, en 2008 hubo 225 millones de trabajadores con empadronamiento rural empleados en zonas urbanas, donde no disfrutan de los derechos de vivienda, educación o ningún tipo de protección social, debido al infame sistema hukou, que separa la población del campo de la de las ciudades. Cinco años más tarde la cifra ha aumentado hasta más de 270 millones, de los cuales más de la mitad son migrantes provenientes de lugares lejanos, aunque los medios de comunicación están llenos de quejas por la «escasez de trabajadores» en las empresas de exportación. Tales migrantes no están reconocidos oficialmente como miembros de la clase trabajadora, y están a merced de los empresarios, que pueden retener sus salarios durante varios meses seguidos. El capital y el Estado se han unido para explotar a una inmensa masa de personas, transformando a cientos de millones de campesinos en un subproletariado, a una velocidad y en una escala sin precedentes en la historia mundial.

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«Dos revoluciones» se ocupa brevemente, al final, del panorama social de China en el nuevo siglo. Ahí, sin duda, Anderson señala la oscuridad de gran parte de ese panorama, recordando al lector (que podría haberse olvidado) que se refirió al principio del artículo a «más de una amarga ironía» en la historia de éxito que distinguía el comunismo chino del ruso. Aunque utilizando un tono cuidadosamente controlado, su evaluación general de la era de las reformas, una vez que traspasa el umbral de la década de 1990, es ciertamente crítica. No hay tampoco ninguna traza de la vacua euforia, demasiado común en la izquierda occidental, así como en la china, que celebra «la grandeza de China» como si fuera un sustituto de la emancipación de la humanidad del capital. Sin embargo, según mi punto de vista, su tratamiento comparativo de la Revoluciones Rusa y China no es equilibrado y, como he tratado de demostrar, es tácitamente demasiado favorable a China a costa de Rusia. En parte, esto se debe a la estructura asimétrica de la comparación y a sus periodos de tiempo. La URSS duró setenta y cuatro años hasta que se derrumbó. La RPCH tiene ahora sesenta y cinco años, habiendo llegado al punto en el que estaba la Unión Soviética en 1982, todavía en lo más alto de su poder internacional. ¿Quién puede asegurar dónde estará la RPCH dentro de diez años?
 

El capital y el Estado se han unido para explotar a una inmensa masa de personas, transformando a cientos de millones de campesinos en un subproletariado

Pero quizá también hay otra razón para la falta de equilibrio. El PCCH continúa llamando socialista a su régimen, aunque con «características chinas». Aunque muy pocos en Occidente estén todavía dispuestos a aceptar plenamente esta afirmación, en la izquierda queda la tentación de concederle una especie de beneficio de la duda. ¿Debemos entender que Anderson la comparte, como podría desprenderse del juicio aplazado de su última frase: «El horizonte hacia el que se dirige el megajunco de la RPCH se resiste al cálculo, al menos de cualquier astrolabio actual»? Hacia el final de su artículo señala que la pretensión de socialismo del PCCH tiene una función profiláctica necesaria contra los todavía fuertes sentimientos revolucionarios provocados por la injusticia y las exigencias de igualdad entre los ciudadanos chinos, que no puede ignorar totalmente a riesgo de perder su legitimidad. Pero este es solo un servicio negativo. Pasa por alto la función positiva de este discurso político para la elite gobernante del país. En la era de las reformas, la sociedad china ha pasado por un proceso arrollador de mercantilización y comercialización (en todos los sectores: de la actividad económica a los servicios sociales o a la vida cultural) en el que el capital financiero, del Estado o exterior, ha sido la fuerza que lo ha conducido. Los agricultores, los trabajadores e incluso los pequeños negocios tienen un poder muy pequeño para proteger sus propios intereses contra el mismo. Y además, si lo intentan, son más a menudo atacados por representantes del Estado (funcionarios del gobierno, cuadros del Partido, patrullas locales [chengguan], policía y, en casos graves, las fuerzas armadas) que por representantes directos del capital. Estas agencias actúan en nombre no del capitalismo, sino del socialismo: o de su glosa de última hora, una «sociedad armoniosa». Si desalojan a los aldeanos de sus hogares por los embalses del Yangzi, o a los pastores de sus pastos en Mongolia Interior, todo se hace por la causa del mayor bien «socialista». Ahí se encuentra la utilidad positiva del discurso del «socialismo con características chinas» para enmascarar lo contrario de los principios que supuestamente defiende.

Este artículo pertenece al número 89 de la versión en castellano de la New Left Review, editada por Traficantes de Sueños en colaboración con la Secretaria de Educación Superior, Ciencia, Tecnología e Innovación de Ecuador.

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